LA HISTORIA EN LA MEMORIA: LA REVOLUCION ANTICOMUNISTA HUNGARA DE 1956

Estudiante húngara durante el alzamiento nacional anticomunista húngaro en 1956

Por, Attila Fekete

24 DE OCTUBRE DE 1956- ESTALLÓ LA REVOLUCIÓN:-

Durante la noche comenzaron las primeras luchas.

No me explico donde adquirieron los nuestros las primeras armas. La revuelta se extendió a toda la capital. A las seis de la madrugada, estando en casa todavía, escuché el siguiente comunicado de Radio Budapest: “atención, atención, atención:  El Ministro del Interior dispone que la población de Budapest no debe de salir de sus casas hasta las 9 horas de la mañana, salvo en caso de emergencia, dado que la lucha contra los elementos contrarrevolucionarios sigue todavía”.

Los sindicatos obreros habían impreso octavillas que aparecían por todas partes, en las paredes y en el suelo llamando a la huelga a todos los obreros de la capital. En el texto se declaraba que la huelga seguiría hasta que el Gobierno aclarase lo sucedido en la noche en el edificio de la Radio, señalando a los culpables de la matanza. La orden fue atendida por la inmensa mayoría de los trabajadores, algunos de los cuales empezaron a armarse en los depósitos de las fábricas Csepel.

Salí de la casa y eché a andar hacia el Parlamento. Entré en casa de un amigo, compañero de estudios. Tenía puesta la radio. A las 8 y 45 resonó la voz del locutor: “El Gabinete ha decretado el estado de emergencia en todo el país, contra los actos subversivos  cometidos para derribar la República Popular. Los siguientes crímenes serán castigados con pena de muerte: insurrección, conspiración, motín, incendio, uso de explosivos, tenencia de armas y su uso contra las personas oficiales y privadas”. La ley entró en vigor inmediatamente y el decreto que inauguró la ley marcial  fue firmado por Imre Nagy, nuevo Presidente del Consejo de Ministros. “Los bandidos han destruido locales y vehículos públicos….el Gobierno hizo un llamamiento a las tropas soviéticas estacionadas en Hungría, de acuerdo con el Pacto de Varsovia. Las unidades soviéticas han respondido al llamamiento y se ocupan  en restablecer el orden”.

Salimos a la calle. Caminamos en silencio. De manera que el ídolo, el aclamado el que negociaría en pro de nuestras demandas, traiciona a la patria de la manera más brutal.

Ya desde lejos de distinguía una muchudembre enorme en la Plaza de Stalin. Por lo visto nadie hizo caso de la prohibición y de la ley marcial. Vi a unos hombres encaramados sobre el pedestal de la estatua, maniobrando con sopletes  oxhídricos a la altura de las rodillas del tirano.

No sé cuanto duró aquello,  pues ya debían estar trabajando hacía tiempo. En medio de un júbilo indescriptible cayó la estatua al tirar de ella la muchedumbre con unas cuerdas. Al caer se fraccionó la cabeza y desfiló la multitud para apalaerla y escupirla con un frenesí que jamás hubiera supuesto en los pacíficos habitante de Budapest. Gente de todas las clases sociales, hombre y mujeres, estaban como enloquecidos: “¡ Abajo el comunismo!, ¡ Muera Gero!, ¡ Muera la AVO! ¡ Fuera los rusos!.

Hacia la madrugada Gero mandó a sus hombre de la AVO a atacar a las  tropas soviéticas y denunció inmediatamente que los rebeldes habían entrado en acción contra los rusos. Provocada así la inmediata intervención de las tropas soviéticas, consiguió a la vez acrecentar el conflicto.

El humo se extendía sobre la ciudad. Perdí a mi amigo en el tumulto y me dirigí a casa. Se intensificó el fuego de armas ligeras. Había mucha gente en la calle, pero sólo algunos iban armados. De pronto se dividió  la muchedumbre ante mí y yo también me aparté e instintivamente me cubrí en un portal. Avanzaba un  tanque por la calle, y después otro y otro: Rusos. Se dirigían a la Plaza Stalin. En el estruendo de los motores sólo percibí las imprecaciones de mi vecino, un hombre de mediana edad con atuendo de obrero. Llevaba un fusil; de repente se lo echó a la cara y disparó, acompañando cada disparo con una nueva maldición. Como es natural, los tanques nii siquiera  debieron notar las balas.

Por calles laterales llegué a mi facultad. Allí escuchamos por la radio un  nuevo llamamaiento de Nagy exigiendo al pueblo la rendición antes de las 2 de la tarde, y después toda la bazofia y las promesas mentirosas de  siempre de los comunistas.

No, no se trataba de una alocución forzada. Nagy habló con energía y énfasis. ¿ Qué quería? ¿Rendirnos? Y nosotros ¿Dejarnos engañar otra vez? No, “amigo Nagy”, no, y mil veces, no!

Radio Budapest difundió un manifiesto de la Federación de Mujeres Comunistas. Esta alocución era el colmo del cinismo. El alma y los promotores  del alzamiento húngaro era la juventud educada bajo la corrupción moral y ideológica del comunismo, pero las que supieron contrarrestar todos los efectos demoledores de la infame educación comunista, fueron las mujeres húngaras, las madres de familia que mantuvieron latente el espíritu del patriotismo en sus hijos y supieron implantar en sus corazones decisiva y definitivamente este amor a la patria y a la libertad que suscitó la gigantesca lucha de un diminuto pueblo contra el comunismo y el poderío soviético, ante el cual temblaba el mundo entero. Estas madres de familia no vacilaron tampoco en empuñar las armas en el momento decisivo combatiendo al lado de los hombres con viril valentía. Hicieron tan suyo el levantamiento nacional como cualquiera de los hombres. Y más  de una mujer joven inmortalizó su nombre interviniendo desde los primeros momentos de la lucha contra los tanques soviéticos no menos efizcamente que sus compañeros del otro sexo.

El glorioso papel que desempeñó la mujer húngara  durante el alzamiento nacional, llenó de asombro al mundo entero y fueron ellas las que dieron valor a los hombres en los momentos desesperados, decidiendo  muchas veces  el éxito de una batalla.

Arriba: Tanque soviético destruido por los húngaros en la revuelta anticomunista de 1956.

Improvisamos una barricada contra los tanques  volcando un atutobús detrás del cual nos colocamos un grupo de unos 20 estudiantes, del que formaban parte también dos chicas. Llevábamos armas automáticas y bombas de mano, así como bidones de gasolina y botellas para fabricar los famosos “cocteles Molotov”. Detrás de nosotros se colocó otro grupo en la esquina para cubrirnos la espalda. La batalla duró unas dos horas y en su transcurso conseguimos inutilizar a tres tanques cuyos restos impedían a los demás avanzar hacia nuestras posiciones. Se dirigieron  entonces al otro extremo de la plaza y algunos de los nuestros les seguían mientras que otro grupo, yo entre ellos, marchó hacia el cuartel general de las fuerzas de seguridad.

Millares de húngaros en uniforme venían con nosotros y llegaron al momento de partir camiones del ejército con más municiones, bombas de mano, fusiles y metralletas.

Nuestras bajas debían ser considerables. Recuerdo que vi caer a mucho de los nuestros que fueron recogidos inmediatamente y trasladados a los hospitales o a los cementerios. Un grupo volvió a asaltar  la radio guardada por tanques  soviéticos, pero no tuvieron éxito. En eso aparecieron millares de octavillas: “¡ Libertad para la Patria!, se acabó el yugo bolchevique !” Algún grupo debió de haberse apoderado de una imprenta.

Radio Budapest siguió atestiguando la rendición de innumerables grupos contrarrevolucionarios. Por la radio fueron lanzados numerosos mensajes personales a los cabecillas de la revolución, anunciando que sus familiares estaban gravemente enfermos y pedían su regreso inmediato y cosas por el estilo. Trucos infantiles, pero diabólicos a la vez. Sin embargo, los combates continuron toda la noche , extendiéndose cada vez más. Me fui a dormir hacia las 2 de la madrugada a una casa completamente desconocida para mí, donde una señora me ofreció amablemente refugio. Sin preguntar nada me sirvió comida y me  señalé un aposento. Todos luchábamos. Ella también a su manera. Creo recordar que tenía dos hijos pequeños y que el padre no estaba en casa, seguramente se batiría allá afuera. Me avergoncé un poco de haberme retirado pero pensé que mañana podría seguir con nuevas fuerzas y relevar a los exhaustos.

( Continuará) 

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