LA HUMILDE “LURDES”

por Esteban Fernández

Cada damisela encantadora tiene algo, y las mujeres nos pueden impresionar y gustar por mil cosas y razones diferentes: Su cara, su belleza, su cuerpo, su pelo, sus ojos, sus uñas, su inteligencia, su elegancia, sus conocimientos.

Una, solamente una, me impresionó eternamente por su humildad y sencillez. Lo que más me gustó fue que jamás de modo alguno trató de impresionarme, ni me pidió nada.

Me la encontré hace más o menos cinco años, en la tienda más humilde de la ciudad: en el Salvation Army.

Estaba parada delante de un vestido de novias que costaba $19.99. A modo de broma le pregunté: “¿Te vas a casar?” Se sonrió y me respondió: “Que va, a mi edad yo creo que nunca me voy a casar, pero si me casara quisiera poder tener un vestido tan bello como este”.

Pensé que me estaba tomando el pelo porque a todas luces no tenía más de 45 años y no podía creer que ninguna mujer en el mundo aspirara a casarse con un vestido de segunda mano de $19.99.

Indagué: “Muchacha ¿Cómo te llamas?” Me dijo: “Lurdes” y le pregunté: “¿Lourdes?” “No, mis padres me pusieron así, Lurdes”. Lo dejé ahí.

Averigüe: ¿Tienes carro? Y me respondió: “No, yo vengo en el bus”. “¿Te llevo a tu casa?” “Oh, no, yo tengo un pase para el autobús, no se preocupe”. Pero yo insistí y ella se montó en mi auto.

Se quedó súper impresionada con mi viejo Nissan medio destartalado. Me dijo: “Este es el carro más bonito que he montado en mi vida”. Por décima quinta vez me hice la pregunta: “¿Esto será en serio o se estará burlando de mi?”

Por lo tanto, intrigado, quería saber más de ella, y la invité: “¿Ya lonchaste, te llevo a comer algo?”. Con mucha pena y ante mi persistencia aceptó. Y la llevé al “Norms” que está en la calle Sherman Way, en Van Nuys. Una simple y barata cafetería.

Le encantó todo, se desvivió en elogios para el lugar y la comida. Me dijo admirada: “Le voy a contar a los dueños de la casa donde trabajo de la belleza de este gran restaurante”. Y yo muriéndome de la pena porque sus patrones le iban a decir que era tremenda basura.

Me pidió que la llevara simplemente a la parada de la guagua. Quise que me diera su teléfono y me dijo: “No tengo, pero te voy a dar el de mi tía, yo vivo con ella”.

Y así estuve más de dos semanas hablando con ella tratando de convencerla de que me visitara. Al fin fue. Era un “single” en la calle Victory. Un cuarto, una cocina, una salita y un baño. Nada del otro mundo, pero ella lo encontró divino, hasta lujoso.

Mi cama era “full”, pero a “Lurdes” le pareció “enorme y muy confortable”. Y ahí nos pasamos un mes acostados, sólo levantándonos para bañarnos y para ir al Mac Donalds más cercano. Ahí en ese lecho ella dejó su humildad y pena a un lado y fue extremadamente cariñosa y agresiva. Dios la bendiga.

Un día sorpresivamente me dijo: “Me regreso a mi tierra, tengo que volver a Centroamérica”. Nunca supe con exactitud su país de origen, sólo “Centroamérica”.

Le dije, para que no se olvidara más nunca de mi: “Hoy sí que te voy a llevar a cenar a mi restaurante preferido a modo de despedida”. Y la llevé al Castaway de Burbank desde donde se podía ver parte del Valle de San Fernando. Una vista preciosa. Ella pensó que estaba en el paraíso terrenal.

Más nunca la vi. Ahora miro la invasión que está llegando de Centroamérica, si la veo llamaré a Trump para que la deje pasar antes de levantar el muro.

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