LA INDIVISIBLE LIBERTAD

COLASDEVOTANTES

HUGOBYRNEPor, Hugo J. Byrne

Don Miguel de Unamuno, fuerte vasco,

lleva el arnés grotesco y el irrisorio casco

del buen manchego.

Don Miguel camina,

jinete de quimérica montura,

dándole espuela de oro a su locura,

sin miedo de la legua que malsina.

Antonio Machado

Dedicado a mis hermanos exiliados Carlos Hurtado, Luis Crespo, Esteban Fernández  y Héctor Casanova.  

Durante años he sostenido que la autonomía individual que conocemos por el nombre de libertad es una condición tan inalienable cómo frágil. Es una idea que al igual que un bebé recién nacido, requiere cuidados intensivos y profundos. Es sumamente delicada y sensible. Cualquier súbito daño puede entorpecerla, incapacitarla y hasta sofocarla.

La República constitucional que con sangre y sacrificio proclamaran y establecieran los fundadores de América se debate en medio de la más peligrosa encrucijada política y económica de su historia. Es nuestra responsabilidad sagrada hacer cuanto podamos para encarrilar nuevamente a esta sociedad, la que poco a poco se hunde en la arena movediza de una crisis de ignorancia y superficialidad. Hace tiempo percibí que ese virus incluso ha infectado profundamente al destierro histórico cubano.

Criticando a todo el mundo y su primo nunca seré popular. ¿Y qué? No escribo para alcanzar popularidad, sino para expresar lo que pienso. El cinismo es con frecuencia el precio de la honestidad y ésta es la insignia de la hombría.

Martí nos aconsejó poner de moda la virtud y objetivamente lo que está de moda es la licencia. Nos advirtió que sólo el aprendizaje puede mantenernos libres y no sólo muchos somos ignorantes, sino que nos regodeamos en esa ignorancia.

No me sorprendió, pero me decepcionó profundamente el resultado de una encuesta dirigida a los lectores por el prestigioso semanario “Libre”, donde colaboro. Libre es una publicación de nuestro idioma, dedicada con acierto hacia toda la población hispana de Estados Unidos. Además, Libre es también un esfuerzo periodístico que tiene la intrínseca virtud de su raíz cubana del destierro. Aunque no tengo idea exacta de la proporción de desterrados cubanos históricos entre sus lectores, presumo que quizás aún sean mayoría.

La pregunta en la encuesta era bien clara: ¿qué opina el lector sobre la idea de hacer obligatorio el voto, aunque sea sólo para los comicios presidenciales? Aparentemente una mayoría de 52% aprueba la idea. ¿Democracia funcionando? No cabe la menor duda. ¿Evidencia de avance para nuestras libertades? ¡Ah, ese tema es muy diferente!

Yo preguntaría muchas cosas en el caso hipotético de establecerse un voto obligatorio para cualquier elección, ya sea presidencial, parlamentaria o estatal ¿Qué sanción se usaría contra quienes violaran semejante ordenanza? ¿Multas como en el caso del “Obamacare”? ¿Condena a prisión? ¿Tanto nos hemos insensibilizado como para quitarnos voluntariamente un derecho tan fundamental?

La constitución de Estados Unidos es un documento brevísimo y en consecuencia susceptible a interpretación. No debe ser sorpresa que fue redactado así con toda la intención del mundo. A pesar de lo cual la mayoría de los estados no se aprestó a firmarlo hasta que se aprobaran sus diez primeras enmiendas, puntualizando en donde reside el poder de una sociedad libre. Esa es la enorme virtud de la constitución de Estados Unidos. Sería interesante describir los resultados obtenidos en las sociedades donde el sufragio obligatorio ha existido durante años, como en Méjico.

Sin embargo, no hay espacio aquí para ello y espero que tampoco necesidad. Aunque no sería la primera vez que me equivoco sobre la capacidad del género humano para auto engañarse. Desearía poder mirar al futuro con optimismo, pero la realidad de cada día ya no me ayuda. Creía que los cubanos del destierro éramos algo más sofisticados en virtud de nuestra muy dolorosa experiencia.

En Estados Unidos el derecho a votar es inalienable. El voto es voluntario y secreto y no votar es una decisión tan protegida por la novena enmienda de la constitución como lo contrario. ¿Estamos listos para modificar la novena enmienda? ¿A qué vinimos a esta nación si no fue en busca de libertad? Hasta ahora la hemos disfrutado y no tiene sentido intentar limitarla adrede.

Me pregunto cuántos de ese cincuenta y dos por ciento ha leído la constitución.  Puede hacerse en menos de quince minutos: tiene sólo siete capítulos y 27 enmiendas. Mi copia es un librito de 3.5” X 5”. Su grueso es de 3/16”, su impresión es perfectamente legible porque no hay mucho que leer, a pesar de que además de la constitución contiene la Declaración de Independencia.

Hace un par de meses recibí un correo electrónico de otro exiliado, desconocido para mí, quien se proponía nada menos que modificar la segunda enmienda de la constitución.  Su caso no era como el de quien “baila en la casa del trompo”, sino más bien el de quien “menciona la soga en la casa del ahorcado”. Su despiste, morrocotudo.

Con infinita paciencia y corrección, le informé de los varios procedimientos legales para las modificaciones a la ley fundamental, agregándole enseguida que yo era la persona menos indicada para ayudarlo, pues creo firmemente en la fundamental importancia de defensa social en la segunda enmienda y soy miembro activo, vitalicio y con rango de Benefactor del “National Rifle Association of America”. Al fin y después de intercambiar varios correos el activista se aburrió, dejándome en paz. Lo que mucho agradecí.

El voto puede producir monstruosidades mayores como Hitler, Perón y Chávez.  Los cubanos, para nuestro crédito nunca le dimos el voto a Castro. Sin embargo ¿quién duda que lo hubiéramos electo abrumadoramente cuando en enero de 1959 éramos políticamente ignorantes? La libertad no está necesariamente supeditada al sufragio universal. Regresemos a la cartilla cívica. Repitan todos conmigo: una cosa es democracia y otra libertad (broma amarga).

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