LA LECTURA DEL MARTES: LA COTORRA MACHADISTA

Por Aldo Rosado-Tuero

 En la finca de mi abuelo Manín  había una cotorra, que ya estaba en la familia antes de que yo naciera. Seguramente alentada por la militancia liberal y machadista de mi abuelo alguien de la familia la había enseñado a gritar “viva Machado”; o posiblemente el mismo animal lo había aprendido por su cuenta en los incontables mítines pro Machado que se daban en aquella época en los lares del abuelo. Pero ella lo traducía por “Viva Machao”

Lo cierto es que la cotorra había sobrevivido a la revolución del 33 que derrotó a Gerardo Machado y Morales, y era uno de los pocos entes, que se atrevían a gritar-por aquellos días- en voz alta sus simpatías por el ex-dictador. Cada vez que el ave escuchaba un tiro o la explosión de un volador o un cohete, gritaba a todo pulmón “VIVA MACHAO”.

Cuando años después, durante las campañas políticas, se organizaba algún mitin o pasaba una caravana por el Camino Real hacia unos de éstos, como era costumbre había mucha fanfarria y abundancia de explosiones de voladores, cohetes y hasta tiros de revólver al aire, la mentada cotorra se desgañitaba dando el ya consabido grito de “viva Machao”, repetido hasta la saciedad. A cada explosión respondía con un grito, que me caía “como una patada en los testículos”. Aquello, lejos de encolerizar a los adversarios del depuesto presidente, parecía causarles gracia, pero a mí me volvían loco,

Esto duró hasta una ocasión en que yo adolescente atormentado entonces con la “pejiguera” de capturar el tomeguín blanco, aproveché la ocasión del receso escolar navideño, y en lugar de quedarme en Caibarién a disfrutar de las tradicionales parrandas de Noche Buena marché a la finca, alegando que  “para pasarla con la familia materna”, con lo que encubría mis planes de dedicar esos días a la búsqueda y captura del obsesionante tomeguín blanco.

Antes de marchar para Cambao, fui a la pirotécnica de Caibarién y compré un grueso mazo de voladores y varios cohetes, para celebrar la Noche Buena con mis primos del campo. El 23 en la tarde, empezaron los primos en “la explanada de Andrés”, aledaña a la casa vivienda, a lanzar sus voladores y explotar sus cohetes. Y, como tenía que pasar, la “cotorra machadista”—como yo la había bautizado  con muy mala leche—a cada explosión lanzaba un estentóreo: “Viva Machao”,  desde un arco de metal colgado en el cobertizo de la batea a un lado del comedor, para mi mortificación, seguía con su inveterada costumbre de dar vivas al ‘Asno con Garras” a voz en cuello.

Finalmente perdí la paciencia y entregándole el resto de los voladores a mis primos, les dije molesto: “Llévense todo esto y tírenlos en otro lado, que yo no soporto más a esta puñetera cotorra”.

La susodicha cotorra no vería la Noche Buena y mucho menos la Navidad de ese año. Esa noche tomé, sin pensarlo mucho,  la decisión de actuar. En cuanto oscureció me dirigí a casa de mi primo segundo Pipe o Roviro, mayor que yo, pero eventual compañero de aventuras en mis visitas al campo. Me lo encontré alistándose para asistir a un guateque y con mucha autoridad y seriedad le aseguré que al guateque iríamos más tarde para tener una coartada, pero que en esos momentos había cosas más importantes y serias que realizar. Al preguntarme mi primo que cosa era tan importante y recibir mi respuesta: “esta noche vamos a ajusticiar a un apapipio machadista que ha sobrevivido todos estos años”;  por poquito se caga en los pantalones. Le dio un vahído y se tuvo que recostar a un tronco seco de un cedro.  Pasados unos instantes y medio recobrada la compostura, Pipe me respondió: “yo sabía que a ti te faltaba un tornillo, pero ahora si se te botó la canica. ¡Tú estás completamente loco, si crees que yo voy a acompañarte a matar a un apapipio”. El asombrado guajirito se turbó más aún cuando le aseguré que no era a un apapipio, sino a una apapipia. Llevándose las manos a la cabeza exclamó- “Ay mi madre, que es esto! Yo traté de explicarle, pero él se cubrió los oídos con ambas manos y cerró los ojos, mientras decía horrorizado: “No, no, no quiero saber nada más del asunto, regrésate ahora mismo para Caibarién. Yo con la mejor de mis sonrisas le quité las manos de los oídos y le hablé con inusitada  autoridad: “Escúchame pendejo, esto no es lo que tú crees”.

Si alguien hubiese estado observando a la pareja desde una prudencial distancia, habría sido testigo de una escena singular: A la luz de la luna, al final de un lindo jardín y al borde una manigua, dos siluetas recortadas El más alto, sentado sobre un tronco seco, escuchando, apenas sin hablar. El más pequeño, de píe inclinándose hacia el otro, gesticulando con las manos, como buen cubano y hablando sin coger resuello. Finalmente cogieron por el camino de la cañada que conducía de la casa de mi tio abuelo Taurino a la de mi abuelo Manín. Yo le llevaba el brazo echado sobre el hombre a mi primo…lo recuerdo como si fuera hoy.

A la mañana siguiente, 24 de diciembre, día de Noche Buena, apareció la cotorra con el pescuezo retorcido, con la cabeza guindando hacia abajo, amarrada por una pata con un pedazo de arique a una rama de la mata de güira que había afuera de la puerta trasera de la cocina de la casa principal de la finca.

Ante el desconcierto de la abuela y los demás miembros de la familia, reunidos para el acostumbrado magno banquete de Noche Buena y la mirada austera y penetrante del abuelo, me apresuré-tal vez demasiado pronto- a acusar enseguida a mi tío Cecilio Tuero, furibundo antimachadista que vivía muy cerca de la casa principal. El abuelo, hombre recto, que no osaba ni permitía que se acusara a nadie sin pruebas, me mandó a callar y me dirigió una ríspida y acusadora mirada que decía muchas cosas. Se me atoraron la carne de puerco, el fricasé de guanajo y hasta el sabroso  guineo, no me atreví ni siquiera a probarlo.

Pipe, muy previsora y sospechosamente dejó de visitar a sus tíos por un largo rato…y yo, cada vez que alguien mencionaba la extraña muerte de la cotorra,  cambiaba la conversación con la velocidad de un cohete.

Tiempo después, recordando fotos que había visto en la revista Bohemia, comentaba, donde no me escuchara nadie de la familia,, que a la cotorra machadista le habían hecho lo mismo que a Mussolini, que después de muerto lo habían colgado por los pies en la Plaza Loreto. Y que el crimen de la cotorra, tenía mucha semejanza con los “ajusticiamientos” de apapipios machadista, por miembros de Acción Revolucionaria Guiteras. Que lo único que había faltado era el consabido cartel de “la justicia tarda pero llega”, seguramente debido a que hubiese sido muy fácil identificar por la letra al autor.

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