LA LECTURA DEL SÁBADO: CRÓNICAS DEL ARCHIPIÉLAGO

“EL PROFETA” EZEQUIEL

Por Aldo Rosado-Tuero

El joven Ezequiel nació en el seno de una familia profundamente religiosa. Sus padres y sus hermanos eran ejemplo en el pueblo en que residían  de lo que es crecer en un hogar temeroso de Dios. Todos eran protestantes o evangélicos y el padre  iba un poco más allá de los cánones establecidos por la congregación. Era un asiduo lector de “la palabra de Dios”: La Biblia, y a sus primeros hijos los nombró todos mediante un procedimiento muy suyo. Así, a  su hija hembra mayor, la llamó Denayf, usando las primeras letras del versículo bíblico” Dios es Nuestro Amparo Y Fortaleza. Al siguiente, varón lo bautizó Jemip, por Jehová es mi pastor y al que le siguió, le espetó el impronunciable de Sefihalamú, mezclando esta vez las dos primeras letras del Apocalipsis 2-10: “Sé fiel hasta la muerte”. Cuando la madre estaba en estado del cuarto retoño, se rebeló y le prohibió al padre que usara otro anacrónico sacado de la Biblia. El buen señor aceptó a regañadientes, pero al fin buscó la no muy original manera de burlar la prohibición matriarcal, al ponerle a  el último de sus hijos, Ezequiel, en honor al profeta bíblico.

Como era de esperar el niño Ezequiel creció en aquel ambiente cargado de connotaciones religiosas y bíblicas. Leyendo la palabra de Dios continuamente, orando antes del desayuno, almuerzo, merienda, comida y antes de acostarse. Asistiendo al templo protestante a diario: participando en la escuela dominical, cultos de oración, campañas proselitistas y de sanación y siendo además alumno de un colegio protestante. Aquel entorno lo fue preparando para lo que vendría después al convertirse en un joven adulto. Las continuas arengas del padre, instándolo a ser fiel a su nombre fueron dando sus frutos. Era un profundo conocedor de la Biblia y un predicador constante de “la palabra del señor”. Era tanta su lata y sus sermones que los más jóvenes lo empezamos a llamar “el profeta Ezequiel”, cosa que a él no le disgustaba para nada.  Poco a poco su mente se fue deteriorando y llegó un momento que no le importaba para nada lo que él llamaba despectivamente “el mundo”. Nos reprochaba que nos gustaran las cosas materiales: jugar béisbol, ir al cine, andar con nuestras bellas compañeritas del sexo opuesto, joder en el parque del pueblo. En fin todo lo que hace un muchacho normal a esa edad, en que asistíamos a la iglesia, pero nuestra prioridad era “joder la pava” y descubrir los misterios del sexo recién despertado.

Ezequiel le espetaba un sermón al “pinto de la paloma”y hasta al pastor de la Iglesia, el circunspecto Reverendo Oilime Aitiev, le regamangaba su mensaje apocalítco sin respetar que el pastor estuviera en medio de un sermón. Últimamente hasta simulaba tocar las “trompetas de Jericó”, ahuecando sus manos frente a su boca y gritando a todo pulmón” tará, tarará, tararaaá, antes de empezar su perorata de que “había que arrepentirse porque el día del juicio final estaba cerca”

El respetado pastor tuvo que intervenir en su favor, cuando se empezó a murmurar que Ezequiel había perdido la razón y que había que mandarlo a un manicomio para su  curación. Nunca lo permitiría. Ezequiel no hacía daño a nadie con sus sermones “despierta conciencias”.

Pero todo cambió una noche en que se celebraba un culto de oración. El templo estaba repleto. La congregación en pleno había acudido, llevando de invitados a vecinos y parientes. El ambiente propiciado por el ministro encargado era impecable. Siguiendo el ejemplo de las iglesias protestantes de los Estados Unidos (de los que era visita frecuente) el pastor había preparado maravillosamente “la mise en escene”. Su esposa era la pianista de la iglesia, su hija interpretaba con muy buena y bella voz, los himnos de alabanza y captación. Las luces se atenuaban, dejando al templo en una semi penumbra al momento de las oraciones. Yo ocupaba un banco al centro del templo. A mi lado se sentaban, entre otros, mis amigos Nelso Asem y Liván Nocha. En el banco directamente delante del nuestro coincidieron Ezequiel y  Luar Selástraga. Este último tenía entre nosotros una bien ganada fama de ser “rarito”, eufemismo que usábamos para no ofender a Dios llamando a uno de sus siervos más fieles “maricón”, pero lo cierto era que Luar le hacía honor a su apellido.

En el momento en el que el pastor llamó a un momento de meditación y oración, las luces del templo se atenuaron, como para facilitar la comunicación con El Señor. Cuando el silencio era tal que se podía escuchar el vuelo de una mosca, en la semi-penumbra, pudimos constatar desde nuestro banco, como Selástraga extendió su mano y la depositó en la portañuela del “Profeta”. En ese solemne momento Ezequiel, su puso de pie y levantando los brazos al cielo, exclamó con voz admonitoria a todo pulmón: “Señor, perdona a esta oveja descarriada que me ha agarrado los genitales” y volviéndose hacía nosotros prosiguió en el mismo tono de voz: “Le roncan los cojones. Hacer eso en la casa de Dios”. Selástraga salió disparado para la puerta de la calle, mientras Ezequiel lo perseguía citándole las advertencias del apóstol Pablo: “ni los afeminados, ni los que se echan con varones, ni los homicidas, etc, etc …heredarán  el reino de Dios”. 

Se encendieron las luces, revelando una congregación en shock. Las mujeres murmuraban. En mi banco nos meábamos de la risa. El ministro sentenció perentoriamente:”No quiero comentarios” e invitó a cantar “si en tu senda las nubes agolparse vez…..”. Terminado el himno cuando un pastor invitado de un pueblo cercano, se aprestaba a dirigirnos en oración hizo su entrada otra vez al templo, Ezequiel, en su papel de flamígero profeta: “Estas palabras son para ustedes. Velad y cuidad para que el maligno no se apodere de sus almas. Ni aún en la casa de Dios estaréis a salvo. Los días de Somasia y Morronga pueden volver si no hacen a diario actos de contrición”. Nelso, muerto de la risa, le haló por la manga de la camisa mientras le susurró: cálmate Ezequiel. Además no es Somasia y Morronga, sino Sodoma y Gomorra”. Ezequiel, elevando el tono de voz le respondió: Lo mismo da si es Morronga , pichita o Gomorra, el pecado es el mismo”.

Los padres de “El Profeta” se precipitaron hacía él y con la ayuda del pastor lo sacaron casi a rastras del templo, que se había convertido en un mare-magnum de comentarios, quejas, lamentaciones, recriminaciones y risas contenidas, y de otras no tan contenidas carcajadas que salían del banco donde nos sentábamos  mis amigos y yo.

Ezequiel desapareció de la circulación por seis meses, Pasado ese tiempo y perdida la protección del Ministro dirigente de la Iglesia, lo encerraron en una clínica siquiátrica del pueblo, donde recibió severos tratamientos de electro shocks. Al terminar el tratamiento y ser dado de alta de la mencionada clínica, estaba totalmente descocado y aseguraba ser  el emisario de Dios en el pueblo.

Hoy no sé que fue de él, ni si todavía vive. Si recuperó la razón, si es que la perdió en realidad, pero si puedo asegurar que todavía a cada rato me despierto atacado de la risa al acordarme del incidente, ocurrido en una iglesia de un pequeño pueblo de mi querido Archipiélago.

Un Comentario sobre “LA LECTURA DEL SÁBADO: CRÓNICAS DEL ARCHIPIÉLAGO

  1. Que buen relato, al escribir este comentario, todavia me estoy riendo tambien.

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