LA LECTURA DEL SÁBADO: FRAGMENTOS DEL CAPÍTULO “EL TRIUNFO” DE LA NOVELA HISTÓRICA ” DE ALDO ROSADO-TUERO, “RECUERDOS DE AURELIO”

RECUERDOSDEAURELIONOVELAEL TRIUNFO

Primero de enero. La mañana amanece luminosa y alegre. Una típica mañana del invierno cubano. Todo en la naturaleza parece sonreírle al porvenir. Aurelio está de pie al lado del Chevrolet Bel Air, mientras espera que le llenen el tanque, para marchar a Yaguajay. Quiere estar en la entrega del cuartel. La noche anterior Abón Li ha accedido a rendir la plaza. Temprano hará entrega de la misma. Y Aurelio no quiere perderse, el acontecimiento histórico. En la madrugada, lo ha despertado su vecino más próximo anunciándole, que acaba de oír por “La Voz Dominicana” que Batista y su familia acaban de abandonar Cuba. Se ha vestido a la carrera. Alborozado corre al cuartel donde está San Luis y la plana mayor del 26 del Municipio. Ya la noticia ha corrido como pólvora y todo es regocijo. Inmediatamente pide permiso para marchar a Yaguajay para recabar instrucciones de Camilo y se lo conceden…

…  Ya en la carretera, va repasando mentalmente los acontecimientos. Fidel ha llamado a una huelga general para hacer que Cantillo y los militares entreguen el poder. “Golpe de Estado no. Componendas no.” Fidel ordena a todas las tropas rebeldes avanzar hacia sus objetivos y tomar las ciudades. Camilo debe marchar inmediatamente hacia La Habana y lo mismo debe de hacer el Ché con su tropa, que recién ha rendido al tren blindado y esa misma mañana ha ocupado el Regimiento Leoncio Vidal. La consigna se repite por Radio Rebelde en la propia voz del líder de la revolución “Huelga general revolucionaria. Golpe de Estado no. Todo el poder para el 26. Todo el poder para el 26”. A Aurelio aquella consigna le resulta extraña y hasta descubre que en el fondo le molesta. Le recuerda a la de los bolcheviques, cuando la revolución rusa. “Todo el poder para los soviets”. Y sin poder explicarse  por qué le causa resquemor. ¿Por qué? se pregunta intrigado. “¿Por qué? Si yo soy del 26. Si el 26 prácticamente es mi vida. ¿Por qué esto me molesta?” No encuentra la respuesta.

Su mente lo lleva a dos días atrás, cuando  ha acompañado a otros militantes a traer para Caibarién a los más de 400 oficiales y soldados que integraban la dotación del famoso tren blindado, que la dictadura enviara a Santa Clara a combatir al Ché, como último recurso, esperando levantar el cerco a la Ciudad. La breve escaramuza que la maquinaria castrista se encargó de lanzar universalmente como la gran hazaña guerrera del  médico argentino devenido en guerrillero cubano, tenía para Aurelio y algunos de sus compañeros muchas interrogantes. Costaba mucho trabajo creer que los encargados del contingente de soldados que viajaron desde el Campamento de Columbia hasta el centro de la Isla, fueran tan idiotas y lerdos como para dejarse atrapar de la forma en que lo hicieron.  Un tren totalmente blindado, con un batallón de élite equipado con las mejores armas con que contaba la dictadura, repleto de municiones, que acudía en auxilio de la sitiada Santa Clara, no desembarca un solo soldado. Se limita a avanzar por la frágil línea de ferrocarril, asediado por un par de escuadras rebeldes. Se detiene para darle oportunidad a que los rebeldes quiten los raíles hacia donde avanza el tren. Una vez quitados los raíles, el tren pretende iniciar la marcha. Al percatarse de que la línea está cortada, se vuelve a detener, dando tiempo a que otra escuadra quite los clavos que unen los raíles a los travesaños, en la retaguardia del tren. No más han terminado los rebeldes de ejecutar esa acción, el tren comienza a dar marcha atrás, ganando en velocidad, con lo cual al llegar al tramo sin línea se descarrila inevitablemente. Durante toda esa operación a ninguno de los oficiales se le ha ocurrido tratar de hacer salir de los vagones a parte de la tropa para combatir a los pocos francotiradores que los acosan. Se limitan a esperar al calor provocado por el fuerte sol del mediodía antillano, que los vagones blindados se conviertan en un infierno. Cuando pasadas un par de horas la tropa del tren, desmoralizada por el enorme calor, se han quitado, casi todos, los uniformes y permanecen en calzoncillos y desnudos dentro de la trampa de metal, los oficiales deciden acceder a los ofrecimientos del Che Guevara y rinden el tren blindado con todo su armamento y municiones, con el compromiso de que sean llevados prisioneros al puerto de Caibarién, para de ahí ser enviados por la Cruz Roja para La Habana, en una fragata de la Marina que debía recogerlos en dicho puerto. A los oficiales se les permite conservar sus armas de reglamento. Están totalmente desmoralizados.

Un puñado de rebeldes que no llega a veinte, entre los que se encuentra Aurelio los conduce en camiones hasta la Playa Militar de Caibarién. Nadie trata de escapar. Nadie se rebela. Hubiera sido facilísimo rebelarse y detener a sus guardianes, máxime cuando los oficiales conservaban  sus armas cortas.

Las ideas y los recuerdos van pasando por su mente durante el trayecto. Ya, un poco antes de llegar a Narcisa, se ha convencido de que los rumores que ha escuchado en días anteriores en el sentido de que el tren blindado fue vendido desde su salida de La Habana, son verosímiles. Dos y dos suman invariablemente cuatro. Y cuando mira en retrospectiva los acontecimientos, las cuentas siempre le dan el mismo resultado: venta, no victoria militar. Y vuelve a repasar todos los elementos en su mente: El Coronel encargado del tren, no vino con la tropa, al contrario, no más salido el tren de Columbia,  corrió a asilarse en la embajada de  Venezuela. Los rumores que habían circulado entre los revolucionarios  eran que habían obtenido medio millón de pesos de varios industriales cubanos y que esa suma le había sido entregada al Coronel encargado de dirigir el contingente del tren blindado, para que lo rindiera. Y agregaba a todo eso, la certeza que tenían el Che y su Estado Mayor de que el tren no constituía amenaza alguna y la seguridad de que lo capturarían. Recordaba cuando el día antes,  ya se sabía que el amenazador tren había salido del Campamento de Columbia y que estaba por llegar de un momento a otro, Aurelio, al encontrarse con su antiguo amigo y compañero de expediciones espeleológicas Ñico Cuevita, ahora convertido en flamante Capitán de la Columna 8 del Che Guevara, le expresó su preocupación sobre el enorme poderío y la amenaza militar que el susodicho tren representaba para los rebeldes. Núñez aplacó los temores de Aurelio y muy confiado le explicó que el tren sería neutralizado- esa fue la palabra que utilizó, “neutralizado”- sin ningún peligro. Esa misma seguridad la había exteriorizado el Che, cuando acudió en una breve visita al recién “liberado” Caibarién. Con su brazo en cabestrillo. Sonriendo le afirmó a Aurelio que todas las precauciones estaban tomadas y  todo planeado para neutralizar- y volvió a usar la misma palabra que Núñez Jiménez: “neutralizar” la amenaza del tren blindado. Para Aurelio ya no cabían dudas. Había sido una jugada maestra de la revolución. Posiblemente ese fue el puntillazo final que dio al traste con la dictadura. Rendido el tren blindado, murieron las esperanzas de rescate para los defensores de  Yaguajay y del Leoncio Vidal. Éstos acordaron su rendición y Batista emprendió su vergonzosa huida con su ejército aún intacto en 4 de las 6 provincias cubanas, metiéndose no se sabe dónde su famosa “bala en el ‘direto’[1]“.

Al llegar a Yaguajay, Aurelio encuentra el mismo ambiente de júbilo, que se vivía en toda Cuba. El 95 % de los cubanos, creía ingenuamente que con la huida de Batista, se habían terminado todos los problemas.

Al acercarse a Camilo éste lo saluda afectuosamente. Marchan al cuartel donde ya el Padre Guzmán, cura de Yaguajay, ha preparado todo para la entrega oficial del cuartel a los sitiadores. Camilo se forma frente a la entrada principal, acompañado de su estado mayor, y rodeado por docenas de curiosos. En la puerta del cuartel aparece el Capitán Abón Li. Erguido. La vista al frente. La gorra militar debajo del brazo izquierda. Avanza marcialmente hacia el grupo de Camilo. Es un hombre de mediana estatura, más bien pequeño, pero su actitud le hace lucir más alto. De claras facciones asiáticas,  Serio sin ser dramático. Seguro de sí mismo. Al llegar frente a Camilo se cuadra y lo saluda militarmente. Camilo le devuelve el saludo. Pasan unos instantes de silencio, en los que la tensión se puede sentir en el aire. Aurelio no puede menos que admirar al adversario de la víspera. Es la viva estampa del militar pundonoroso. No la idea que él tiene de un esbirro que ha defendido la dictadura hasta el último momento. Esa figura no conjuga con la que él se ha hecho del capitán, a juzgar por los rumores que ha escuchado durante la batalla, acerca de los desmanes cometidos por el militar. Camilo se relaja, saca una caja de cigarrillos del bolsillo de su camisa llena de papeles y le ofrece uno gentilmente, que Abón Li acepta. El Nene López, se lo enciende y Abón Lee, aspira hondamente el humo que luego exhala en una bocanada. Cuando el capitán se dispone a desabrochar su cinturón con su arma corta de reglamento, Camilo lo rechaza y le dice que se quede con ella, que un militar que ha peleado con la valentía y la limpieza con que lo ha hecho él, se merece el respeto y la admiración del adversario.  Conversan unas cuantas palabras más que Aurelio no alcanza a escuchar y ambos, acompañados por el cura, se separan del resto y marchan para dentro del recinto militar. Aurelio no volverá nunca más a volver a ver a Abón Li. Pero bastaron esos minutos cruciales, para que le recordara siempre, no sólo como “un cojonudo de primera”, sino como la viva imagen de los militares honestas que salvaron la dignidad del Ejército Constitucional, frente a los ambiciosos y asesinos que pretendieron convertir ese cuerpo en un instrumento de represión y sostén de la dictadura batistiana o de los que vendieron su cooperación a los adversarios.

Camilo ha prometido que no habrá venganza con los defensores del cuartel, pero apenas ha marchado para La Habana a ocupar el Campamento de Columbia  y hacerse cargo de la Jefatura del Ejército, por órdenes expresas de Fidel, los hombres  del PSP que Félix Torres ha dejado a cargo del pueblo, comienzan la vendetta.

[1] – Frase del dictador que se hizo famosa en Cuba, cuando éste había afirmado que nunca abandonaría el poder con vida y que para eso siempre conservaba una bala en el directo en su pistola. Batista se comía algunas letras al hablar y una de ellas era la c, por lo que había dicho textualmente: una bala en el direto

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