LA LECTURA DEL SÁBADO: LA LEYENDA DE LA LUZ DE YARA, MITO MAYOR DE CUBA

Sobre los arrecifes de Yara se observa un anillo de oro, el metal que, según Hatuey, era el dios de los conquistadores… 

Ahí va la flotilla de canoas.

Atraviesan ése que –con razón– después ciertos hombres recién llegados llamarán el Paso de los Vientos. Aquel puñado de indios taínos lucha hasta el cansancio contra los elementos desatados.

Entre ellos, encabezándolos, viaja el cacique Hatuey, quien, en una primitiva bolsa fabricada con los materiales que la palma le brindó, transporta desde Quisqueya al dios que adoran esos recién llegados. Ya lo ha decidido: tan pronto arribe a Maisí, en el extremo oriental de Cuba, le advertirá a la gente de este lado que mucho deben cuidarse de esa potencia suprema que idolatran los hombres de caras blancas.

Llegan, salvos, al litoral cubano. Y esa odisea, que comenzó en la cercana Antilla y parece que va a terminar en un punto cubano que los indios llamaban Yara, es una historia que se prolonga hasta nuestros días, al cabo de cinco siglos.

EL NACIMIENTO DE UN MITO

  • Hatuey. Cacique quisqueyano de la región de Guahabá, en La Española. Encabezó una rebelión contra los conquistadores españoles en su comarca. Al comprender lo inútil de su resistencia, se vio obligado a emigrar hacia Cuba en unión de un grupo de sus seguidores.
  • La luz de Yara: leyenda que se ha arraigado fuertemente entre los habitantes de Yara y plantea que en el momento de la ejecución brotó de la boca de Hatuey la luz que ha sido causa de comentarios por siglos. Otra versión supone que Yara, una india enamorada de Hatuey, que también podía haber sido su esposa, se abrazó a él en el justo momento en que ardía la pira y del cuerpo en llamas de ella brotó la luz que vaga por toda la región.

Según el testimonio del padre Bartolomé de las Casas, Hatuey y su tropilla llegaron a Cuba y, como el idioma no era para ellos una barrera, a los taínos de esta isla les explicó que los hombres llegados de donde nace el sol adoraban a un dios muy singular. Y se lo mostró.

Desanudando su catauro de yagua, puso ante los ojos de sus hermanos de sangre varias pepitas de oro refulgente, que tintinearon al lanzarlas sobre los arrecifes baracoenses.

–¡Cuídense de este dios que adoran los hombres que andan sobre animales de cuatro patas! ¡Por él han sojuzgado a mi gente, por él han exterminado a mi familia!–  les advirtió.

Tras mostrarles el dios áureo de los invasores, Hatuey, hasta entonces patriarcal jefe de su tribu, se tornó guerrero. Y su lucha desigual se prolongaría por dos meses, flecha contra arcabuz.

Su historia –la de este mundo concreto y tangible– terminaría en el cacicazgo Macaca, en un punto que se llamaba –y aún se nombra–  Yara.

Allí se originaría nuestro mito mayor.

Sí, finalmente la pólvora y el caballo habían decidido la contienda. Las partidas de indios mal armados, acosadas por la superioridad del conquistador, fueron sucumbiendo. Y el cacique Hatuey cayó en manos de sus enemigos.

El indio rebelde fue llevado a Yara, donde sufrió el suplicio de la hoguera, por mano de aquellos europeos –dicen que civilizados–, ya muy diestros en asar gente en las piras inquisitoriales del Viejo Mundo.

Ah, pero los suyos –como siglos después sucedería con el negro haitiano Mackandal–  juraban que Hatuey no había muerto. Decían que, prendida la hoguera, después de que el cacique se negara a la absolución de sus pecados, su alma voló ilesa por los aires, confundida entre las llamas.

Y el mito se consagró, de manera que los folkloristas –en muy diversas épocas–  han recogido la presencia de la Luz de Yara en boca de muy variopintos testigos.

Según algunos del tamaño de un hombre, según otros tan pequeña como una güira, le asignan el color rojo o el verde.

Capaz de trasladarse, se dice que aparece durante sequías severas, en los períodos de luna menguante. Afirman que, acompañada de una especie de racha, puede apagar las rudimentarias lámparas de queroseno que los guajiros nombran chismosas.

Los marinos la identifican con el fuego de San Telmo, pues declaran que “a la luz le gusta ponerse sobre el palo más alto del barco”. Se asegura que los peces no pican durante sus apariciones.

Detalle interesante: se repite, una y otra vez, el testimonio de que la Luz de Yara se manifiesta cuando se raya sobre los arrecifes un anillo de oro, el metal que, según Hatuey, era el dios de los conquistadores.

UNA LUZ PATRIÓTICA

La luz de Yara se convirtió en símbolo para los cubanos.  No es casual que uno de los regimientos de élite enfrentados al poder colonial, durante la Guerra del 95, tomara su nombre.

Y quizás aquellos colosos, en las noches del campamento mambí, recitaran los versos de El Cucalambé, príncipe de la décima cubana:

Yo soy Hatuey, indio libre
sobre la tierra bendita
como el caguayo que habita
debajo del ajengibre.

Deja que de nuevo vibre
mi voz allá entre mi grey,
que resuene en el batey
el dulce son de mi guamo,
y acudan a mi reclamo
y sepan que aún vive Hatuey.

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