LA LECTURA DEL SÁBADO: MÁS SOBRE FRANCIS PARKER YOCKEY Y SU LIBRO “IMPERIUM”-II

Por Willis A. Carto

¿Pero podemos considerarnos libres cuando a un ciudadano americano cuyo único crimen fue escribir un libro se le niega el pasaporte por el Departamento de Estado, privilegio que sólo se niega a los más notorios degenerados y criminales? Hubo que esperar hasta el 24 de abril de 1962 para que el Departamento de Estado se decidiera a iniciar encuestas para la denegación de pasaportes a los agentes comunistas más importantes… pero la “prensa libre” curiosamente olvidó de mencionar que los informes de naturaleza confidencial emanados del F.B.I. o de cualquier otro organismo no serían utilizados contra un comunista a menos que a éste se le concediera el “derecho” de careo con su acusador. Y, naturalmente, el derecho de apelación, incluso en tal caso, sería escrupulosamente respetado.
¿Somos libres cuando un ciudadano puede ser arrestado sin una orden de detención y mantenido en prisión sin cargo alguno contra él, y con la fantástica fianza de 50.000 dólares? ¿Somos libres cuando los buitres de la “prensa libre” pueden abalanzarse sobre la víctima y arrojarle montones de calumnias y basura, acusándole de haber hecho cosas que nunca hizo, o dicho cosas que nunca dijo para crear un “opinión pública” en contra suya? ¿Puede llamarse América un país libre cuando un sensible genio puede ser aherrojado en la más sucia de las cárceles en compañía de criminales negros y blancos y se le niegan incluso ropa limpia y un baño? ¿Somos libres cuando a tal “delincuente” no se le permite ni siquiera entrevistarse con sus hermanas en privado, y cuando un grupo que se supone se constituyó para defender los derechos constitucionales de los ciudadanos ‑la Unión Americana para las Libertades Civiles‑ prefiere abogar por los “derechos” de homosexuales, traidores, asesinos y pornógrafos que por los de un sincero patriota como Francis Parker Yockey, cuyos pensamientos y esfuerzos estaban dedicados a sus compatriotas?

¿Somos libres, pregunto yo, cuando un juez puede dictaminar que un preso no va a tener un “juicio rápido y público por un jurado imparcial…” según garantiza la Carta de Derechos, sino que va a ser sometido a un examen mental con el obvio propósito de suprimir el juicio con jurado? Y, finalmente, ¿somos libres cuando otro grupo, muchísimo más poderoso que la Unión Americana para las Libertades Civiles o que el mismo Gobierno tan poderoso, ciertamente, que las gentes no se atreven a pronunciar su nombre en voz alta, a no ser en términos de la más servil alabanza, somos libres cuando esa facción puede dictar al Gobierno el procedimiento que debe seguirse para eliminar a elementos incómodos como Francis Parker Yockey?

Si cosas como las que he enumerado pueden suceder y han sucedido entonces nuestra vanagloriada “libertad” es una paparrucha; una palabra vacía que nos han dado nuestros espabilados vigilantes para mantenemos contentos y tranquilos, de la misma manera que un padre da una brillante fruslería a su hijito.

Es instructivo analizar los métodos utilizados por nuestros amos para combatir ideas y movimientos positivos. Existe una norma en tales tácticas, que las fuerzas constructivas harían bien en estudiar. La primera táctica consiste en la supresión y firme no‑reconocimiento del rebelde y sus obras. La prensa aplicará unánimemente el bien conocido “tratamiento del silencio”. Incluso en esta primera etapa, si el movimiento promete llegar a consolidarse, se considera la posibilidad del asesinato y se lleva a la práctica si es necesario. El asesinato del joven Newton Armstrong, Jr, en San Diego, la noche del 31 de marzo de 1962, constituye un ejemplo. Entresacamos del libro de Che Guevara sobre la táctica de guerrillas y la cuestión de cuándo es preciso recurrir al asesinato: “Generalmente es contrario a la política del Partido Comunista el recurso al asesinato… Con todo, se requieren dos criterios y una decisión política de alto nivel… Los criterios para el individuo en cuestión consisten en que debe tratarse de alguien altamente efectivo y que su ejecución debe servir de ejemplo”.

La siguiente táctica consiste en el descrédito mediante el libelo, la tergiversación, el embuste y la siembra de confusión cuando es posible. Puede llevarse a cabo una campaña negativa de descrédito para destruir la efectividad de un enemigo, o una campaña positiva encaminada a enmascarar la verdad para permitir el desarrollo de un movimiento subversivo. La falsificación de la verdad acerca de Castro, que fue literalmente mimado por toda la prensa y, naturalmente, por el Departamento de Estado, es un ejemplo clásico de esto. Todo empieza generalmente en la forma de una campaña de cuchicheos subterráneos que progresivamente se convierten en una campaña abierta cuando interviene la “prensa libre”.

El objetivo consiste en aislar a los enemigos del presente régimen y desacreditarlos. La tercera táctica consiste en la infiltración de agentes en el seno del movimiento hasta conseguir dotarle de una dirección falseada con objeto de sabotearle en el momento oportuno, mientras las energías de los patriotas son encaminadas hacia actividades controladas o sin peligro. La cuarta y última etapa sólo se utiliza en último extremo cuando ya el movimiento o la filosofía ha conseguido institucionalizarse y es inmune a tácticas más bastas. Consiste en interpretarlo de manera que aparezcan tan semejantes como sea posible con modelos aceptados. (Curiosamente, las conflictivas filosofías de Jesucristo y de Friedrich Nietzsche sufrieron esta mortal interpretación). Dos o más de las mencionadas maniobras son corrientemente utilizadas a la vez. Por ejemplo, además de la supresión de su “Imperium“, Yockey fue víctima de una campaña de descrédito; también estuvo en peligro de asesinato, y su enigmático final solventó el problema. Ahora no es preciso ser un profeta para predecir que la presente reedición de su obra traerá las mismas consecuencias.

Os digo que la injusticia de todo es suficiente para volverle a uno loco. ¿Cómo se pueden soportar las cínicas o ignorantes bobadas de los liberales cuando gimen en pro de la “libertad de expresión” y el “derecho a disentir” y agitan sus puños contra el “conformismo” y todos sus juegos de manos cuando uno sabe que esos paralíticos morales de ética pervertida sólo reclaman sus peculiares libertades para los que trabajan en la destrucción de Occidente? Ya hemos visto la actitud que adoptan cuando los que se dedican a la defensa de Occidente necesitan su ayuda.
Cierto viejo y sensato reporter susurró a una de las hermanas de Yockey que, silenciosa y llorosa, se sumergía en su soledad. “Su hermano es un mártir; el primero de una larga lista… si queremos recobrar nuestro país de manos de los que nos lo han robado.”

Un sorprendente epílogo en el caso Yockey se produjo unas semanas después de su muerte. Súbitamente, inexplicablemente, el hombre a quien se había encargado la misión de internar a Yockey en el asilo de lunáticos, el Fiscal de los Estados Unidos, presentó su dimisión, abandonó a su mujer y a sus hijos e ingresó en un monasterio.
Admitamos que, por lo menos, un devoto servidor de la Democracia tiene una conciencia, aún cuando la haya manifestado un poco tarde.

Permitidme que os exponga mis ideas de manera que no se produzcan malentendidos. Estoy en favor de la supervivencia de nuestro organismo cultural occidental. Amo a los que luchan por la integridad de Occidente sean quienes fueren. Y, por mucho que tema y desconfíe de los enemigos exteriores de Occidente, desprecio aún más a los enemigos interiores y a los cobardes que les prestan ayuda… y odio su pútrida doctrina que bautiza de inevitable nuestra continua degradación.

Además, creo que Occidente puede sobrevivir. Todo depende la fe: fe en nuestro futuro; fe en nuestra superioridad y supervivencia. El escepticismo, la sofisticación, el cosmopolitismo y el cinismo han destruido la vieja fe, que no ha sido reemplazada por una nueva. Pero la fe es y siempre lo será el ingrediente esencial de cualquier fuerza histórica. Sólo una fe unificadora puede aportar el motivo común para la supervivencia ‑la convicción justa y profunda de nuestro derecho a la vida‑ e iluminar el poder intolerante que puede limpiar y redimir a nuestro decadente y putrefacto ambiente. Muy simplemente: el imperativo de inspirar la fe es el problema crucial de nuestro tiempo.
Y cuando digo “sobrevivir”, quiere decir exactamente esto.

Porque hemos ido tan lejos; nuestras filosofías, libertades y módulos culturales están tan pervertidos o erosionados, que la mera supervivencia es todo cuanto es posible. Quiero decir que los que deben salvar a Occidente deben darse cuenta, desde el principio, de lo que puede ser salvado; que muchas cosas deberán ser sacrificadas y que la estructura resultante será diferente de las del pasado. Los que nos han precedido permitieron a los densos “vientos del cambio” corroer la vieja vida, y ha surgido mucha cizaña que no puede ser totalmente eliminada. Una cosa es luchar por un ideal asequible, y otra sacrificarse por una causa perdida. Se necesita una filosofía de la historia para determinar lo que se puede conseguir y lo que se ha perdido para siempre.(Continuará)

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