LA LECTURA DEL SÁBADO: MAS SOBRE FRANCIS PARKER YOCKEY Y SU LIBRO “IMPERIUM”-III

Por Willis A. Carto

Y aunque nuestra tarea consiste en reconstruir no debemos perder de vista la realidad, ya que no podremos construir hasta que hayamos capturado. El poder político es el criterio esencial, y no los deseos o los charlatanes, y al objetivo del poder político todo lo demás debe ser temporalmente sacrificado. Lo contrario es asegurar la derrota. Quien se halla a bordo de un barco en peligro de naufragio en plena tempestad puede verse obligado a arrojar todo lo que posee por la borda si ello es necesario para la común supervivencia. O, para usar otra imagen: los que guíen a Occidente hacia Estigia y lejos de la oscuridad, deberán primero viajar a través de las puertas del Infierno.
El problema práctico de la reconquista del poder político se divide en dos aspectos. Por una parte, ¿es posible formular una ética y una fe que, por sí mismas, ofrezcan al menos tanto atractivo popular como la pintada mentira de Marx?

Por otra, ¿cómo pueden, los que naturalmente dirigirían un movimiento de tales características, competir con el súper desarrollado satanismo operativo leninista en la salvaje jungla de la lucha política? ¿Es ello necesario? Después de todo, la conspiración a que nos enfrentamos es el espantoso monstruo desarrollado tras cuatro milenios de experiencia en la impostura y el engaño, hasta el punto de que, de hecho, su principal aliado ha sido siempre la obtusa ceguera de aquellos de quien se aprovecha. “Lucha”, para un occidental significa balas, ejércitos y acorazados. Pero para nuestro enemigo, las guerras internacionales tienen escaso significado; “lucha”, para él, no significa guerra, sino política, y de acuerdo con tal concepción ha perfeccionado sus armas en esta área de la decisión máxima. Los soldados nunca han sido buenos políticos, y, por la naturaleza misma de sus respectivos oficios, el soldado debe siempre perder contra el político.

Finalmente, al formular esta doctrina, debemos preguntamos: ¿Podrá erradicar los males socio‑políticos y los achaques de nuestra época y conducir a la Humanidad a un mundo mejor? Siguiendo esta pauta, y no otra, deberemos juzgar la obra de Francis Parker Yockey.

Abandonar la búsqueda por tal concepto de la ética es abandonar la historia como hacen los nihilistas intelectuales y espirituales: los liberales y los beatniks. Abandonar la búsqueda es entregar carta blanca al enemigo para que controle nuestras vidas, nuestras almas, nuestros destinos. El fracaso en subvenir a esta filosofía no puede atribuirse exclusivamente a los parásitos que viven entre nosotros.

Tampoco es solamente la culpa del camaleónico enemigo interno de Occidente (el Falseador de la Cultura, para usar la idónea expresión de Yockey) que persigue despiadadamente a todos los que se atreven a contestar contra nuestra rápida decadencia y degeneración; en verdad es principalmente la culpa de los muchos miles que saben lo que se halla en juego y carecen del coraje moral de identificar al Falseador de la Cultura y luchar contra él; o, lo que es aún peor, que han conseguido, mediante diligente auto-persuasión, convencerse a sí mismos de que la batalla por la supervivencia contra un enemigo que exige nada menos que una rendición total puede llevarse a cabo, y ganarse, mediante corporaciones exentas de impuestos, palabras comedidas y “moderadas” y la anulación de “extremistas”. Estos exquisitos combatientes pululan en todos los grupos anticomunistas como hormigas en azúcar.

Con chillonas proclamaciones anticomunistas sobornan sus conciencias para poder vegetar en, paz, y a veces incluso llegan hasta a acompañar moralmente en la crucifixión de los pocos que tienen valentía moral. América tiene demasiados anticomunistas de esta ralea y demasiados pocos patriotas auténticos.

Mucho hay en “Imperium” que puede ser fácilmente mal interpretado. Algo hay con lo que cada cual estará de acuerdo. Y hay algo con lo que todos discreparán. Este es un trazo característico de todo comienzo verdaderamente vital y revolucionario.

El juicio crítico que Yockey hace del Darwinismo es un ejemplo de la primera posibilidad, y debiera tenerse bien presente que él se refiere al Darwinismo periodístico, y no a la teoría de la evolución. Algo parecido ocurre con el uso que hace de la palabra “raza”. Hubiera ayudado a esclarecer conceptos, si otra palabra, que pudiera ser “nobleza” se hubiera utilizado para describir a los que sienten el Imperativo del Tiempo, pues la interpretación genética de la raza es necesaria, útil y válida, si queremos contemplar nuestros problemas claramente y con precisión. Además, Yockey cita algunos tests de dudoso valor cuando afirma que los hijos de los inmigrantes americanos tienen unas medidas antropológicas completamente diferentes de sus padres. Indudablemente alguna verdad hay en ello; hay diferencias somáticas causadas por la alimentación y el clima, pero tales conclusiones pueden llevarnos al reino del Lysenkoismo a menos de usar grandes precauciones.

Trofim Lysenko (foto de arriba) es el charlatán y sumo sacerdote comunista ruso que “demostró” por arte de birlibirloque que el medio ambiente, y no la herencia genética crea al hombre. Tal teoría es la falacia básica sobre la cual reposa toda la teoría comunista sobre el hombre, aún cuando pocos se den cuenta de ello. Pero la herencia es una cuestión de genes y los genes nunca cambian excepto mediante la mutación a menos que genes de un tipo (raza) se mezclen con genes de otro tipo (raza). Uno de los mejores libros sobre esta materia es “Evolución, Biología Marxista y la Escena Social” del Doctor Conway Zirkle. Evolución, biología y herencia genética deben ser tratadas como materias de la vida de los hechos, y cualquier teoría que apunte al futuro debe contar con ellas.

El uso que hace Yockey de la palabra “autoridad” puede ser una fuente de malentendidos. Debiera tenerse presente que el individuo gozaba, bajo los monarcas europeos, de mucha más libertad que en América, hoy en día. Los que duden debieran familiarizarse con Edmund Burke, Thomas Carlyle, Herbert Spencer y la reciente obra de Otto von Habsburg “El Orden Social de Mañana”. Es evidente que por “autoridad” Yockey no se refiere a una especie de colectivismo tipo marxista.

Algunos lectores han suscitado la cuestión del aparente anti‑rusismo de Yockey, y ello precisa de una aclaración. En obras posteriores Yockey aclaró sus puntos de vista sobre Rusia; de hecho, algunos de sus carceleros le llamaban “anti‑americano y pro‑ruso” durante su proceso en San Francisco. A pesar de que tal calumnia fue proferida para el consumo de crédulos lectores de periódicos, indica que algunos de sus últimos escritos pudo ser mal interpretado como pro‑ruso, de la misma manera que “Imperium” muestra una actitud anti‑rusa. Naturalmente, Yockey no fue ni pro‑ruso ni anti‑ruso; lo que a él le concernía era la salud y la continuidad de Occidente, y su visión del resto del mundo fue siempre subjetiva en relación a lo que él consideraba en la línea de los intereses superiores de Occidente de ese momento.

Las acusaciones de “antisemitismo” ‑a menos que como tal se considere el simple hecho de poseer una mente abierta sobre la cuestión judía‑ merecen la misma interpretación. El hecho de que fuera arrestado en el domicilio de un amigo judío ‑a pesar de que tal amigo le repudiara más tarde‑ es suficientemente instructivo.

Podrían comentarse docenas de brillantes pensamientos y conceptos expuestos en “Imperium“, tales como, por ejemplo, su relegación de la Economía a su justo nivel orgánico, es decir, al sistema digestivo. Su defensa de la unificación europea, mucho antes de que esa idea hubiera hecho progreso alguno es un ejemplo significativo.

Constituye tal vez una prueba de su afirmación de que las cosas que son consideradas “extremismos” hoy son los dogmas de mañana; el genio vive en el futuro, como él dice, y mientras solía ser considerado simplemente un poco “extraño” por sus contemporáneos, y evitado o tolerantemente consentido (a menos, claro está, de incurrir en la justa cólera de la Iglesia, en cuyo caso las cosas podían volverse muy desagradables para él) hoy el moderno freudianismo le declara mentalmente enfermo e indigno de las antiguas protecciones de la ley; y esto es, seguramente, un indicio del “progreso” que hemos hecho en mil años.

El significado del seudónimo que Yockey escogió como autor de “Imperium“, Ulick Varange, debe ser tenido en cuenta. Ulick es un nombre irlandés, derivado del danés, y significa “recompensa de la mente”. Varange, naturalmente, se refiere a los varangios (Ilustración de la izquierda: guerrero varangio), esas bandas de héroes nórdicos que, al mando de Rurik y a invitación de los eslavos, civilizaron Rusia en el siglo IX, construyeron el Estado Imperial Ruso y formaron la elegante y dotada aristocracia rusa hasta que fueron asesinados por los bolcheviques, juntamente con otros veinte millones de cristianos y musulmanes. El nombre, por consiguiente, extraído de los extremos occidentales y orientales de Europa, significa una Europa unida “desde los rocosos promontorios de Galway hasta los Urales”, como él mismo exhortó. El apellido, Varange, en fin, significa el origen occidental de la Rusia histórica.(Continuará)

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