LA ‘MÉXICO-AMERICANA” QUE CAMBIÓ MI DESTINO EN UNA HORA.

Por Esteban Fernández

Después de montones de trabajos de poca monta y míseros salarios Orlando Aris Caso me dijo: “Oye, Estebita, están cogiendo gente en la Pacific Bell”.

A las dos de la tarde (una hora muy inadecuada para buscar trabajo) me fui para allá, llené una planilla y fui entrevistado por la señora méxico-americana Carmen Olguín (así sin H).

Me enseñó un burujón de más de dos mil planillas de aplicantes que estaban antes que yo y me preguntó: “¿No estás trabajando?” le dije que “No”. “¿Estás casado?” Le dije que “sí”. “¿Ella trabaja?” Y le respondí: “No, porque acabamos de tener una baby”.

Creo que en ese instante fue que me puso verdaderamente atención, me miró fijamente y me dijo: “¿Tú no estás trabajando, tu mujer tampoco y acabas de tener una niña?”

Puso mi aplicación encima de todas las demás, retrasó la fecha en haber sido llenada, y me dijo: “Vas a comenzar a trabajar en la Pacific Bell próximamente, ganando 10 dólares la hora”.

No sabía en qué forma darle las más expresivas gracias, tenía mis ojos aguados, se sonrió y me dijo: “Por nada, agradécelo a tu nueva hija, todos los niños vienen con un pan debajo del brazo”. Ahí mi vida cambió y dejé de comerme un cable.

A los dos días Carmen me llamó y me dijo: “Cometí un error al ofrecerle 10 dólares la hora, olvidé que, por hablar un segundo idioma, el español, le tenemos que pagar 12”.

Estaba súper alegre con mi salario inicial, sin embargo, me dijeron que comenzaría a trabajar dentro de dos semanas -el 16 de septiembre de 1974, día precisamente de mi cumpleaños- e increíblemente en el trayecto de esos 14 días ¡me dieron DOS AUMENTOS de sueldo antes de comenzar a trabajar!

Me asustó ver por la televisión que la Compañía de Teléfonos se había ido a la huelga. Pero a los cinco días un representante de la Unión me llamó para decirme que habían ganado la huelga y que comenzaría ganando 13 dólares la hora. Brincos de alegría daba.

El comienzo no fue muy bueno porque mi entusiasmo era tanto que les aseguro que durante mis primeros dos meses de laborar ahí trabajé más que el resto de los 17 años que pasé en la empresa.

Había como 20 empleados junto a mí y yo estaba haciendo (mientras ellos estaban sentados con los pies encima de sus escritorios) el trabajo de los 20. Y, encima de eso, barría todo el local hasta que el janitor (que no era empleado de la compañía) vino y bravo me dijo que le estaba quitando su trabajo. Le pedí disculpas y no barrí más.

Mi embullo era tan desmesurado que mi supervisor llamado Hugo Cazares me pidió que llevara unos teléfonos a San Pedro. Si ustedes saben la distancia que hay entre L.A. y San Pedro imaginará la cara que puso Hugo cuando regresé antes de una hora. Obviamente había manejado por el Freeway a unas 75 millas por hora.

Varias cosas me salvaron y pude trabajar ahí por 17 años: una, que poco a poco me fui acoplando al trabajo y llegué a hacerlo bastante bien, mi buen sentido del humor que lograba suavizar mis errores iniciales, un sindicato que protegía vehementemente a los empleados, y lo principal: que los compañeros de trabajo eran tan vagos que me hacían lucir como tremendo trabajador.

Por esas cosas del destino muchos años más tarde mi íntimo amigo el abogado Enrique Bin me dijo: “Una ex compañera de trabajo tuyo en la Pacific Bell me está pidiendo empleo en mi oficina, pero dice que no te recuerda”.

Distraídamente le pregunté: “Enriquito, y ¿cómo se llama?”. Me dijo: “Carmen Olguín”. Está demás decirles que estuve una hora hablándole bien de ella y recomendándosela, a pesar que sólo la había conocido por una hora. Dios me dio el chance de reciprocar un gran favor.

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