LA MOJIGANGA OBAMA-RAÚL TIENE HONDAS Y ANTIGUAS RAÍCES DEMÓCRATAS. SEGÚN LO CUENTA EL PROPIO TIRANO FIDEL CASTRO- PARTE –II

GABRIELGARCIAMARQUEZCHIVATODEFIDELCASTRO

Nota de la dirección de Nuevo Acción: Continuamos hoy esta serie en que probaremos con palabras textuales de Fidel Castro, en la que queda en evidencia como las Autoridades Norteamericanas aceptaban informaciones de la Inteligencia cubana e intercambiaban informes con ellas, desde la presidencia del miembro del partido Demócrata Bill Clinton.

“18 de abril de 1998: Partiendo de los intercambios positivos relatados y conociendo de un próximo viaje a Estados Unidos del escritor Gabriel García Márquez, ocasión en que se reuniría con William Clinton, lector y simpatizante de sus libros como otras muchas personas en el mundo y con el cual el autor había tenido anteriores contactos, decidí enviarle un mensaje al Presidente de Estados Unidos, que personalmente redacté.

El mensaje abordaba de forma breve y sintética siete temas. Me limitaré a incluir en este informe el primero y más directamente relacionado con los graves acontecimientos que hoy tienen lugar: los actos terroristas organizados y financiados desde Estados Unidos contra el pueblo de Cuba.

Llevaba el siguiente título:

“SÍNTESIS DE LAS PALABRAS EXPRESADAS A GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ QUE PUEDE TRANSMITIR CONFIDENCIALMENTE AL PRESIDENTE CLINTON.

“Punto 1” (textualmente), y sin tachadura alguna:

“Un asunto importante. Se mantienen planes de actividad terrorista contra Cuba, pagados por la Fundación Nacional Cubano Americana y usando mercenarios centroamericanos. Se han realizado ya dos nuevos intentos de hacer estallar bombas en nuestros centros turísticos antes y después de la visita del Papa. En el primer caso, los responsables pudieron escapar, regresando por vía aérea a Centroamérica sin lograr sus propósitos, dejando abandonados los medios técnicos y los explosivos, que fueron ocupados. En el segundo intento, fueron arrestados tres mercenarios, ocupándoseles los explosivos y demás medios. Son de nacionalidad guatemalteca. Por cada una de las cuatro bombas que debían estallar recibirían 1.500 dólares.

“Ambos casos fueron contratados y suministrados por agentes de la red creada por la Fundación Nacional Cubano Americana. Ahora están planeando y dando ya pasos para hacer estallar bombas en aviones de las líneas aéreas cubanas o de otro país que viajen a Cuba trayendo y llevando turistas desde y hacia países latinoamericanos. El método es similar: colocar el dispositivo de pequeño tamaño en lugar oculto del avión, explosivo potente, detonante controlado por reloj digital que puede ser programado hasta con 99 horas de anticipación, abandonar la nave normalmente en el lugar de destino. La explosión se produciría en tierra o en pleno vuelo posterior. Procedimientos verdaderamente diabólicos: mecanismos fáciles de armar, componentes casi imposibles de descubrir, entrenamiento mínimo para su empleo, impunidad casi total. Sumamente peligrosos para las líneas aéreas, instalaciones turísticas o de cualquier otro tipo. Instrumentos utilizables para crímenes y delitos muy graves. Si llegan a divulgarse y conocerse tales posibilidades, pueden convertirse en una epidemia como ocurrió en otros tiempos con los secuestros de aviones. Otros grupos extremistas de origen cubano radicados en Estados Unidos comienzan a moverse en esa dirección.

“Las agencias policiales y de inteligencia de Estados Unidos poseen informaciones fidedignas y suficientes de los principales responsables. Si realmente lo desean, pueden hacer abortar a tiempo esta nueva forma de terrorismo. Imposible frenarla, si Estados Unidos no cumple el elemental deber de combatirla. No se puede dejar la responsabilidad de hacerlo sólo a Cuba, muy pronto podría ser víctima de tales actos cualquier país del mundo.”

6 de mayo de 1998: Reunión del Gabo en la Casa Blanca.

INFORME TEXTUAL DE GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ SOBRE LA MISIÓN SOLICITADA DE HACER LLEGAR EL MENSAJE AL PRESIDENTE CLINTON.

Copia textual sin omitir una sola palabra:

BILLRICHARDSON“A fines de marzo, cuando confirmé a la Universidad de Princeton que iría a hacer un taller de literatura desde el 25 de abril, le pedí por teléfono a Bill Richardson (Foto) que me gestionara una visita privada con el presidente Clinton para hablarle de la situación colombiana. Richardson me pidió que lo llamara una semana antes de mi viaje para darme una respuesta. Días después fui a La Habana en busca de algunos datos que me faltaban para escribir un artículo de prensa sobre la visita del Papa, y en mis conversaciones con Fidel Castro le mencioné la posibilidad de entrevistarme con el presidente Clinton. De allí surgió la idea de que Fidel le mandara un mensaje confidencial sobre un siniestro plan terrorista que Cuba acababa de descubrir, y que podía afectar no sólo a ambos países sino a muchos otros. Él mismo decidió que no fuera una carta personal suya, para no poner a Clinton en el compromiso de contestarle, y prefirió una síntesis escrita de nuestra conversación sobre el complot y sobre otros temas de interés común. Al margen del texto, me sugirió dos preguntas no escritas que yo podría plantear a Clinton si las circunstancias fueran propicias.

“Aquella noche tomé conciencia de que mi viaje a Washington había sufrido un giro imprevisto e importante, y no podía seguir tratándolo como una simple visita personal. Así que no sólo le confirmé a Richardson la fecha de mi llegada, sino que le anuncié por teléfono que llevaba un mensaje urgente para el presidente Clinton. Por respeto al sigilo acordado no le dije por teléfono de quién era —aunque él debió suponerlo— ni le dejé sentir que la demora de la entrega podía ser causa de grandes catástrofes y muertes de inocentes. Su respuesta no llegó durante mi semana en Princeton, y esto me hizo pensar que también la Casa Blanca estaba valorando el hecho de que el motivo de mi primera solicitud había cambiado. Llegué inclusive a pensar que la audiencia no sería acordada.

“Tan pronto como llegué a Washington el viernes primero de mayo, un asistente de Richardson me informó por teléfono que el Presidente no podía recibirme porque estaría en California hasta el miércoles seis, y yo tenía previsto viajar a México un día antes. Me proponían, en cambio, que me reuniera con el director del Consejo Nacional de Seguridad de la Presidencia, Sam Berger, quien podía recibirme el mensaje en nombre del Presidente.

“Mi sospecha maligna fue que se estaban interponiendo condiciones para que el mensaje llegara a los servicios de seguridad pero no a las manos del Presidente. Berger había estado presente en una audiencia que me concedió Clinton en la Oficina Oval de la Casa Blanca, en setiembre de 1997, y sus escasas intervenciones sobre la situación de Cuba no fueron contrarias a las del Presidente, pero tampoco puedo decir que las compartiera sin reservas. Así que no me sentí autorizado para aceptar por mi cuenta y riesgo la alternativa de que Berger me recibiera en vez del Presidente, sobre todo tratándose de un mensaje tan delicado, y que además no era mío. Mi opinión personal era que sólo debía entregarse a Clinton en su mano.

“Lo único que se me ocurrió por lo pronto fue informar a la oficina de Richardson que si el cambio de interlocutor se debía sólo a la ausencia del Presidente, yo podía prolongar mi estancia en Washington hasta que él regresara. Me contestaron que se lo harían saber. Poco después encontré en mi hotel una nota telefónica del embajador James Dobbins, Director para Asuntos Interamericanos del Consejo de Seguridad Nacional (NSC) pero me pareció mejor no darla por recibida mientras se tramitaba mi propuesta de esperar el regreso del Presidente.

“No tenía prisa. Había escrito más de veinte páginas servibles de mis memorias en el campus idílico de Princeton, y el ritmo no había decaído en la alcoba impersonal del hotel de Washington, donde llegué a escribir hasta diez horas diarias. Sin embargo, aunque no me lo confesara, la verdadera razón del encierro era la custodia del mensaje guardado en la caja de seguridad. En el aeropuerto de México había perdido un abrigo por estar pendiente al mismo tiempo de la computadora portátil, el maletín donde llevaba los borradores y los disquetes del libro en curso, y el original sin copia del mensaje. La sola idea de perderlo me causó un escalofrío de pánico, no tanto por la pérdida misma como por lo fácil que habría sido identificar su origen y su destino. De modo que me dediqué a cuidarlo mientras escribía, comía y recibía visitas en el cuarto del hotel, cuya caja de seguridad no me merecía ninguna confianza, porque no se cerraba por combinación sino con una llave que parecía comprada en la ferretería de la esquina. La llevé siempre en el bolsillo, y después de cada salida inevitable comprobaba que el papel seguía en su lugar y en el sobre sellado. Lo había leído tanto, que casi lo había aprendido de memoria para sentirme más seguro si tuviera que sustentar alguno de los temas en el momento de entregarlo.

“Siempre di por hecho además que mis conversaciones telefónicas de aquellos días ―como las de mis interlocutores— estaban intervenidas. Pero me mantuvo tranquilo la conciencia de estar en una misión irreprochable, que convenía tanto a Cuba como a los Estados Unidos. Mi otro problema serio era que no tenía con quién ventilar mis dudas sin violar la reserva. El representante diplomático de Cuba en Washington, Fernando Remírez se puso por entero a mi servicio para mantener abiertos los canales con La Habana. Pero las comunicaciones confidenciales son tan lentas y azarosas desde Washington —y en especial para un caso de tanto cuidado—, que las nuestras sólo se resolvieron con un emisario especial. La respuesta fue una amable solicitud de que esperara en Washington cuanto fuera necesario para cumplir la diligencia, tal como yo lo había resuelto, y me encarecieron que fuera muy cuidadoso para que Sam Berger no se sintiera desairado por no aceptarlo como interlocutor. El remate sonriente del mensaje no necesitaba firma para saber de quién era: ‘Deseamos que escribas mucho’.

THOMASMCLARTY-MACK-GENERAL“Por una casualidad afortunada, el ex presidente César Gaviria había organizado para la noche del lunes una cena privada con Thomas ‘Mack’ McLarty, ( Foto de la izquierda) quien acababa de renunciar a su cargo de consejero del presidente Clinton para América Latina, pero continuaba siendo su amigo más antiguo y cercano. Nos habíamos conocido el año anterior, y la familia Gaviria planeó la cena desde entonces con una finalidad doble: conversar con McLarty sobre la indescifrable situación de Colombia y complacer a su esposa en sus deseos de aclarar conmigo algunas inquietudes que tenía sobre mis libros.

“La ocasión parecía providencial. Gaviria es un gran amigo, un consejero inteligente, original e informado como nadie de la realidad de América Latina, y un observador alerta y comprensivo de la realidad cubana. Llegué a su casa una hora antes de la acordada, y sin tiempo de consultarlo con nadie me tomé la libertad de revelarle lo esencial de mi misión para que me diera nuevas luces.

“Gaviria me dio la verdadera medida del problema y me puso sus piezas en orden. Me enseñó que las precauciones de los asesores de Clinton eran apenas normales, por los riesgos políticos y de seguridad que implica para un Presidente de los Estados Unidos recibir en sus manos y por un conducto irregular una información tan delicada. No tuvo que explicármelo, pues recordé al instante un precedente ejemplar: en nuestra cena de Marta’s Vineyard, durante la crisis por la emigración masiva de 1994, el Presidente Clinton me autorizó para que le hablara de ése y de otros temas calientes de Cuba, pero antes me advirtió que él no podía decir ni una palabra. Nunca olvidaré la concentración con que me escuchó, y los esfuerzos titánicos que debió hacer para no replicarme en algunos temas explosivos.

“Gaviria me alertó también en el sentido de que Berger es un funcionario eficiente y serio que debía tomarse muy en cuenta en las relaciones con el Presidente. Me hizo ver además que el solo hecho de comisionarlo para atenderme era una deferencia especial de alto nivel, pues solicitudes privadas como la mía solían dar vueltas durante años por las oficinas periféricas de la Casa Blanca, o se las transferían a funcionarios menores de la CIA o del Departamento de Estado. Gaviria, en todo caso, parecía seguro de que el texto entregado a Berger llegaría a manos del Presidente, y eso era lo esencial. Por último, como yo lo soñaba, me anunció que al final de la cena me dejaría a solas con McLarty para que me abriera el camino directo con el Presidente.

“La noche fue grata y fructífera, solo con nosotros y la familia Gaviria. McLarty es un hombre del sur, como Clinton, y ambos son de un trato tan fácil e inmediato como el de la gente del Caribe. En la cena se rompieron los hielos desde el principio, sobre todo en relación con la política de los Estados Unidos para América Latina, y en especial con el narcotráfico y los procesos de paz. ‘Mack’ estaba tan informado que conocía hasta las minucias de la entrevista que me concedió el Presidente Clinton en setiembre pasado, en la cual se trató a fondo el derribo de las avionetas en Cuba, y se mencionó la idea de que el Papa fuera mediador de los Estados Unidos durante su visita a Cuba.

“La posición general de McLarty en las relaciones con Colombia —y por la cual parece dispuesto a trabajar— es que las políticas de los Estados Unidos requieren un cambio radical. Nos dijo que el gobierno estaba dispuesto a hacer contacto con cualquier presidente que fuera elegido para ayudar a fondo en la paz. Pero ni él, ni otros funcionarios con que hablé más tarde, tienen claro cuáles serían los cambios. El diálogo fue tan franco y fluido, que cuando Gaviria y su familia nos dejaron solos en el comedor, McLarty y yo parecíamos viejos amigos.

“Sin ninguna reticencia le revelé el contenido del mensaje para su presidente y no disimuló su sobresalto por el plan terrorista, aun sin conocer los detalles atroces. No estaba informado de mi solicitud de ver al presidente, pero prometió hablar con él tan pronto como éste regresara de California. Animado por la facilidad del diálogo, me atreví a proponerle que me acompañara en la entrevista con el presidente, y ojalá sin ningún otro funcionario, para que pudiéramos hablar sin reservas. La única pregunta que me hizo sobre eso —y nunca supe por qué— fue si Richardson conocía el contenido del mensaje, y le contesté que no. Entonces dio la charla por terminada con la promesa de que hablaría con el presidente. 

(Continuará)

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