LA MOJIGANGA OBAMA-RAÚL TIENE HONDAS Y ANTIGUAS RAÍCES DEMÓCRATAS. SEGÚN LO CUENTA EL PROPIO TIRANO FIDEL CASTRO- PARTE –III

GABRIELGARCIAMARQUEZYBILLCLINTON

Foto: Gabriel García Márquez–enviado especial y personal del tirano Fidel Castro–con Bill Clinton.

Nota de la dirección de Nuevo Acción: Continuamos hoy esta serie en que probaremos con palabras textuales de Fidel Castro, en la que queda en evidencia como las Autoridades Norteamericanas aceptaban informaciones de la Inteligencia cubana e intercambiaban informes con ellas, desde la presidencia del miembro del partido Demócrata Bill Clinton.

“El martes temprano informé a La Habana por el conducto ya habitual sobre los puntos básicos de la cena, y me permití una pregunta oportuna: si el presidente decidía al final no recibirme y le encomendaba la tarea a McLarty y a Berger ¿a cuál de los dos debía entregarle el mensaje? La respuesta pareció inclinarse a favor de McLarty, pero con el cuidado de no desairar a Berger.

“Aquel día almorcé en el restaurante Provence con la señora McLarty, pues nuestra conversación literaria no había sido posible durante la cena de Gaviria. Sin embargo, las preguntas que ella llevaba anotadas se agotaron pronto, y sólo quedó su curiosidad por Cuba. Le aclaré todas las que pude y creo que quedó más tranquila. A los postres, sin que se lo pidiera, llamó por teléfono a su esposo desde la mesa, y éste me hizo saber que aún no había visto al presidente pero esperaba darme alguna noticia en el curso del día.

CESARGAVIRIA“Antes de dos horas, en efecto, un asistente suyo me informó a través de la oficina de César Gaviria ( foto) que el encuentro sería mañana en la Casa Blanca, con McLarty y tres altos funcionarios del Consejo Nacional de Seguridad. Pensé que si uno de ellos hubiera sido Sam Berger lo habrían dicho con su nombre, y ahora mi sentimiento fue el contrario: me alarmó que no estuviera. ¿Hasta qué punto pudo haber sido por un descuido mío en alguna llamada intervenida? Ahora no importaba: puesto que McLarty había arreglado el asunto con el presidente, éste debía estar ya al corriente del mensaje. Así que mi decisión de no esperar más fue inmediata e inconsulta: acudiría a la cita para entregar el mensaje a McLarty. Tan seguro estaba, que reservé lugar en un vuelo directo para México a las cinco y media de la tarde del día siguiente. En esas estaba cuando recibí de La Habana la respuesta a mi última consulta con la autorización más comprometedora que me han dado en la vida: ‘Confiamos en tu talento’.

“La cita fue a las 11:15 del miércoles 6 de mayo en las oficinas de McLarty en la Casa Blanca. Me recibieron los tres funcionarios anunciados del Consejo de Seguridad Nacional (NSC): Richard Clarke, director principal de asuntos multilaterales y asesor del presidente en todos los temas de política internacional, y especialmente en la lucha contra el terrorismo y los narcóticos; James Dobbins, director principal de NSC para asuntos interamericanos con rango de embajador, y asesor del presidente para América Latina y el Caribe, y Jeff Delaurentis, director de asuntos interamericanos del NSC y asesor especializado en el tema de Cuba. En ningún momento surgió una coyuntura para preguntar por qué no estaba Berger. Los tres funcionarios fueron de trato amable y una gran corrección profesional.

“No llevaba notas personales, pero conocía el mensaje al dedillo, y en la agenda electrónica había anotado lo único que temía olvidar: las dos preguntas fuera de texto. ‘Mack’ estaba terminando una junta en otra oficina. Mientras llegaba, Dobbins me dio una visión panorámica más bien pesimista de la situación de Colombia. Sus datos eran los mismos de McLarty en la cena del lunes, pero los manejaba con más familiaridad. Yo le había dicho a Clinton el año anterior que la política antidroga de los Estados Unidos era un agravante funesto de la violencia histórica de Colombia. Por eso me llamó la atención que este grupo de NSC —sin referirse a mi frase, por supuesto— parecía de acuerdo en que debía cambiarse. Fueron muy cuidadosos en no dar juicios sobre el gobierno ni los candidatos actuales, pero no dejaron dudas de que la situación les parecía catastrófica y de futuro incierto. No me alegré por los propósitos de enmienda, pues varios observadores de nuestra política en Washington me los habían comentado con alarma. ‘Ahora que quieren ayudar de verdad son más peligrosos que nunca —me dijo uno de ellos— porque quieren meterse en todo’.

“McLarty, con un traje cortado sobre medida y sus buenas maneras, entró con la premura de alguien que hubiera interrumpido un asunto capital para ocuparse de nosotros. Sin embargo, impuso a la reunión un tono reposado, útil y de buen humor. Desde la noche de la cena me agradó que hablara mirando siempre a los ojos. Así fue en la reunión. Después de un abrazo cálido se sentó frente a mí, apoyó las manos en sus rodillas, y abrió la charla con una frase de cajón tan bien dicha que pareció verdad: ‘Estamos a su disposición’.

“Quise establecer de entrada que iba a hablar por derecho propio sin más méritos ni mandato que mi condición de escritor, y en especial sobre un caso tan abrasivo y comprometedor como Cuba. De modo que empecé con una precisión que no me pareció superflua para las grabadoras ocultas: ‘Esta no es una visita oficial’.

THOMASMCLARTY-MACK-GENERAL“Todos aprobaron con la cabeza y su solemnidad imprevista me sorprendió. Entonces conté de un modo simple y en un estilo de narración doméstica, cuándo, cómo y por qué había sido la conversación con Fidel Castro que dio origen a las notas informales que debía entregar al presidente Clinton. Se las di a McLarty (foto de lz izquierda) en el sobre cerrado, y le pedí el favor de que las leyera para poder comentarlas. Era la traducción inglesa de siete temas numerados en seis cuartillas a doble espacio: complot terrorista, complacencia relativa por las medidas anunciadas el 20 de marzo para reanudar vuelos a Cuba desde los Estados Unidos, viaje de Richardson a La Habana en enero de 1998, rechazo argumentado de Cuba a la ayuda humanitaria, reconocimiento por el informe favorable del Pentágono sobre la situación militar de Cuba” —era un informe en que se afirmaba que Cuba no representaba ningún peligro para la seguridad de Estados Unidos, lo añado yo (Nota de Nuevo Acción: Informe preparado por la espía castrista convicta Ana Belén Montes), “beneplácito por la solución de la crisis de Iraq y gratitud por los comentarios que hizo Clinton ante Mandela y Kofi Annan en relación con Cuba.”

Aquí, como se ve, enumera los demás puntos.

“McLarty no lo leyó para todos en voz alta como yo esperaba, y como sin duda habría hecho si lo hubiera conocido de antemano. Lo leyó sólo para él, al parecer con el método de lectura rápida que puso de moda el presidente Kennedy, pero los cambios de las emociones se reflejaban en su rostro como destellos en el agua. Yo lo había leído tantas veces que casi pude deducir a qué puntos del documento correspondía cada uno de sus cambios de ánimo.

“El primer punto, sobre el complot terrorista, le arrancó un gruñido: ‘Es terrible’. Más adelante reprimió una risa traviesa, y exclamó sin interrumpir la lectura: ‘Tenemos enemigos comunes’. Creo que lo dijo a propósito del punto cuarto, donde se describe la conspiración de un grupo de senadores para sabotear la aprobación de los proyectos Torres-Rangel y Dodd, y se agradecen los esfuerzos de Clinton para salvarlo.

“Al terminar la lectura, le pasó el papel a Dobbin, y éste a Clarke, quienes lo leyeron mientras ‘Mack’ exaltaba la personalidad de Mortimer Zuckerman, dueño de la revista US News and World Report, que había viajado a La Habana en febrero pasado. Hizo el comentario por una mención que acababa de leer en el punto sexto del documento, pero no contestó la pregunta implícita de si Zuckerman había informado a Clinton de las dos conversaciones de doce horas que sostuvo con Fidel Castro.

“El punto que ocupó casi todo el tiempo útil después de la lectura fue el del plan terrorista que impresionó a todos. Les conté que había volado a México después de conocerlo en La Habana y tuve que sobreponerme al terror de que estallara la bomba. El momento me pareció oportuno para colocar la primera pregunta personal que me había sugerido Fidel: ¿No sería posible que el FBI hiciera contacto con sus homólogos cubanos para una lucha común contra el terrorismo? Antes de que reaccionaran, les agregué una línea de mi cosecha: ‘Estoy seguro de que encontrarían una respuesta positiva y pronta por parte de las autoridades cubanas’.

“Me sorprendieron la inmediatez y la energía de la reacción de los cuatro. Clarke, que parecía ser el más cercano al tema, dijo que la idea era muy buena, pero me advirtió que el FBI no se ocupaba de asuntos que fueran publicados en los periódicos mientras estuvieran en investigación. ¿Estarían los cubanos dispuestos a mantener el caso en secreto? Ansioso por colocar la segunda pregunta le di una respuesta para distender el ambiente:

‘Nada les gusta más a los cubanos que guardar un secreto’.

“A falta de un motivo apropiado para la segunda pregunta, la resolví como una afirmación mía: la colaboración en materia de seguridad podría abrir paso a un clima propicio para que se autorizaran de nuevo los viajes de norteamericanos a Cuba. La astucia salió mal, porque Dobbin se confundió, y dijo que eso quedaría resuelto cuando se implantaran las medidas anunciadas el 20 de marzo.

“Aclarado el equívoco, hablé de la presión a que me encuentro sometido por los muchos norteamericanos de toda clase que me buscan para que los ayude a hacer en Cuba contactos de negocios o de placer. Entre ellos mencioné a Donald Newhouse, editor de varias publicaciones periódicas y presidente de la Associated Press (AP), quien me ofreció una cena estupenda en su mansión campestre de New Jersey al terminar mi taller en la Universidad de Princeton. Su sueño actual es ir a Cuba para tratar con Fidel en persona la instalación de una oficina permanente de la AP en La Habana, semejante a la que tiene la CNN.

“No puedo asegurarlo, pero me parece que en la animada conversación de la Casa Blanca quedó claro que no tenían, o no conocen o no quisieron revelar ningún propósito inmediato de reanudar los viajes de norteamericanos a Cuba. Lo que sí debo destacar es que en ningún momento se habló de reformas democráticas, ni de elecciones libres o derechos humanos, ni de ninguno de los latiguillos políticos con que los norteamericanos pretenden condicionar cualquier proyecto de colaboración con Cuba. Al contrario, mi apreciación más nítida de este viaje es la certidumbre de que la reconciliación está empezando a decantarse como algo irreversible en el inconsciente colectivo.

“Clarke nos llamó al orden cuando la conversación empezó a derivar, y me precisó ―tal vez como un mensaje— que ellos darían los pasos inmediatos para un plan conjunto de Cuba y los Estados Unidos contra el terrorismo. Al final de una larga anotación en su libreta, Dobbins concluyó que se comunicarían con su embajada en Cuba para encaminar el proyecto. Yo hice un comentario irónico sobre el rango que le daba a la Oficina de Intereses en La Habana, y Dobbins me replicó con buen humor: ‘Lo que tenemos allá no es una embajada pero es mucho más grande que una embajada’. Todos rieron no sin cierta malicia de complicidad. No se discutieron más puntos, pues en verdad no era del caso, pero confío en que los hayan analizado después entre ellos.

“La reunión, contado el retraso de ‘Mack’, duró cincuenta minutos. ‘Mack’ la dio por terminada con una frase ritual: ‘Sé que usted tiene una agenda muy apretada antes de volver a México y también nosotros tenemos muchas cosas por delante’. Enseguida hizo un párrafo breve y ceñido que pareció una respuesta formal a nuestra gestión. Sería temerario intentar una cita literal, pero el sentido y el tono de sus palabras era expresar su gratitud por la gran importancia del mensaje, digno de toda la atención de su gobierno, y del cual se ocuparían de urgencia. Y a manera de final feliz, mirándome a los ojos, me coronó con un laurel personal: ‘Su misión era en efecto de la mayor importancia, y usted la ha cumplido muy bien’. Ni el pudor que me sobra ni la modestia que no tengo me han permitido abandonar esa frase a la gloria efímera de los micrófonos ocultos en los floreros.

“Salí de la Casa Blanca con la impresión cierta de que el esfuerzo y las incertidumbres de los días pasados habían valido la pena. La contrariedad de no haber entregado el mensaje al presidente en su propia mano me parecía compensada por lo que fue un cónclave más informal y operativo cuyos buenos resultados no se harían esperar. Además, conociendo las afinidades de Clinton y ‘Mack’, y la índole de su amistad desde la escuela primaria, estaba seguro de que el documento llegaría tarde o temprano a las manos del presidente en el ámbito cómplice de una sobremesa. Al término de la reunión, también la Presidencia de la República se hizo presente con un gesto gallardo: a la salida de la oficina, un ujier me entregó un sobre con las fotos de mi visita anterior tomadas seis meses antes en la Oficina Oval. De modo que mi única frustración en el camino del hotel era no haber descubierto y gozado hasta entonces el milagro de los cerezos en flor de aquella primavera espléndida.

“Apenas tuve tiempo de hacer la maleta y alcanzar el avión de las cinco de la tarde. El que me había llevado de México catorce días antes tuvo que regresar a su base con una turbina averiada, y esperamos cuatro horas en el aeropuerto hasta que hubo otro avión disponible. El que tomé de regreso a México, después de la reunión en la Casa Blanca, se retrasó en Washington una hora y media mientras reparaban el radar con los pasajeros a bordo. Antes de aterrizar en México, cinco horas después, por causa de una pista fuera de servicio. Desde que empecé a volar hace cincuenta y dos años, nunca me había sucedido nada semejante. Pero no podía ser de otro modo, para una aventura pacífica que ha de tener un sitio de privilegio en mis memorias. Mayo 13 de 1998.”

Aquí concluyó el histórico informe. (Continuará)

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