LA OPOSICIÓN CUBANA

Por Vicente P Escobal-Especial para Nuevo Acción

La palabra oposición simboliza estar en contra de algo o de alguien, un concepto habitual en el ámbito de la política. El ejercicio de la oposición política constituye uno de los pilares sobre los que se sustenta la gobernabilidad democrática. La oposición no tiene como objetivo la destrucción del Estado ni de sus instituciones: su meta es conservar un espacio en el parlamento, la prensa, las organizaciones civiles con todas las garantías legales y éticas.

A partir del triunfo de la llamada revolución cubana, todas las instituciones que servían de sustento a la democracia fueron eliminadas de forma tal que la sociedad quedó imposibilitada de participar activamente en los procesos legislativos. Se cercenaba uno de los órganos más importantes del cuerpo social.

La Constitución proclamada en 1940 – considerada una de las más avanzadas de su época – fue un formidable ejemplo de lo que sucede en una sociedad cuando el debate, la crítica y la oposición se ejercen abiertamente, en una atmosfera donde impere el respeto al contrario, al opositor.

Es bueno recordar que durante los profundos y extensos debates en el Congreso de la República se produjeron movilizaciones populares en apoyo al histórico acontecimiento, siendo la más destacada la organizada por el comunista Lázaro Peña quien a nombre de la Central de Trabajadores de Cuba expuso libremente sus argumentos en el plenario, muchos de los cuales aparecen en el texto constitucional. Igualmente participaron connotados marxistas como Juan Marinello(foto encima  de este párrafo), Salvador García Agüero y Blas Roca.

Aun rugen en los salones del Capitolio Nacional, convertido hoy en una madriguera de indignidades y traiciones, esta lapidaria sentencia: “¡Los Partidos, Fuera! ¡La Patria, Dentro!”, proclamada por el destacado estadista José Manuel Cortina ante la presencia de una turba que intentaba interrumpir los debates.

¡Qué ejemplo de entereza moral, política, cívica y patriótica nos legaron esos hombres!  Un vistazo retrospectivo nos impone una interrogante sobrecogedora: ¿Dónde fue a parar aquella muestra de rectitud en un país condenado hoy a la barbarie y la ignominia donde se han pisoteado todos los derechos?

De aquella constitución jamás podrá hablarse en pasado. Su letra y su espíritu están esperando que la antorcha de la libertad barra los últimos reductos de la intolerancia y el totalitarismo, y se instale para siempre en el corazón de una Cuba libre, democrática, prospera e independiente.

 Durante las últimas décadas en Cuba se han creado movimientos opuestos a la tiranía, integrados por profesionales, obreros, campesinos, amas de casa y en cierta medida agentes de la represiva Seguridad del Estado que llegaron a alcanzar notoriedad y fama por contar con un soporte propagandístico de colosales dimensiones y, saludable es decirlo, la ingenuidad de muchos compatriotas estimulados por la honorable ansiedad de ver libre a la Patria. No se puede ser ciego ni sordo cuando está en juego el destino de una nación. La política y el ajedrez tienen mucho en común.

¿Puede hablarse, entonces, de una oposición política en Cuba o de un grupo de valientes ciudadanos y ciudadanas conscientes de la necesidad de conquistar la libertad?

Si nos ajustamos a la raíz del término “oposición” (del latín opositio) llegamos a la conclusión de que en Cuba se ejerce el activismo ciudadano, el rechazo a una tiranía, pero no la oposición. Un activismo hostigado, marginado, criminalizado.

Muchos cubanos adversarios del régimen han hecho público su deseo de presentarse como candidatos a esa parodia de parlamento llamada Asamblea Nacional del Poder Popular y otros han diseñado proyectos y formulado peticiones para insertarse libremente en los enmarañados intersticios de la política nacional.

¿Qué los impulsa, cuáles son sus propuestas? Las lecturas de algunos textos redactados por personas presuntamente movidas por la buena fe y honorables intenciones, proponen reformas a la espuria constitución socialista, otros argumentan la necesidad del “borrón y cuenta nueva”, y hay quienes pretenden otorgar a la tiranía un diploma de buena conducta y lanzarse a una “reconciliación nacional” donde la impunidad se eclipse ante ideas edulcoradas y extravagantes.

Los inolvidables combatientes de los grupos anticastristas organizados casi desde el comienzo de la barbarie, jamás propusieron nada que coqueteara con la claudicación, nunca redactaron un documento donde preponderara la misericordia y la “reconciliación”, en ningún momento reclamaron espacios de sometimiento, mucho menos “borrón y cuenta nueva”. No se humillaron y la bestia descargó contra ellos su irracional salvajismo.

La demasiado larga pesadilla del castrismo solo podemos borrarla actuando de tal manera que nunca pueda volver a producirse en Cuba nada parecido.

¿Cuántos combatientes de la clandestinidad en las décadas de 1960 y 1970 tuvieron la oportunidad de visitar la sede de la Comisión de Derechos Humanos en Ginebra? ¿Cuántos llevaron sus denuncias al Congreso de los Estados Unidos? ¿Cuántos viajaron por el mundo exponiendo la razón de su causa? ¿Cuántos vinieron a los medios de Miami a plantear sus ideas y sus planes? ¿Dónde encontraban eco sus voluntades? En los teams de infiltración, en las lomas del Escambray, en las arenas de Bahía de Cochinos, en los grupos del clandestinaje urbano. Y lo encontraban también en los paredones de fusilamiento, en el criminal proyectil disparado por los fusiles de la bestia.

Podría argumentarse que los tiempos cambian y que las estrategias se ajustan a las tornadizas circunstancias de la historia. Si nos ceñimos a semejante argumento podríamos correr el riesgo de enterrar en el olvido a aquellos hombres de Alfa-66, MRR, CID, Abdala, Brigada 2506 y otros tantos que ya no están físicamente entre nosotros pero que su ideario transita por las verdes veredas de la Patria esclava.

En la pasada década cuestionables encuestas y no menos cuestionables encuestadores, han lanzado la leyenda de que “el exilio cubano ya no es el mismo” y que “el anticastrismo vertical e intolerante fue vencido por ideas más renovadoras”.

El cinismo y la idiotez son “virtudes” propias de la especie conocida como “animales racionales”. Pero el cinismo, junto a la estupidez, no conoce de fronteras ni de leyes ni de ética ni de límites ni de nada.

Los cubanos que hablan de independencia, de derechos humanos, los que aun desde la venerable longevidad sueñan con regresar a la tierra de donde espiritualmente nunca se fueron, no han renunciado ni por un segundo a sus sueños libertarios ni se han dejado vencer por la ignominia ni la deshonestidad.

¿Quién les ha dicho a estos señores que alguien aspiró alguna vez a que el exilio cubano no cambiara, que la inmovilidad lo inmovilizara? ¿De dónde sacan estos encuestadores de pacotilla, estos mequetrefes hacedores de chismes y propaladores de rumores, la idea de que ahora el exilio lo integran extraterrestres? ¿Dónde están los encuestados: en Villa Maristas o en el Departamento Ideológico del Comité Central del infame Partido Comunista?

Tal vez exista por ahí algún timorato enarbolando consignas y exhibiendo pancartas o, incluso, impartiendo clases en alguna universidad local, tratando de echar lodo a esas dos palabras demoledoras a la que tanto temen: EXILIO HISTÓRICO.

¿Se puede buscar un sentido a la vida más allá del honor y de la vergüenza? ¿Ante los altos valores de la ética, la dignidad y la historia se puede dar al castrismo “una oportunidad” y adjudicarle el ignominioso “borrón y cuenta nueva”? No hay diluente en el mundo capaz de borrar la sangre incrustada en los paredones de fusilamiento.

Cuando la impaciencia, e incluso la frustración ante tantas traiciones y deslealtades, intente anidar en nuestros rebeldes corazones, recordemos esta inmortal idea de Tzvetan Todorov, un destacado intelectual de nacionalidad búlgara-francesa: “La vida ha perdido contra la muerte. Pero la memoria gana en su combate contra la nada”.

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