LA OTRA CARA DE LA HISTORIA: COMPLICIDAD DE OCCIDENTE CON LA EXPANSIÓN DEL MARXISMO

INVASIONRUSAAFINLANDIA

Mapa de la invasión rusa a Finlandia

SALVADORBORREGOALCUMPLIRCIENANOSDEVIDAPor, Salvador Borrego E.- Parte del capítulo  V de “Derrota Mundial”

En el invierno de 1939, a 1940, cuando. Alemanía afrontaba la di­fícil situación creada en el Oeste debido a la declaración de guerra de Inglaterra y Francia, la URSS atacó a Finlandia para obligarla a que le cediera bases militares.

Entre los americanos hubo indignación por ese ataqué comunista y se pidió que E. U. ayudara con armas y créditos a los finlandeses, pero Roosevelt dio largas al asunto. Finlandia luchó heroicamente y al fin capituló sin haber recibido ni un dólar ni un fusil, de Churchill o de Roosevelt, que se decían enemigos de la agresión. El falso barniz de ideales que la propaganda judía había dado a la contienda no resistía ninguna prueba; meses antes presentó como inconcebible que la superioridad de fuerzas de 80 millones de alemanes entrara en con­flicto con 40 millones de polacos.

¿No era más indignante la despro­porción de 200 millones de soviéticos contra tres y medio millones de finlandeses?

Una vez más quedaba claro que en la lucha contra Alemania no se estaba defendiendo a los países débiles.

Cuando el Ejército Rojo sojuzgó a Georgia, Azerbaiján, Armenia, Kaskastán, Uzbekistán, Turk­menia, Tadjikia y Kirghisia, los estadistas occidentales guardaron si­lencio. Cuando más tarde el Ejército Rojo atacó a Polonia por la es­palda, y ocupó la mitad del país, Churchill y Roosevelt no le hicieron la menor recriminación. Y lo mismo ocurrió, por último, durante el ataque soviético contra Finlandia.

Meses más tarde, el 16 de junió de 1940, la mayor parte del ejér­cito alemán se hallaba empeñado en la campaña de Francia. La URSS aprovechó entonces la ocasión para invadir otros tres pequeños paí­ses: Estonia, Letonia y Lituania. ¿Dónde estaban, otra vez, los que decían combatir por el derecho y la libertad de los débiles? Acerca de esas invasiones, Churchill escribe en sus memorias: “Ru­sia avanzó sobre los inermes estados de Estonia, Letonia y Li­tuania. Una feroz liquidación de todos los elementos anticomu­nistas y antirrusos fue llevada a cabo empleándose los métodos acostumbrados.”

Gran número de personas que durante veinte años habían vivido disfrutando libremente de su tierra natal, y que habían representado la mayoría dominante de su pueblo desapareció para siempre…. El 19 de junio llegó Zhadanov a Tallin para ins­talar un régimen similar al de los otros Estados. El 5 y 6 de agosto se barrió hasta con la ficción de los gobiernos llamados democrá­ticos y amigos de los soviéticos, y el Kremlin declaró que los Es­tados del Báltico quedaban anexados a la Unión Soviética”. Esa feroz liquidación del anticomunismo en Estonia, Letonia y Li­tuania, “según los métodos acostumbrados” —como dice Churchill— recibe en la URSS el nombre de “ingeniería social”.

El periodista norteamericano William L. White dice sobre el particular: (I) “Los comunistas reconocen que en las regiones recientemente ocu­padas, muchos individuos no se pueden adaptar al sistema so­viético; tales provincias constituyen un problema de “ingeniería social”. Tardan en adaptarse los que han obtenido cierto éxito bajo el régimen anterior. La lista negra incluye gobernadores, miembros del Parlamento, empleados municipales, policías, gran­des propietarios, etc. Los soviéticos infieren que el hecho de que esta gente haya servido al régimen anterior la hace innecesaria para el nuevo. En consecuencia, los arresta y deporta a campos de trabajo”.

El general republicano español Valentín González (2) añade: “A los depurados de Estonia se les despojó de todo y se les envió a las regiones polares y a Siberia; a los de Lituania, a Arcángel, donde el frío llega a veces a 60° y 70° bajo cero. El tratamiento peor fue infligido a los rusos blancos… Así fueron trasladados de un extremo a otro de la inmensa Rusia muchos millones de seres humanos”.

(1) Mi Informe Sobre los Rusos.—William L. White.
(2) La Vida y la Muerte en la URSS.—Valentín González.

En vez de hacer la más ligera reprobación por la crueldad con que cuatro países débiles acababan de ser atacadas por la URSS y tres de ellos aniquilados, Churchill le dirigió el 25 de junio de 1940 una carta personal a Stalin para estrechar más sus “relaciones confidenciales”, según dice en sus Memorias.

Al día siguiente Stalin movilizó tropas hacia la frontera de otra pe­queña nación vecina, Rumanía, y le envió un ultimátum exigiéndole la entrega de la provincia rumana de Besarabia y parte de Bucovina. Los rumanos no tuvieron más remedio que ceder y replegarse a la parte del territorio que les restaba.

Todo esto ocurrió mientras los alemanes luchaban en Francia, muy lejos de la frontera soviética. Pero en cuanto los franceses capitularon, el ejército alemán viró hacia el Oriente, acudió a reforzar a Rumania para que los soviéticos no penetraran más y comenzó a preparar las bases desde las cuales atacaría al Ejército Rojo. Entre tanto, la pro­paganda judía seguía hablando de la invasión alemana de Inglaterra, y tal embuste no tenía más objeto que azuzar a los pueblos occiden­tales —haciéndoles creer que se hallaban en peligro— para que no aceptaran la amistad que Hitler les ofrecía y permitieran así que todos los efectivos alemanes se lanzaran contra la URSS.

Por este tiempo Churchill planeó su acción “Catalina” para forzar el paso de la flota por el Báltico y “extender a Rusia la mano en forma que probablemente ejercería un efecto decisivo”, según dijo. Y a pro­pósito del último atropello bolchevique contra Rumania, escribió Roosevelt: “Es posible que Rusia prive a Rumania de Besarabia, pero esto no tiene que estar necesariamente, en conflicto con nuestros in­tereses principales, que consisten en contener el movimiento ale­mán hacia el oriente”, o sea hacia Rusia (Memorias de Churchill). Para entonces (verano de 1940) el Kremlin ya había concentrado cerca de Alemania 153 divisiones (2.295,000 combatientes), o sea 88 divisiones más que las que tenía allí antes de la ofensiva alemana en Francia. Después de ese significativo movimiento, el Ministro Molotov se trasladó a Berlín el 12 de noviembre (1940) y pidió manos li­bres para reanudar el ataque contra Finlandia, para incorporar a Bul­garia a su zona de influencia y para exigirle a Turquía bases en los Dardanelos. Hitler contestó negativamente las tres peticiones, Molotov regresó desairado a Moscú y en Berlín se activó el trazado del Plan Barbarroja para la invasión de la URSS.

Desde ese momento ya no cabía**duda sobre el inminente choque germano-soviético. La actitud de Hitler, que en tan decisiva ocasión actuó conforme a los intereses de toda Europa, contrastaba por cier­to con la diplomacia de Churchill y Roosevelt, que precisamente en esos días daban al Kremlin manos libres sobre Rumania y Bulgaria, sin prejuicio de gestionar asimismo (por otra parte) que estos países lu­charan contra Alemania.

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