LA PERCEPCIÓN DEL EMBARGO

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Bruno Rodríguez Parrilla feliz gracias a la nueva contribución de Obama a la mojiganga destinada a salvar a la tiranía castrista.

JORGERIOPEDREPor, Jorge Riopedre
Conocedores del proceso cubano han advertido hasta el cansancio que poner fin al embargo a Cuba podría ser interpretado como una señal de debilidad de la política exterior estadounidense. Así lo entendió Sadam Hussein, por ejemplo, cuando pensó en 1990 que le habían dado luz verde para invadir Kuwait. Algo parecido podría suceder en otras sociedades aupadas por el odio al vecino del Norte, si llegaran a la conclusión de que las sanciones norteamericanas son letra muerta.

Entonces, los aspirantes a confiscar, expropiar o nacionalizar propiedades estadounidenses en cualquier lugar del planeta interpretarán la letra diminuta del mensaje como que el comandante en jefe de este país ha levantado la veda de la extorsión, humillación, denigración de sus ciudadanos, sus leyes e instituciones.

Si al asaltante devenido en patriota le faltara imaginación o inexperiencia en el saqueo no tiene más que seguir las instrucciones del modelo cubano, la fórmula iraní o la artimaña chavista. Eso sí, se requiere paciencia, una maquinaria mediática bien engrasada y un foro integrado por cuanto canalla comparta su proyecto. No hay fallo: en cuanto pasen unos años algún activista aposentado en el Distrito de Columbia le condonará la deuda, eximirá de toda culpa (como a la guerrilla colombiana), e incluso le rescatará de sus nuevos aprietos económicos; porque para entonces, usted habrá dilapidado el botín, su país se hallará en ruinas, escasearán los alimentos y el papel higiénico y lo acusarán de moroso por no pagar las deudas.

De tal desenlace da fe el Canciller de Cuba, Bruno Rodríguez. Había que ver la felicidad retratada en su rostro por la abstención de Estados Unidos en la resolución votada anualmente por la Asamblea General de la ONU que pide el fin del embargo estadounidense, pero se lamentó de que el llamado bloqueo siga en pie. La astuta coletilla de siempre para seguir pidiendo y repartiendo culpas.

Como es bien sabido, hay embargo para rato porque se trata de una ley no de un decreto presidencial. Fue el congresista republicano Lincoln Díaz-Balart el que se percató de la necesidad de codificar las sanciones, sacar la decisión de las prerrogativas del poder ejecutivo y depositar la permanencia o derogación de la legislación en manos del Congreso. Así y todo, el ejecutivo se las ha agenciado para desmantelar el embargo hasta dejarlo en el hueso.

Al embargo ya casi no le quedan garras ni dientes, le sobra muy poco de su sanción económica original, pero aumenta cada vez más su importancia mediática: otra ansiada victoria política gratuita a la familia innombrable, obsequio de una política exterior estadounidense comprometida con la libertad pero condescendiente a veces con el relativismo que niega la democracia o selectiva en el ardor con que defiende los derechos humanos. Eso le abre la puerta a la ofuscación y la incertidumbre.

Lejos de haber obtenido una victoria rotunda con relación al embargo, La Habana ha maniobrado para que la percepción de los acontecimientos supere la realidad de los hechos. Herbert Matthews bajó de la Sierra Maestra con la impresión de que Fidel Castro contaba con una notable fuerza guerrillera, cuando los hombres que daban vueltas a su alrededor eran los mismo de la vez anterior, temprano ejercicio en la maestría del engaño.

Ya saben lo que deben hacer los cuatreros modernos disfrazados de marxistas: asalten la diligencia cuanto antes, carguen con todo lo que encuentren de valor, visiten el Vaticano sin demora y finalmente lleven su caso ante la ONU. Pero más vale que se apuren, no vaya a ser que el vaquero se despierte y les pase la cuenta

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