LA REVOLUCIÓN DE FRANCISCO NO PERDONA TAMPOCO A LA VÍRGEN. ASÍ ES COMO ÉL QUIERE QUE SEA

Por, Sandro Magister de L’Espresso

En el octavo día después de Navidad, cuando Jesús fue circuncidado y le fue impuesto el nombre que dictó el ángel, la Iglesia celebra la fiesta de María Santísima Madre de Dios. Pero, ¿quién es María en la devoción y en la predicación del papa Francisco? Una de sus recientes homilías ha causado estupor por el modo cómo ha rediseñado el perfil de la madre de Jesús.

Pietro De Marco nos ha enviado este análisis de la homilía papal. El autor, anteriormente docente de sociología de la religión en la Universidad de Florencia y en la Facultad Teológica de Italia central, filósofo e historiador por formación, es conocido y apreciado por los lectores de Settimo Cielo desde hace años.

“NO NOS PERDAMOS EN TONTERAS”. LOS DOGMAS MARIANOS SEGÚN EL PAPA FRANCISCO

por Pietro De Marco

En pocos días hemos tenido conocimiento tanto de la noticia de que el comentario a la fiesta de la Inmaculada para los fieles de la archidiócesis de Milán había sido encomendado a dos pastores baptistas, marido y mujer, como de la sorprendente homilía del papa Francisco sobre María durante la misa en San Pedro, en el día de la festividad de la Virgen de Guadalupe.

Si bien Francisco no ha emulado el estilo protestante en la cuestión mariológica, ha querido, sin embargo, dar a conocer, con todo su fervor, un juicio restrictivo personal sobre los dogmas marianos, y negativo en lo que respeta al título de corredentora, tema que es objeto de reflexión teológica desde hace siglos. “No nos perdamos en tonteras”, en tonterías, –“in chiacchiere” [«en habladurías»], en la traducción oficial al italiano–, ha dicho a propósito de las investigaciones que, desde hace siglos, llevan a cabo la teología y la espiritualidad marianas.

¿Qué ha querido afirmar el papa en esta homilía? Ante todo, que María es mujer. Y como mujer es portadora de un mensaje, es señora, es discípula. “Es así de simple. Ella no pretende otra cosa”. Los otros títulos, por ejemplo, los del himno “Akathistos”, o las letanías lauretanas, y los títulos milenarios de alabanza a María, “no añaden nada” según Francisco. Ahora bien, esto en sí ya es un error. María nunca ha sido “la mujer”, una homología peligrosa con la variedad de cultos femeninos mediterráneos y de Medio Oriente. Ni tampoco ha sido lo femenino en cuanto tal, en una de sus múltiples versiones románticas o decadentistas, por mucho asombro que pueda causar el culto que generaciones de artistas tuvieron por la Virgen de Dresde de Rafael. María tampoco es la mujer de las revoluciones femeninas contemporáneas, cuyas facciones católicas aborrecen los iconos de la maternidad de María. No es Señora, “domina”, en la medida en que es “mujer” o madre. Es “domina” en la medida en que esa maternidad, la maternidad divina, le da realeza. La humilde esclava de Lucas 1, 38 es la virgen madre de Dios, definida así, ante todo, por las tradiciones cristianas a lo largo de los siglos, y no puede ser sustituida por figuras sagradas de la Madre Tierra o el principio femenino.

El lector puede observar que el apelativo de virgen no aparece ni una sola vez en la homilía de Jorge Mario Bergoglio, mientras que el “Nican mopohua” (“Aquí se relata”, de 1556 aproximadamente) que él cita, el relato en lengua nahuatl de la aparición de María a Juan Diego, lo explicita en el testimonio de Juan Bernardino, el tío de Juanito: la imagen milagrosa deberá ser designada como “la perfecta Virgen Santa María de Guadalupe”. Y aparece, claramente, en otros pasajes de ese texto; por ejemplo, en la invocación: ”Noble reina de los cielos, siempre virgen, madre de Dios”.

Además, el apelativo de “señora” no es una fórmula genérica como parece creer el papa, sino que es un título elevado, de soberanía, como el “déspoina” bizantino. El uso absoluto de “nuestra señora” (el italiano antiguo “nostra donna” está calcado de “nostra domina”) demuestra que “domina” es un título real, equivalente a reina: “Salve regina”. Así, y siguiendo el modelo de Ester, María es “domina”, “patrona”, “advocata nostra”. Cuando también Ignacio de Loyola, citado en la homilía, llama a María “nuestra señora”, utiliza una expresión antigua y siempre presente entre los cristianos a partir, parece ser, del ”emè kyría”, mi soberana, de Orígenes, expresión análoga a “déspoina”.

Por tanto, una simple reflexión sobre “domina”, “señora”, etc., anula las tesis minimalistas de la homilía. De hecho, es evidente que este tipo de intervenciones papales tiene como objetivo degradar la gran mariología occidental y oriental en favor de una imagen horizontal de María, idónea más bien para dignificar la cotidianidad de la mujer contemporánea.

¿Entonces María es una madre que se hizo “discípula” de Jesús, su hijo? Para que el apelativo de “discípula”, raro en la tradición, no quede reducido a una obviedad con tintes pastorales, debe por lo menos tener el significado que le dio Máximo el Confesor: “La santa Madre se convirtió en discípula de su dulce Hijo, verdadera Madre de la sabiduría e hija de la Sabiduría, porque ya no Le miraba de manera humana o como simple hombre, sino que Le servía con respeto como Dios y acogía Sus palabras como palabras de Dios”.

El binomio papal mujer-discípula, si es declinado en la espiritualidad de lo cotidiano y la exégesis sociológica, resulta entonces ajeno al orden de la divina revelación y deja entrever en el imaginario del papa a ese Jesús itinerante con su séquito, mujeres incluidas, tan querido por los exegetas y los escritores desconocedores de la cristología; un Jesús separado del conjunto de la historia teológica y sacramental de la Iglesia. La madre-discípula de la homilía recuerda demasiado a la madre de una película reciente cuya protagonista es María Magdalena, uno de los productos resultado del “movimiento de Jesús”, cuyos partidarios teosociológicos pueden presumir de ser los guionistas gratuitos.

Una María que ha sido despojada del dogma para ser “prototipo” de lo femenino proyecta, también, esta misma banal simplificación en una Iglesia que se quiere cada vez más «femenina». Todo vale para ir contra el dogma. Esto ha sucedido durante siglos, pero nunca, hasta hoy, desde la cátedra de Roma.

El tono combativo de la homilía (“no pretenden”, “no tocaba”, “tocaban para nada”, “jamas quiso”, etc.) está, por lo tanto, mal fundamentado y mal dirigido. De ella emerge una especie de clara indiferencia teológica, además de un ultraje a la Iglesia de siempre, para poder tener, en práctica, las manos libres y, así, establecer alianzas con la opinión pública progresista mundial.

A esta actitud, buena para engañar a los simples, pertenece también el curioso argumento papal según el cual la Virgen nunca quiso quitarle nada al Hijo (“tomar algo de su Hijo”, o: “No robó para sí nada de su Hijo”). Es decir, fuera la corredención, porque sería un hurto; y también fuera casi toda la teología mariana. Cualquier tratado mariológico presenta, además de la maternidad y, en virtud de esta, la concepción inmaculada de María, su “immunitas” del pecado y los otros “privilegia”, incluyendo la gloria asunción al cielo. La teología clásica afirma que la Virgen es, objetiva y ontológicamente, mediadora de todas las gracias, partícipe de los méritos de Cristo “in quantum universo mundo dedit Redemptorem”, puesto que ella dio el Redentor al mundo.

La unión “sui generis” a la carne redentora del Hijo hace que María esté necesariamente dentro del orden de la acción y la gracia redentora: “omnium gratiarum mediatrix”. De la mediación redentora a la corredención hay sólo un paso, y muchos teólogos marianos lo han dado. Su ser madre de Dios eleva a María a este nivel “de congruo”, como expresa el lenguaje teológico: es decir, no por su naturaleza ni porque ella sea “immediate co-operans”: sólo Cristo actúa “immediate”, sólo el Hijo es redentor “de condigno” como consecuencia debida y  justa de su sacrificio. En el magnífico pasaje de san Anselmo atribuido hoy a Eadmer de Canterbury (“De excellentia Virginis”, 11), a menudo citado por los dogmáticos, y en la encíclica “Ad caeli Reginam” de Pío XII, podemos leer: “Así como… Dios, al crear todas las cosas con su poder, es Padre y Señor de todo, así María, al reparar con sus méritos las cosas todas, es Madre y Señor de todo”. En otro pasaje, María es, según Eadmer, “nutrix Reparatoris totius substantiae meae”, la que ha nutrido, ha tomado sobre sí, el Regenerador de todo mi ser.

La “esclava del Señor por excelencia”, la “discípula”, o es todo lo que sus “privilegia” de madre de Dios declaran, o es poca cosa, como ya lo es en las tradiciones protestantes, y como es cada vez más en la predicación católica. Una parte considerable de la espiritualidad cristiana ha vivido y vive de la gran cantidad de riquezas teológicas que María ha merecido y ha atraído sobre sí. Estas riquezas no se conservarán con una mariología de tipo populista, y mucho menos sustituyéndolas. Que, además, se puedan degradar los “privilegia” de la madre de Dios, tal como descienden teológicamente de su estatus de criatura eminente y única, transmitiendo a los fieles la sospecha ridícula de que en María esos «privilegia» serían hurtos, o ambiciones indignas de una madre-discípula, es un dislate. Esta y otras locuras de la homilía implican realmente, en  profundidad, que el papa niega todo el significado y valor del trabajo teológico cristiano desde los orígenes. Y que desprecia el maravilloso alimento que la teología proporciona al culto, a las tradiciones, a las espiritualidades vivas, al mismo tiempo que ignora la santidad de su depósito en la tradición de la Iglesia. ¿Y para qué? ¿Para proponer una revelación cristiana sin misterio, sin transcendencia, sin gloria, sin divino-humanidad, como en las iglesias reformadas?

“Cecidere manus”, es decir, se cae el alma a los pies ante tanta impertinencia y malicia; esa malicia restrictiva de los teólogos innovadores que estaba ya presente en el Concilio Vaticano II, apenas desenmascarada. Si, además, para los hombres del papa –no oso decir para él– es válido el “esto no puedo creerlo” del obispo y teólogo liberal anglicano John A.T. Robinson, que lo digan. Y que busquen amparo, si los acogen, en el protestantismo residual. Me reservo la posibilidad de volver sobre la cuestión de la protestantización en curso. Basta recordar que la ambición protestante de cristianizar la secularización, tras haber contribuido a ella, ha fracasado, aplastando a las iglesias reformadas.

Ahora me gustaría abordar la cuestión del “mestizaje” cristológico con la que Francisco termina su homilía del 12 de diciembre, inmediatamente convertida en objetivo por parte de comentaristas severos como Maria GuariniRoberto de Mattei y otros del ámbito “tradicional”. ¿Acaso se puede encontrar en otro lugar de la Iglesia el mismo valor y cuidado de la fe?

Recuerdo que “mestizaje” es el equivalente español a la categoría general de mezcla interracial o interétnica, mientras que con el término “mestizos” se indica a las personas nacidas de la mezcla de españoles e indios. En la imagen milagrosa en el ayate de Juan Diego, la Virgen de Guadalupe es “morenita”; muchos hemos podido contemplarla en el cerro de Tepeyac. Esto le sugiere a Bergoglio un desarrollo brillante que, sin embargo, acaba en otra metedura de pata.

Dice el papa que María “se mestizó para ser Madre de todos. […] ¿Por que? Porque ella mestizó a Dios”. De hecho, prosigue la homilía, este es el gran misterio: “María mestiza a Dios, verdadero Dios y verdadero hombre, en su Hijo”. Qué significa esto realmente, nos gustaría que nos lo explicaran.

No me atrevo a pensar -como, legítimamente, han hecho otros– que Francisco con esto quiera decir que María ha mestizado a Dios; es decir, que en su seno haya mezclado la naturaleza divina y humana, mediando en sí misma lo divino con la carne humana, de la que sólo sería madre, porque este sería uno de los errores del siglo IV-V contra el que combatió Cirilo de Alejandría.

Suponemos, más bien, que el papa quiere decir que en el ser hijo de María, es decir, en el ser generado de una mujer, el Cristo eterno habría sido mestizado como ella “se mestizó” –siguen siendo palabras del papa– para ser madre de todos los hombres. Entonces, este “mestizar” es un recurso oratorio, una teología de la situación para la gran fiesta de la nación mexicana en la basílica de San Pedro. Es sólo un modo sugestivo de subrayar el hecho de que Dios se hizo hombre, mezclándose metafóricamente, como hombre, con la humanidad. Sin embargo, ¿puede quedar reducido el inmenso tema cristológico del “Dios con nosotros” de Cirilo a un ejemplo del “convivid y mezclaos”?

O este “mestizaje“ lleva en sí, de verdad, algo más: la idea de que en María, Dios mismo haya sido mestizado, en contra de las definiciones de los Concilios antiguos, necesarias para salvar la verdad y la riqueza de la fe; y en contra, también, del Credo y lo que proclamamos en la liturgia. Me inclino por la versión ligera, aunque muy imprudente. Es bien cierto que nadie puede ya fiarse del papa porque, en lugar de “confirmare fratres suos”, “infirmat” día tras día la fe de sus hermanos.

De hecho, la idea de la “Theotokos” que mestiza a Dios no es menos insensata que la de los cónyuges baptistas de Milán, que honran a María porque “acogió” un embarazo irregular, fuera de la norma, el “más irregular” de los embarazos, y acogió “a ese extranjero que venía de Dios mismo, ¡y sin permiso de residencia!”. Tal vez el fantasioso teologúmeno de Cristo migrante en la miseria de la “kenosis” (se supone) hasta la hospitalidad en la Virgen pretende ser, con el repudio a las “tonteras” dogmáticas por parte de Francisco para una mariología “de la puerta de al lado”, la nueva frontera del anuncio cristiano.

A esto hay que oponer que la misma afirmación de que la “esencialidad” de María es su ser mujer y madre es una traición a la mariología milenaria. De hecho, una maternidad de María que no incluya de manera explícita, para la conciencia teológica y la vida espiritual, también la realidad y la potencia de la participación de la Madre a la carne redentora, proyecta en la misma obra del Hijo sombras llenas de relativismo. La banalización de María, reducida de la “omnium gratiarum mediatrix” a la subjetividad virtuosa de un “ecce” y un “fiat” y un discipulado totalmente humano, hiere simétricamente a la cristología, no sólo en la dimensión fundamental de la redención y la gracia, sino también en el núcleo dogmático de las mismas prerrogativas sobrenaturales de Cristo. ¿Es este el precio que hay que pagar en aras de la “nueva evangelización”? ¿En qué es esto una buena noticia?

Los argumentos de Francisco, expresados en esa especie de submagisterio subjetivo que él lleva a cabo “in persona papae” pero “quasi papa non esset”, como papa pero como si no lo fuera, como si no existiera una responsabilidad petrina, son un daño seguro para la Iglesia. Y creo que ha llegado el momento de no tolerar más esta distonía.

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