LA VERDAD SOBRE LENIN: EL TERROR ROJO

Por, Laureano Benítez Grande-Caballero.

Inmersos en el estruendoso fragor de la batalla de Cataluña, abducidos por el espectáculo bananero del golpismo catalán, ha pasado casi desapercibida en los medios de conversación el centenario de la revolución bolchevique, efeméride que tuvo lugar los pasados 7 y 8 de noviembre.

De golpismos va el asunto, ya que el triunfo comunista fue perpetrado por una banda de golpistas judeomasones, capitaneada por el ínclito Lenin, genocida de las estepas, terror de las taigas, empalador de proletarios, Leviatán rojo surgido de las cavernas del Tártaro, Rasputín de los infiernos, cuya mirada reptiliana embaucó a aborregadas multitudes, a las que, en vez de conducirlas mesiánicamente hacia la Tierra Prometida de las famélicas legiones, guió inmisericorde hacia la desolación siberiana, hacia lóbregas ckekas, hacia los gulags del horror, hacia apocalípticas guerras y hambrunas, cuyo conjunto ―rematado después por el monstruoso Stalin― constituye el holocausto más pérfido de la historia.

Como es natural, los Turriones y otros militantes de la patulea marxistoide que han pululado puño en alto por esos mundos de Dios en estos 100 años tienen al carnicero mongol en su Olimpo Rojo, reverenciándole casi como un dios de las mesnadas trabajadoras.

Hace poco, el líder coletudo ―vaya contraste con el calvo de las estepas―, en una conferencia en el Círculo de Bellas Artes con el título «Tiempos salvajes. A cien años de la Revolución soviética», elogiaba «la capacidad de Vladímir Lenin de convertir lo imposible en real», ensalzando el «genio bolchevique», que ha definido como «la llave política para abrir las puertas de la historia», elaborando «una ciencia política para los de abajo más potente que la de los de arriba».

Resulta sumamente curioso que, mientras la ominosa figura del salvaje dictador Stalin está ya más que amortizada, pues es un hecho sobradamente conocido por todo el mundo la horrible carnicería que perpetró ―entre 20 y 40 millones de víctimas―, Lenin, el que inauguró y justificó argumentalmente la hecatombe represora del comunismo, sigue gozando de un reconocimiento cuasi-religioso, hasta el punto de que su momia en el mausoleo de la plaza roja de Moscú sigue gozando de amplio reconocimiento.

Sin embargo, cada vez es más imparable la corriente historiográfica que destapa Las vergüenzas del tiránico bolchevique. Para empezar, es ya un hecho conocido que los revolucionarios que protagonizaron el golpe de estado comunista entre octubre y noviembre de 1917 estaban financiados por la banca judía de Wall Street, con los Rotschild a la cabeza, quienes habían financiado a Marx para que escribiera el «Manifiesto Comunista», claramente inspirado en la ideología illuminati de Adam Weishaupt ―otro mantenido por los Rothschild―, la cual pasaría posteriormente a constituir el fundamento argumental de los «Protocolos de los Sabios de Sión», el verdadero manifiesto de un Nuevo Orden Mundial.

En efecto, la revolución comunista tenía como objetivo primordial arrasar la Rusia zarista, el mayor imperio cristiano del mundo, para lo cual implantó en aquel vasto territorio un programa revolucionario absolutamente calcado de la ideología illuminati, que perseguía una república deísta de dimensiones verdaderamente globales, aunque produjera una violenta revolución mundial y ríos de sangre. Su «dictadura benevolente» ―anticipo de la que nos espera con el futuro Gobierno Mundial― tenía seis puntos principales, que trataban de la abolición de los gobiernos ordenados y nacionalistas en forma de monarquía, la propiedad privada, el patriotismo de causa nacionalista, el orden social de la familia, los códigos morales, y todas las disciplinas religiosas basadas en la fe en un dios vivo, que se opusieran a la fe en la naturaleza, el hombre y la razón.

Aquí tenemos al NOM puro y duro, que se ensayó en Rusia a partir de 1917, como avanzadilla de la que nos espera en un futuro no muy lejano. Obsérvese el tremendo parecido de estas ideas con las que pugnan las izquierdas, especialmente las populistas.

Lenin y Stalin.

Ya en un temprano 1920, el Papa Benedicto XV describía con extrema lucidez y clarividencia el verdadero alcance de la subversión bolchevique: «El advenimiento de una República Universal, anhelada por todos los peores elementos del desorden, Esperado por ellos, es una idea que está madura para la ejecución. De esta república, basada en los principios de la igualdad absoluta de los hombres y de la comunidad de las posesiones, se desterrarían todas las distinciones nacionales, ni la autoridad de un padre sobre sus hijos ni del poder público sobre los ciudadanos o de Dios Sobre la sociedad humana, sea más reconocido. Si se ponen en práctica estas ideas, inevitablemente seguirá un reinado de terror inaudito».

Terror inaudito que pasó a la historiografía bajo en nombre de «terror rojo», que tuvo lugar entre 1918 y 1922, y donde el color púrpura revolucionario se lo proporcionaba ―además de sangre vertida a torrentes― la estrella roja de cinco puntas, curiosa y sospechosamente parecida al «escudo rojo» que traduce el nombre «Rotschild».

En efecto, después de los dos alevosos golpes de estado perpetrados por la minoritaria facción bolchevique capitaneada por Lenin, en la segunda mitad del año 1918 se desencadenó una horrible persecución que sembró Rusia de cadáveres.

Asesinados por la Cheka de Kiev, Ucrania, en 1919.

En la praxis revolucionaria bolchevique, se justificaba que el terror Rojo era imprescindible para eliminar a las «clases dirigentes», y a los contrarrevolucionarios, a los que acusaban de implantar el «Terror Blanco». Sin embargo, en la ideología bolchevique el terror es un instrumento revolucionario indispensable en la implantación de la dictadura del proletariado, a la cual es intrínseco. Ya el mismo Marx afirmaba que «Sólo hay una manera de acortar y facilitar las convulsiones de la vieja sociedad y los sangrientos dolores de parto del nuevo: el terror revolucionario».

Ya desde un comienzo Kámenev y sus seguidores advirtieron a los bolcheviques que el terror sería necesario para gobernar después de la toma golpista del poder por Lenin, y su rechazo a la democracia, pues siendo una minoría, estuvieron obligados a implementar el terror para acallar los críticos, y para dominar totalmente a un pueblo que no podían controlar por otros medios.

En septiembre de 1918, cuando empezó a desencadenarse el terror, el líder Grigori Zinoviev afirmaba que «Para superar a nuestros enemigos, debemos tener nuestro militarismo socialista propio. Tenemos que llevar con nosotros 90 de los 100 millones de habitantes de la Rusia soviética. En cuanto al resto, no tenemos nada que decirles. Deben ser aniquilados».

En esta misma línea, Lenin escribía a Fiodorov el 8 de agosto para convencerle de la inexcusable necesidad del terror de masas para «construir el orden revolucionario». Sirviéndose como excusa del intento de asesinato contra él perpetrado el 30 agosto de 1918, dictó: «Es necesario, secretamente y urgentemente preparar el terror».

Nada más triunfar el segundo golpe, se modificó el Código Penal, con la finalidad de introducir la figura del «enemigo del pueblo», es decir: «todos los individuos sospechosos de sabotaje, especulación, oportunismo…» que podrían ser detenidos inmediatamente y puestos a disposición de la nueva Policía política, no de los jueces.

Gulag soviético.

El Partido Constitucional Demócrata (KD) fue ilegalizado en diciembre y arrestados sus principales dirigentes. Sin embargo, la principal fuerza política en Rusia seguían siendo los Socialistas Revolucionarios (SR), los cuales se oponían a los brutales métodos de control social que pretendía imponer Lenin.

Claro está que la Guardia Roja no tardó en detener a los principales dirigentes del SR, bajo la irónica acusación de ser enemigos del pueblo, cuando eran los que más apoyo popular tenían entre los trabajadores.

La campaña terrorista se inauguró oficialmente como represalia por el asesinato del líder de la checa de Petrogrado, Moisés Uritski, tras el cual fueron ejecutados inmediatamente 500 «representantes de las clases derrocadas».

El 3 septiembre de 1918 se publicó en «Izvestia» el primer anuncio oficial del terror rojo, titulado «llamamiento a la clase obrera»: «Aplastad la hidra de la contrarrevolución con el terror masivo. Cualquiera que se atreva a difundir el rumor más leve contra el régimen soviético será detenido de inmediato y enviado a un campo de concentración». A esta proclama siguió, el 5 septiembre, el Decreto Acerca del Terror Rojo, publicado por la Cheka.

En los primeros meses hubo entre 10.000 y 15.000 víctimas ―el triple de las ejecuciones cometidas por el zarismo en el último siglo―, a lo que hay que añadir, según el comunista húngaro Bela Kun, la ejecución ―con la aprobación de Lenin― de 50.000 prisioneros de guerra «blancos» a finales de 1920.

Como consecuencia de la guerra civil y la implacable política represora, en 1922 se construían los primeros campos de concentración, que muy pronto albergaron una cifra cercana al millón de presos. Habían nacido los terribles «gulags».

Pero lo peor estaba por llegar, pues Lenin perpetró un holocausto solamente superado la historia por su siniestro sucesor: Stalin.

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