LAS CANCIONES PEGAJOSAS

por Esteban Fernández

Nunca en mi vida yo me he aprendido una canción, sin embargo, increíblemente mientras menos me ha gustado una canción más se me han pegado eternamente en mi mente algunos de sus párrafos.

La primera fue -siendo yo un muchachito- cuando el dueño del Bar Residencial al frente de mi casa, llamado Juan Rodríguez, ponía mañana tarde y noche en el traganikel la canción “El hombre marinero no se debe casar porque al zarpar el barco lo pueden engañar”. Llegué a detestar la cancioncita, pero todavía a estas alturas a veces regresa el estribillo mi memoria.

Nada molestaba más a mi mamá que cuando yo la cogí por cantar: “Yo soy el huerfanito, yo no tengo madre, yo no tengo padre yo no tengo nadie que me quiera a mí”. Esa mierda de canción nunca la he olvidado.

De pronto se apareció en Cuba el “Niño de Utrera” y logró con otra pedante canción incrustarse en mi cerebro: “¿Mi apellido? Tú estás loca, recapacita mujer, ¡tú eres Vargas la gitana y yo soy un gran Marqués, sangre roja y sangre azul eso nunca puede ser!

¡Cuántas veces yo he repetido en mi vida aquello que puso de moda Pacho Alonso de “Que me digan feo si la dicha del que no es bonito todos la desean!

Otro parrafito que me ha perseguido toda una vida es: “En tronco del árbol una niña grabó su nombre henchida de placer…”

“Río Manzanares déjame pasar que mi madre enferma me mandó a llamar” cantada por Rolando Laserie no me gustaba para nada, pero se me pegó para siempre.

Yo creo más de 100 veces, cuando menos los espero, yo comienzo a entonar: “Si vas a Calatayud pregunta por la Dolores que es una chica muy guapa y amiga de hacer favores”.

Y sin olvidar jamás el estribillo que mi Auténtico padre intentó con un cincel meterlo en mi cabeza y al final logró que lo repitiera mil veces: “A ver Estebita canta: Ahí viene la aplanadora con Prío alante  y el pueblo atrás”.

De la misma forma que yo le inculqué a mis hijas la canción de Roberto Torres: “Yo soy güinero, La Viña, la Esquina de Tejas, la Dulcería Quintero”.

Y ahora comienza la matraquilla escuchando, repitiendo y tarareando “Feliz Navidad” de José Feliciano que me dura tres meses en mi cerebro.

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