LAS FASES DEL CASTRISMO Y LA REPRESIÓN

Arriba: Campo de concentración de la UMAP

Por Vicente P. Escobal-Especial para Nuevo Acción

Entre el 14 y el 24 de octubre de 1962, efectivos de la policía detuvieron en un céntrico barrio de La Habana alrededor de 800 jóvenes y adolescentes de ambos sexos. El operativo se desarrolló como parte de una gigantesca ola de detenciones masivas dirigida nacionalmente contra personas cuyo comportamiento social se desviaba de los patrones ideológicos impuestos por el régimen bajo la meta de crear «el hombre nuevo».

Muchos de los detenidos fueron enviados a las tristemente célebres Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP), auténticos campos de trabajo forzado muy similares a los que operaban en la Unión Soviética y que aún persisten en Corea del Norte.

Los arrestos se produjeron tomando en cuenta la forma de vestir y de llevar el cabello, pues según los encargados de velar por «la pureza de la juventud cubana» tanto el vestuario como el peinado revelan su carácter.  Un chico melenudo y con los pantalones ceñidos al cuerpo se convertía de hecho en un potencial enemigo de la revolución, y una chica con excesivo maquillaje en su rostro era interpretada como una prostituta.  Escuchar la música de los Beatles u otros cantantes censurados se consideraba una grave desviación cultural. Repudiar las obras de Lenin, Marx o Engels un profundo trastorno filosófico.

Se renovaban, doscientos años después, las prédicas de Maximilien Robespierre, destacado líder   de la Revolución francesa y del Comité de Salvación Pública que gobernó durante el llamado Reinado del Terror.  En su libro «Teoría del gobierno revolucionario», Robespierre formuló esta sorprendente teoría: «El gobierno revolucionario debe a los buenos ciudadanos toda la protección nacional; a los enemigos del pueblo no les debe sino la muerte».

Las detenciones masivas entre el 14 y el 24 de octubre de 1962, y otras realizadas a lo largo de los años subsiguientes, muestran que es imposible divorciar las actuaciones policiales de los castristas de la consecución de sus objetivos políticos.

Si bien es cierto que en el periodo inmediatamente anterior a la llegada de Castro al poder  la violencia social y política fue una constante en Cuba,  y que las acciones del Movimiento 26 de Julio y otras organizaciones terroristas permitió dar libre curso a esa violencia, no lo es menos que Castro  le añadió el  imperio de un incipiente Estado represivo para alcanzar objetivos determinados bajo la excusa del antiimperialismo,  la defensa de la soberanía nacional  y la preservación de presumibles  valores morales entre sus ciudadanos.

Está claro que para Fidel Castro y sus perros fieles el objetivo fundamental consistía en conseguir el control del destino de la nación cubana y sus habitantes. La meta fue – y continúa siendo – horrorizarlos a todos, y para conseguirlo el terror fue tan importante como las batallas libradas para derrotar al régimen de Fulgencio Batista.

En términos de represión es justo decir que el cubano no ha sido el único pueblo sometido a un sistema cruel y abusivo.  En todos los países dominados por los soviéticos se aplicaron prácticas similares a las de Cuba y en algunas naciones de América Latina fueron igualmente crueles las dictaduras militares con la diferencia de que estas últimas no rompieron el récord establecido por el clan Castro al mantenerse por seis décadas en el poder.

La amplitud de las represiones políticas en Cuba y sus formas han seguido la evolución del propio régimen.  Cuando en Cuba se examina un nivel determinado de represión, entonces podemos precisar a qué fase del castrismo corresponde.

En los años iniciales, la represión estaba apoyada por la idea de consolidar el poder sin importar para nada los métodos que se emplearan: era la fase de la consolidación del sistema.  Más adelante la represión fue dirigida contra quienes tempranamente redelinearon su pensamiento democrático y denunciaron el peligroso rumbo que tomaba la revolución al desviarse de sus postulados iniciales enmarcados en las tesis del nacionalismo, la democracia, la economía libre, el Estado de Derecho y el pluralismo político: el momento de la descalificación con la cual se iniciaba «la lucha de clases».  Posteriormente se montaría un gigantesco escenario donde prevalecería la búsqueda de un enemigo poderoso dispuesto a desatar sobre los cubanos una hecatombe nuclear. Este intento pretendía lograr ensamblar   la sociedad a la figura del Comandante en Jefe y convertir en antipatriota cualquier actitud disidente: la fase del culto al gran líder.

¿En qué fase nos encontramos hoy?

Hemos entrado en una de las etapas más peligrosas y consecuentemente la última.  Cualquier ciudadano puede acabar siendo “objeto de interés activo” de los organismos represivos, es decir su víctima.  Es una fase de todos contra todos, donde ya no cuentan la consolidación del poder ni la lucha de clases ni el ensamblaje de la sociedad a la figura del ausente Comandante en Jefe.  En esta fase la represión puede afectar igualmente a un dirigente del Partido Comunista o del Estado, incluso a un cercano miembro de la familia gobernante, a un alto oficial del aparato represivo, al director de una empresa, a un comunicador o a un custodio de los servicios sanitarios del Palacio de la Revolución. Es una fase donde lo único que vale es la preservación de los privilegios.

Pero como sucede siempre en la fase terminal de las tiranías, el pueblo va tomando conciencia de su fuerza y   protagonismo.  El sistema ya no tiene nada que ofrecer más allá de la propaganda, las consignas, la represión y las promesas. El pueblo tiene hambres de libertad, de justicia, de derechos, de pan, y el sistema ya no puede saciarlas. Nunca pudo.

Esta podría denominarse, además, la fase de la transición de los espejismos a la de los embustes. La fase en la que, en el escenario político, pero con el mismo guion, aparece la figura de un hombre en sus cuarentas, sin compromisos con las grandes epopeyas revolucionarias. Un sujeto que, a pesar de sus canas, intenta proyectar virilidad, juventud, operatividad administrativa, serenidad, madurez política y, obviamente, una perruna lealtad a los Castro y su fatídico legado.

En esta etapa aumentarán los encontronazos entre el aparato represivo y el pueblo encolerizado, maltratado y reprimido durante décadas.  Y no habrá manera de ocultarlo. El pueblo ya no se queja de la falta de boniatos o cebollas en los establecimientos del Estado, ahora sus criticas van dirigidas directamente al corazón del «aparato». Ese pueblo fue adiestrado para aplaudir barbas y uniformes. Y aunque traten de ocultarlo se producirán enfrentamientos entre los fundamentalistas de la esfera ideológica, los mofletudos del MINFAR y los sabuesos de la contrainteligencia.

¿Se producirán atisbos de libertad? ¿Se excarcelarán a los prisioneros de conciencia? ¿Ocuparán espacios en el circo parlamentario aquellos discrepantes con vocación de legisladores e incluso presidentes?  Si eso llegara a suceder el Papa Francisco organizaría en la Basílica de San Pedro un espectáculo de reguetón.

Se comenta que durante el llamado “Maleconazo” del 5 de agosto de 1994, Raúl Castro confesó a su apandillado Abelardo Colomé Ibarra: «si la situación continúa desbordándose, nos veremos obligados a sacar los tanques a las calles y los aviones al espacio aéreo».

Pero olvidaron algo ese par de desalmados: cuando los pueblos se deciden a conquistar su libertad lanzan piedras a los aviones y viran los tanques boca abajo.

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