LECTURA PARA GENTE GRANDE. POLÉMICA: EN TORNO AL LIBRO “LA EDAD DE LA PENUMBRA”. HISTORIANDO LA PENUMBRA- I. Prosigue la polémica en torno a la historia del cristianismo

Ilustración: Cristo de San Juan de la Cruz de Dalí

Por BOETHIUS-El Manifiesto-España

Después de que el director Javier R. Portella editorializara en una Tribuna su elogio del libro de Catherine Nixet, compartiendo lo esencial de su visión acerca del papel jugado por el cristianismo en la destrucción del mundo clásico; después de que Fernando Sánchez Dragó abundara a su vez en análisis y elogios del mismo signo, nos complace dar hoy la palabra a un historiador cristiano, el cual discrepa rotundamente, como es natural, tanto de dicho libro como de dichos artículos.

¿Significa ello que se impone adoptar una ecléctica postura —ni los unos ni los otros, in metus virtus, alejémonos de los extremos, tomemos un poco de aquí y otro poco de allí, etc.— sobre tan importante cuestión? No, en absoluto. Dar la palabra al adversario en una disputa de ideas —máxime cuando dicho adversario es a la vez un aliado en la lucha contra el enemigo común— significa simplemente reconocer que la confrontación de ideas, por erradas que puedan estar las mismas, es asunto que reviste un alto y palpitante interés vital. El que no en todas partes se adoptara la anterior postura es, por supuesto, harina de otro costal.

La polémica en torno a dicho asunto no concluye, por lo demás, aquí. Otros artículos están previstos para los próximos días.

El polémico bestseller de Catherine Nixey The Darkening Age (La edad de la penumbra. Cómo el cristianismo destruyó el mundo clásico) está recibiendo en España numerosas alabanzas tanto desde la izquierda como desde la derecha desde que fuera traducido y publicado en español por la editorial Taurus. El último ejemplo es la entusiasta columna de Fernando Sánchez Dragó en El Mundo de 10 de junio [reproducida ulteriormente en este periódico. N. d. R.]. Este escritor, tan admirado por muchas y buenas razones, pondera este libro como “una apología de la tolerancia” y “un magnum opus filosófico e histórico”.

Más allá de lamentar el excesivo relieve otorgado no solo por la prensa, sino también por intelectuales de la talla del aludido a una obra ciertamente de gran éxito editorial, pero que, en realidad, no dice nada nuevo y que además está escrita por una autora de segunda fila que ni siquiera es historiadora (es periodista y profesora de filología clásica), creo conveniente dar una réplica a algunas de las premisas sobre las cuales se basa esta obra, premisas que recuerdan añejas leyendas negras sobre la civilización cristiana medieval.

El gran medievalista francés Jacques Heers indicaba en una obra clave, La invención de la Edad Media (ed. Crítica, Barcelona, 1995), la razón antropológica última detrás de esta mirada deformada sobre el Medievo cristiano: “pareciera darse así a entender que nuestra civilización, la europea en sentido amplio, ha vivido dos edades gloriosas marcadas con el sello de las libertades y de las creaciones originales. En primer lugar, la Antigüedad, capaz de administrar tan bellas lecciones. Luego, mucho tiempo más tarde, pasados un pesado sueño y una espera interminable, el Renacimiento italiano, en el que los hombres despertaron finalmente, cambiaron completamente de actitud ante la vida y tomaron las riendas de su destino. Entre estos dos tiempos fuertes se halla la noche, los tiempos oscuros de la Edad Media a los que es de buen tono no hacer ni caso, excepto, aquí y allá, por algunas manifestaciones marginales, por algunos espíritus fuertes desconocidos o incomprendidos, e incluso perseguidos en su tiempo” (p. 13).

Esta visión lineal progresista de la historia, sobre cuyos orígenes no conviene entrar en este artículo, tiene una serie de implicaciones.

Retomando las tesis del libro de Nixey, si en efecto el cristianismo realmente hubiera llevado a cabo “la mayor destrucción de arte y cultura de la historia de la humanidad” en los siglo IV al VI tal y como afirma esta obra, se añadiría a su presunta historia criminal el fin del mundo clásico, junto a otras fechorías ya anteriormente imputadas a esta “sádica” religión destructora de mundos idílicos tales como el paraíso amerindio precolombino, la viril cultura vikinga o el refinado Al-Andalus. Por supuesto, todas estas culturas que tanto lamentan algunos que desaparecieran eran infinitamente más brutales, inhumanas y oscuras que la civilización romano-cristiana que las sometió.

Antes de desmontar las falacias en las que se basa La edad de la penumbra conviene recordar que su originalidad es más bien escasa. Las teorías sobre el fin del mundo antiguo como consecuencia de la acción, no de los bárbaros, sino de la “oscurantista” superstición cristiana datan de Edward Gibbon (m. 1794), el historiador francmasón escocés autor del bestseller dieciochesco The Decline and Fall of the Roman Empire (Historia de la decadencia y caída del Imperio romano, año 1776), una obra monumental que hizo las delicias de Voltaire y su pléyade de discípulos adversarios de la institución milenaria que ellos llamaban la Infame.

Si reparamos en este fragmento (p. 528) de esta obra dieciochesca podremos comprobar de dónde proceden en último término las ideas de Nixey: “podemos señalar sin sorpresa ni escándalo que la introducción o, por lo menos, el abuso del cristianismo tuvo cierta influencia en la decadencia y caída del Imperio romano. El clero predicó con éxito las doctrinas de la paciencia y la pusilanimidad; se denigraron las virtudes activas de la sociedad, y los últimos restos del espíritu militar se enterraron en el claustro. Gran parte de la riqueza pública y privada se dedicó a las especiosas exigencias de la caridad y la devoción, y la paga de los soldados se entregó generosamente a inútiles multitudes de uno y otro sexo que sólo podían argüir a su favor los méritos de la abstinencia y la castidad; (…) la atención del emperador pasó de los campamentos a los sínodos; el mundo romano se vio oprimido por una nueva especie de tiranía, y las sectas perseguidas se convirtieron en enemigos secretos de su país”.

El mensaje repetido una y otra vez en su obra era diáfano: no fueron los germanos y sus hordas las que acabaron con la gloria de Roma, sino un terrible virus introducido en el alma romana, el virus de la religión cristiana, que habría apagado la virtus romana dejando paso a la debilidad, la cobardía y el pietismo. Se pretende presentar una romanitas pagana basada en la fortaleza y en el valor marcial frente a un cristianismo presentado como una religión de débiles, cobardes y esclavos.

Por supuesto, hoy sabemos que esto no fue así. Los primeros emperadores romanos cristianos, de Constantino el Grande a Teodosio el Grande, fueron tan militaristas y aguerridos como sus antepasados paganos o más. El ejército romano casi duplicó su tamaño en el siglo IV cristiano y la caída de Occidente (la Roma cristiana sobrevivió mil años más en su forma bizantina) no se debió a ningún “bacilo” espiritual cristiano, sino a una serie de golpes de Estado militares dados por generales germánicos que servían en el ejército imperial (conviene leer las últimas obras del historiador británico Peter Heather en este sentido).

Por otra parte, el inmenso auge de doctrinas espiritualistas en el siglo III tales como el neoplatonismo o el maniqueísmo ya habían terminado mucho antes de Constantino con la época hedonista de los Antoninos y los Flavios. La castidad y una ascesis extrema estaban de moda entre las élites romanas mucho antes de que llegaran los cristianos al poder. Personajes como Plotino, Jamblico y el propio Juliano el Apóstata tenían en la cabeza una religión olímpica que no tenía nada que envidiar al cristianismo en cuanto a ideales monásticos. La “gran orgía romana” ya había terminado mucho antes de que llegara san Agustín a denunciarla en el De Civitate Dei a partir de tópicos heredados de sus maestros.

En su exposición anticristiana hija de la Ilustración, Edward Gibbon no hizo más que retomar ideas extraídas de la polémica anticristiana de autores paganos de la Antigüedad como Celso, Juliano el Apóstata, Zósimo o Símaco. Todos ellos denunciaron a la religión cristiana como una secta formada por gentes de baja extracción y nula formación cultural. La ausencia de humanitas, de paideia, sería una de las principales acusaciones realizadas en los siglos III y IV contra los agrammatoi xristianoi (analfabetos cristianos), desde los apóstoles iniciadores a los obispos difusores de la religión cristiana.

Se quería y aún se quiere contraponer en estas obras una época luminosa, la clásica, marcada por la búsqueda socrática del conocimiento y el equilibrio racional apolíneo con una época oscurantista y barbarizada, marcada por el celo inquisitorial y la quema de brujas. Como sucede con toda polémica historiográfica, política o filosófica los defensores de una u otra teoría han tendido a simplificar los argumentos, ignorar la evidencia contraria y presentar dos épocas de mil años cada una, la Antigüedad clásica y la Edad Media cristiana, como si fueran la encarnación de dos arquetipos marmóreos, a saber: la razón filosófica y la fe revelada, los filósofos y los profetas, la academia platónica y la catedral gótica, Atenas y Jerusalén.

Por supuesto, esto es el equivalente historiográfico a pintar con brocha gorda. Se olvida, por citar solo algunos ejemplos, que el luminoso mundo grecorromano vivió persecuciones religiosas salvajes con miles de víctimas (desde la iniciada contra el culto de las Bacanales en el 186 a.C. hasta las de época imperial contra maniqueos, judíos y cristianos), quemas de libros prohibidos, ejecuciones de filósofos acusados de ateísmo (asebeia: recuérdese a Sócrates), exilio masivo de filósofos incómodos (Nerón, Vespasiano y Domiciano expulsaron repetidamente a los estoicos de Italia), cierre de instituciones de enseñanza…(Continuará)

Un Comentario sobre “LECTURA PARA GENTE GRANDE. POLÉMICA: EN TORNO AL LIBRO “LA EDAD DE LA PENUMBRA”. HISTORIANDO LA PENUMBRA- I. Prosigue la polémica en torno a la historia del cristianismo

  1. Dios ha muerto y vuestra propaganda pro barbarie cristiana ya no se la cree ni satanás.

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