LECTURA PARA GENTE GRANDE. POLÉMICA: EN TORNO AL LIBRO “LA EDAD DE LA PENUMBRA”. HISTORIANDO LA PENUMBRA- II Y FINAL. Prosigue la polémica en torno a la historia del cristianismo.

Por BOETHIUS-El Manifiesto-España

Por cierto, el famoso y terrible suplicio de la crucifixión era solo uno de los castigos que la antigua Roma podía aplicar a los disidentes religiosos o políticos. Otro brutal castigo al que recurrían los magistrados romanos para castigar a los acusados de magia o brujería era la condena a morir quemado vivo (vivi combustio), un castigo asociado popularmente a la Inquisición, pero cuyo precedente legal directo procedía del Digesto tardorromano.

Por supuesto, la tan aplaudida tolerantia griega o romana era selectiva. Si la pax deorum o la mos maiorum se veían en peligro, los romanos eran capaces de desplegar una gran crueldad. El exterminio de los druidas por parte de Julio César (Ilustración que encabeza este artículo) o el genocidio judeofobo de un millón de hebreos entre el 66 y el 70 d.C. por parte de las legiones de Vespasiano resultan en este sentido dos recordatorios inolvidables de hasta dónde estaba dispuesta a llegar Roma contra las superstitiones.

Por otro lado, también cabría aducir que el mundo grecorromano era mucho más complejo de cómo se le quiere presentar. Sin entrar en la brutalidad de una sociedad esclavista cuya forma de hacer la guerra y de castigar el delito era bastante más sanguinaria que la peor de las sociedades de la época medieval cristiana, se puede traer a colación la pluralidad de formas religiosas y culturales del Mediterráneo clásico.

En efecto, no todo era apolíneo, bello, ordenado y racional. No todo eran los jardines de Academo. El ortos logos platónico y socrático convivía a diario con expresiones de locura dionisíaca, de masas enfebrecidas entregadas a delirios colectivos llenos de sangre y primitivismo. Como bien nos recuerda la lectura de un formidable adversario del cristianismo llamado Friedrich Nietzsche, junto a la Academia, el Liceo y la Stoa, existían todo tipo de cultos mistéricos y festivales religiosos de tipo dionisíaco, desde las Bacanales a las Lupercalia, pasando por los misterios de Cibeles y las panateneas, donde se desataban los más bajos instintos del ser humano. Los ludi romani, juegos del Circo, con su sangriento espectáculo de convictos arrojados a las fieras, no eran más que una gota en un océano de crueldad de masas. Y sin duda participaban más ciudadanos en estas orgías de bestialismo que en los civilizados banquetes conviviales de los filósofos.

Con todo, lo que a cualquier mediano conocedor del mundo clásico le resultará particularmente hilarante es la acusación contra los “fanáticos” cristianos de destruir el patrimonio material clásico. Cualquier lector de Tucídides, Polibio o Tito Livio sabe cómo se las gastaban los atenienses o los romanos a la hora destruir, expoliar y saquear templos, obras de arte y bibliotecas de las ciudades enemigas (griegas, etruscas, latinas… lo mismo daba). El terrible destino de la gran Corinto a manos de Roma en el año 146 a.C., saqueada a conciencia, debería ser una lección para incautos que quizá se han quedado en el delenda Carthago de Catón el Censor, pero no es el único caso: Sicilia, Magna Grecia, Asia Menor…, por solo mencionar territorios de una cultura hermana como la griega, sufrieron un destino parecido.

El Imperium Romanum Christianum de los siglos IV y V que tan duramente retrata el libro de Nixey fue precisamente eso, un imperio ante todo romano dotado de una aplastante lógica jurídica y política latina y, por desgracia, no demasiada caritas cristiana. Lo que hicieron los emperadores romanos cristianos no fue más que aplicar, de forma bastante más benigna que sus antecesores paganos, eso sí, esa lógica aplastante que consistía en el restablecimiento violento de la pax deorum a partir de las premisas de respeto a la sagrada mos maiorum que había formulado en sus edictos de persecución de cristianos y maniqueos el último gran emperador pagano: Diocleciano.

De este modo, las penas de multa, castigo físico, prisión, exilio o muerte por disidencia religiosa aplicadas por el Imperium en su época cristiana no eran más que las que recogían las leyes romanas para los casos de alta traición al emperador (la lesa maiestas), es decir las mismas leyes que vinculaban la práctica de cultos maléficos a la deslealtad al Imperio y que fueron antes aplicadas a miles de cristianos, judíos y maniqueos.

Pero volvamos a las penumbras del libro que nos ocupa. Ya hemos apuntado la escasa originalidad de sus planteamientos. Pero también podríamos apelar a la escasa aportación de nuevos datos. De hecho, los argumentos de Catherine Nixey (foto de arriba de este párrafo) no son más que un vulgar refrito de libros publicados durante los últimos doscientos cincuenta años haciéndose eco de la tesis central de Gibbon (particularmente brillantes son los de Jacob Burckhardt en el siglo XIX y Arnaldo Momigiliano y Peter Brown en el XX) y apuntalándola con datos extraídos de la investigación más reciente. Lo que ella ha hecho es vulgarizarlos con cierta maestría narrativa. Poco más.

En su review del libro publicada el 13 de septiembre de 2017 en Goodreads (una de las principales publicaciones anglosajonas de reseña de libros) Tim O’Neill califica este libro sencillamente como easily the worst book I have read in years (el peor libro que he leído en años) y “una auténtica mascarada”. Y es que, como subraya acertadamente O’Neill, “la historia popularizada de Nixey pretende presentar de algún modo una nueva perspectiva sobre la transición del mundo romano pagano a la dominación del cristianismo, pero todo lo que nos ofrece es un polvoriento remake del viejo Edward Gibbon adaptado a la época post Dawkins/Hitchens. En manos de un historiador capacitado, este podría haber sido un libro interesante, uno que explicara un periodo fascinante y un tema de interés. Un investigador equilibrado y objetivo hubiera aclarado que esa transición fue en ocasiones violenta y que los cristianos no eran esos amables corderos de la leyenda piadosa de las películas de Hollywood, pero manteniendo al mismo tiempo una visión equilibrada y sin forzar la evidencia documental. Pero Nixey es una periodista, no una historiadora, y lo que nos presenta es una tosca, deformada y polémica descripción de acontecimientos marcada por distorsiones descaradas y prejuicios muy evidentes”.

Esta durísima crítica no se limita a revistas literarias especializadas. Profesores británicos de gran prestigio como Averil Cameron (Universidad de Oxford), Peter Thonemann (Universidad de Oxford) y Levi Roach (Universidad de Exeter) han destrozado literalmente en sus reseñas académicas este libro. Vamos a recurrir a estas reseñas para cerrar el análisis de la obra de Nixey.

En su reseña publicada en The Tablet (21 de septiembre, 2017) la profesora Averil Cameron, quizá la mayor especialista viva en Antigüedad tardía en el mundo, califica el libro de Nixey como un “travesti historiográfico”, una obra sin equilibrio ni objetividad alguna. En palabras de Cameron, “un rápido vistazo a las citas en las notas a pie de página de Nixey resulta reveladora. Se repiten una y otra vez un pequeño grupo de historiadores de una mentalidad hostil al cristianismo”. Averil Cameron termina su reseña trayendo a colación el probable origen de la tendenciosa mirada de Nixey: “un educación religiosa muy limitada y sesgada”. Con esto alude al hecho de que los padres de Nixey son un monje y una monja católicos que se secularizaron e impusieron una educación ascética más propia de un convento que de un hogar a su hija, la cual quedó claramente traumatizada.

Detrás de todo libro, en efecto, siempre hay una biografía y una herida. Y este libro es un ajuste de cuentas con una infancia amargada por dos monjes frustrados. El problema es que este ejercicio de psicoanálisis que tantas ventas ha alcanzado en el Reino Unido y España utiliza la táctica de matar al padre. En este caso la cristiandad medieval. En su reseña para Literary Review (n.º 459, Noviembre, 2017) el medievalista británico Levi Roach (foto de la izquierda) apunta al meollo del problema del libro de Nixey: “esta obra concluye recuperando la antigua teoría hace tiempo superada de una Edad Media caracterizada por el estancamiento intelectual y una fe ciega. No resulta difícil detectar en Nixey un ánimo anticristiano”.

Por su parte, Peter Thonemann en su lúcida reseña para The Times (17 de septiembre, 2017) apuntaba de forma sarcástica que el fantasma de Christopher Hitchens, el gran polemista científico y divulgador del ateísmo, “debe de estar removiéndose de placer en su tumba con este libro”. Thonemann, a pesar de valorar la forma amena en que el libro está escrito, subraya que está lleno de evidencias seleccionadas de forma tendenciosa y material dudoso y poco concluyente.

¿Significa todo esto entonces que el libro de Nixey está construido sobre una sarta de mentiras y manipulaciones? No. O mejor dicho, no del todo. Ciertamente estamos ante una serie de datos objetivos entremezclados con medias verdades e interpretaciones tendenciosas. Sin duda, el intrigante Patriarca Cirilo de Alejandría y sus probolanos estuvieron implicados en el asesinato de Hipatia. Sin duda, cientos de templos fueron destruidos por la furia de monjes fanáticos o masas enardecidas. Sin duda, parte de la biblioteca de Alejandría se perdió debido a la destrucción del Serapeum en el año 391.

Ahora bien, estos datos de ningún modo validan la idea de que estamos ante una destrucción sistemática o un genocidio cultural de la civilización clásica. Todo lo que conservamos de la civilización romana procede de manuscritos monásticos del Occidente medieval y de Bizancio. Si hoy día podemos leer las obras de César o de Cicerón es gracias a sus trasmisores cristianos medievales. Incluso obras tan poco recomendables para un monje como el picante De Amore de Ovidio fueron salvadas de su desaparición por la paciente labor de un scriptorium medieval.

Por ponerlo en cifras, según los cálculos del investigador alemán Bernhard Bischoff, los 8.800 códices cristianos anteriores al año Mil (unos 7.000 de los cuales son benedictinos) han preservado para la posteridad casi toda la rica poesía en lengua latina (con la sola excepción de Catulo, Tíbulo, Propercio y Silio Itálico), casi todo el teatro romano (excepto las tragedias de Séneca y parte de las de Stacio y Claudiano) y el 90% de la prosa latina (únicamente Varrón, Tácito y Apuleyo fueron rescatados más tarde). La elaboración de estos códices supuso un esfuerzo económico y humano impresionante para una época en la que los copistas ya no eran esclavos como en el mundo antiguo y en la que además el barato papiro egipcio ya no estaba disponible. Decenas de ovejas o terneros eran sacrificados para elaborar el pergamino necesario para cada uno de estos códices. En palabras de la principal especialista actual en Alta Edad Media, la profesora de Cambridge Rosamond McKitterick, “semejante inversión de riqueza en producir cultura no debería ser ignorada por nadie”.

Evidentemente Catherine Nixey nos oculta todos estos datos. Estamos, por consiguiente, ante una selección muy arbitraria de información. Aquel lector que haya leído las teorías pseudocientíficas de Richard Dawkins (El espejismo de Dios) o Christopher Hitchens (Dios no existe) en favor de una suerte de militante ateísmo cosmológico y haya sacado la impresión de estar ante auténticos panfletos con apariencia de rigor empírico tiene ante sí en este libro una versión historiográfica con el mismo mensaje: la religión cristiana es perniciosa además de falsa. Los lectores de leyenda negra antiespañola saben perfectamente de lo que hablo.

En definitiva, a mi juicio no podremos nunca comprender, defender ni valorar adecuadamente la tradición perenne de Europa en lo que tiene de auténtico faro del orbe, si desconocemos o despreciamos el elemento cristiano de la civilización del Occidente medieval, una época fruto de una maravillosa síntesis de lo mejor de la Roma imperial, la filosofía griega y el Evangelio. Una época, en efecto, caracterizada en palabras de Jacques Le Goff por “la fidelidad, la jerarquía y el honor”, pero también por las primeras universidades, la poesía trovadoresca, el amor cortés o las escuelas de traductores. Una época que, como todas, se resiste a clichés simplificadores.

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