LLOREN POR AMÉRICA

CARLOSALBERTOMONTANER

Foto: Carlos Alberto Montaner

HUGOBYRNEPor Hugo J. Byrne

El escritor Carlos Alberto Montaner es ponderado en sus opiniones y posee una cultura enciclopédica. Esas cualidades no definen a nadie como dueño absoluto de la verdad, sino como alguien quien la busca.

Procuro siempre distinguir las acciones humanas sobre las opiniones políticas y trato de enjuiciar al prójimo a través del mismo criterio que uso con mi persona. Desprecio profundamente las injurias en letra impresa y trato de conocer de primera mano las acciones que describo.

Cuando se organizaron las unidades de cubanos del US Army en los cuarteles de Fort Knox, Kentucky y después en los de Fort Jackson, South Carolina a fines de 1962, Montaner dio un inmediato paso al frente. Ese acto, más elocuente para mí que todas sus producciones literarias posteriores, fue testimonio de integridad. No estuvo en la misma compañía de Fort Jackson conmigo, pero supe de su presencia a través de Esteban Fernández, quien hizo su entrenamiento básico con él.

Con mucha frecuencia no comparto sus conclusiones. Hace muchos años Montaner escribió un ensayo ensalzando a ciertos capitostes de la tiranía castrista quienes en su criterio nos era menester cultivar, si aspirábamos contra toda esperanza regresar a la Patria, “poco más o menos” en nuestros términos. Dudo que mi respuesta, publicada en el desaparecido “20 de Mayo” llegara a sus manos y ni siquiera estoy seguro de que entonces ya existiera la maravilla electrónica del Internet. Además no me atrae el debate, no importa si verbal o por escrito. Los acontecimientos posteriores avalaron mi opinión contraria.

Por otra parte creo que como otros tantos (y en esto me incluyo), Carlos A. Montaner debe haber cambiado o modificado sus opiniones en diferentes temas a través de los años. Sin embargo su último artículo sobre “no llorar por América”, me anima a definir el futuro de Estados Unidos desde una perspectiva muy diferente. Yo sí creo que el barco se hunde, Es más, creo que empezó a hacer aguas desde el siglo pasado.

Empecemos por los “stats” de Montaner sobre la superioridad norteamericana: ojalá que tuviera razón en el tema económico, pero la solidez del dólar es hoy tan relativa como la de cualquier otra moneda cotizada internacionalmente. Dejó de ser absoluta en 1966 cuando el entonces Presidente Lyndon B. Johnson decretó el final de su certificación en plata. No existen garantías sólidas de su valor futuro. El ciclo hacia la declinación americana para muchos enterados empezó desde 1917, con la simultánea creación de la Reserva Federal y el “Internal Revenue Service”, organismos que estimulan los presupuestos deficitarios del estado y garantizan el pago de préstamos e intereses por la ciudadanía. ¿A quienes debemos? El 70% a la banca internacional y el 30% a China, quien compró parte de nuestra deuda. ¿Cuánto debemos? Casi 20 billones de dólares (trillones en inglés). En otras palabras, más que el BIP en 2016, usando las mismas estadísticas de Montaner. Concuerdo en que aún producimos mucho más que el resto del mundo, pero en proporción la diferencia era mucho mayor en el pasado y se reduce progresivamente. Matar la gallina de los huevos de oro sin que la gallina se revire toma tiempo.

El índice de desempleo se basa en la cantidad de trabajadores que solicitan la compensación. De ahí el 4.7%. Esa cifra no incluye a quienes por millones han desertado de la fuerza laboral, optando por vivir a costa de parientes o mediante los beneficios públicos, tales como los sellos de comida, etc. Nuestros impuestos pagan por todo eso. El real desempleo en Estados Unidos está cercano hoy al 12% y entre las minorías es aún mayor.

Hay una parodia de los diálogos de “Abbot y Costello” en el Net sobre la diferencia, entre “desempleo y falta de trabajo” que no tiene desperdicio, aunque para mí sea humor negro. Las nuevas formas de ganarse el pan, “apacibles y creativas” que según Montaner han “substituido a los empleos industriales”, son también menos remuneradas. No paga lo mismo confeccionar una hamburguesa que un “microchip”. Que los sueldos y salarios en Estados Unidos se han reducido en promedio durante los últimos siete años es un hecho indiscutible. El control arbitrario del 20 % de la economía por el gobierno federal mediante el incosteable “Obamacare”, está contribuyendo enormemente al desempleo real.

Cuando apreciamos la fuga de capitales, industrias y negocios al extranjero, raramente hacemos referencia a la razón por la que ocurre esto. ¿Será quizás porque Estados Unidos es la nación con los más altos impuestos corporativos entre todos los países del primer mundo? Esos impuestos brutales son una realidad, lo afirme o no Donald  Trump. La gente emigra de los ámbitos más pobres a los de mayor riqueza y el inversionista, hacia donde pueda establecerse con el menor gasto y la mayor garantía posibles. Por idéntica razón invertir en un país sin ley como Castrolandia, no tiene más futuro que el fracaso.

Desafortunadamente ninguno de los dos candidatos a la presidencia sugiere curas prácticas a nuestras enfermedades económicas, las que sin la ayuda de remedios efectivos serán terminales a la República. La señora Clinton promete más gastos, más regulaciones y más impuestos “a los ricos”. Para ella es imprescindible ganar la Casa Blanca, pues de lo contrario podría terminar en la “Casa Grande”.  A pesar de la ayuda de Comey, de Lynch y de Obama, Clinton aún la teme, porque aún la debe.

Varios de los candidatos republicanos barridos por el cilindro de vapor de Trump en las primarias proponían una reforma racional de “entitlements”. Pero no Trump, quien insiste en que la ingobernabilidad de la nación reside en la incapacidad de Washington. Él afirma que puede cambiarlo todo y nos dice que se propone hacerlo, aunque apenas aclara cómo.

El poderío militar norteamericano, como el de otra nación cualquiera debe medirse objetivamente. La fuerza reside en el músculo, pero es efectiva sólo cuando éste se contrae, cuando existe la voluntad de usarse. La retórica es contraproducente. “Las líneas en la arena” de Obama en Siria y su retirada en Irak anunciadas a bombos y platillos nos están costando aún en vidas de nuestros soldados y en millones de nuestros dólares.

Incluso desde el punto de vista cuantitativo la administración de Obama ha erosionado la capacidad militar norteamericana. La Marina de Guerra denuncia continuamente la necesidad de canibalizar equipos y sus unidades de superficie son numéricamente inferiores a las que había al final de 1941, antes del ataque japonés a Pearl.

¿Puede desarrollarse adecuadamente nuestra capacidad militar mediante un proceso legal, o es necesario una casi dictadura presidencial, gobernando por decreto al estilo de Obama? La salvación de Estados Unidos se cifra sólo en la obediencia de la ley, lo que equivale a decir respeto estricto a la constitución. De acuerdo a ella la defensa nacional es una obligación legítima de Washington. No así los altruistas y fracasados programas multimillonarios.

No soy ultranacionalista y menos aislacionista, pero me confieso felizmente varón y blanco. Nunca he escrito una sola línea a favor de la candidatura de Trump, aunque ensayos como el de Montaner me tienten. A diferencia de Montaner no categorizo su ensayo como equivocado, sino de avanzar una opinión que no comparto.

A pesar de haberse presentado a los votantes como una autoridad en la constitución, el olímpico desprecio de Obama hacia los derechos que ella define es evidente. Este desprecio es apreciado incluso por expertos constitucionalistas adeptos a la tendencia política impropiamente llamada “liberal”.

Estados Unidos llegó a su preeminencia internacional a través de un proceso natural, muy diferente al de los imperios europeos u orientales del pasado. Su desarrollo en potencia mundial corrió a parejas con la revolución industrial y con su corolario histórico, el capitalismo. Todo ello se erigió sobre cimientos de profunda fe y determinación que caracterizaba a los americanos del siglo XVIII, tan elocuentemente descrita por Toqueville.

A pesar del poderío americano, el Islamismo radical amenaza seriamente nuestro futuro y nuestra civilización. Sus objetivos son idénticos hoy a los que sustentara su Profeta: nuestro total sometimiento por el terror. Como en Omdurmán, Lepanto y Tours, sólo su destrucción total garantizaría nuestra supervivencia en libertad.

Para ello sólo necesitamos a quienes tengan vocación de soldados. ¿Dónde están?

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