LOS CELULARES

PESTEBITAESTAESAHORALABUENACARAJOor Esteban Fernández  

Regularmente yo no soy una persona extremadamente egoísta, sin embargo con respecto a los celulares lo soy. Es decir, me encanta mi celular y detesto los celulares de los demás. 

Otra cosa que demuestra fehacientemente mi desinterés por la mayoría de la gente es que cuando logro estar rodeado de mis dos hijas y mis tres nietos lo apago. En pocas palabras, son las únicas cinco personas que requiero y deseo estar al tanto si sufren una emergencia y necesito que me avisen inmediatamente. El resto de la humanidad, si necesita mi auxilio, puede esperar que termine de cenar con mis seres queridos. 

Lentamente el celular ha pasado de ser un lujo a convertirse en una necesidad. Más que eso, ya es una epidemia ¿Usted nunca ha manejado, o caminado, hasta la bodega que queda a dos cuadras  y a la mitad del camino nota que dejó olvidado su celular y regresa a la casa a buscarlo? 

El celular  era cosa exclusiva de gente rica, ya no. Ayer mismo me acerqué a un pobre y mal vestido anciano que estaba con un carrito ambulante vendiendo helados al salir de Burger King. Lucía la viva estampa de la pobreza. Le iba a pedir uno de vainilla y de pronto sonó el celular, pensé que era el mío pero resultó ser el del viejo. Me hizo una señal imperativa con el dedo índice de que me esperara y ahí estuvo varios minutos hablando boberías hasta que yo cansado me fui. Increíble pero cierto ¿Usted nunca ha visto a la sirvienta de una casa trapeando con una mano y con la otra hablando por su celular? Los verdaderamente ricos tienen canchanchanes a su alrededor recibiendo y haciendo llamadas por ellos. 

Los celulares son la cosa más inoportuna del mundo actual. Suenan cuando menos uno lo espera. Eso fue hasta que alguien me enseñó a ponerlo en “vibrador”. Y una tarde estaba emocionado escuchando un encendido discurso del Rev. Martín Añorga y tenía depositado mi teléfono en “vibrador” en el bolsillo de la camisa del lado izquierdo. De sopetón Añorga dijo: “¡A Cuba debemos regresar con una Biblia en una mano y con el machete redentor en la otra!” Yo me levanté de mi asiento a aplaudirlo y ahí comenzó el teléfono a vibrar y les juro que estuve como dos minutos creyendo que tenía un ataque al corazón o en el mejor de los casos que era taquicardia.  

Usted se sienta en un restaurante y puede ver a cuatro personas en la mesa contigua sin hablar entre ellos y cada uno con un celular en las manos conversando o enviando textos. Eso lo detesto, eso insulta el más elemental sentido común. 

El que me agradó mucho fue el actor Antonio Banderas en una entrevista por la televisión donde dijo: “Yo no uso celular, yo no necesito celular, aquí en España todo el mundo me conoce y si tengo una emergencia muchos en mi entorno me ayudan y avisan a mi familia. Y viceversa, si Melanie o los muchachos tienen un problema la gente me lo dice inmediatamente”. 

Desde luego, haciendo buena la frase de “una de cal y la otra de arena” les diré que: Hace exactamente 12 años se me reventó una úlcera, caí tendido en el medio de un parqueo público, se me acercó un desconocido, a duras penas le entregué mi celular y le dije: “Por favor, llame al 911 y después dígales a mis dos hijas donde estoy y lo que me pasa” Y gracias a mi celular, y al individuo que resultó ser un empleado de la U.P.S.  -todavía estoy en contacto con él- les puedo escribir esta columna.

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