LOS CINCUENTONES

Por Vicente P. Escobal-Especial para Nuevo Acción

La generación cubana que nació entre el final de los sesenta y el principio de los años setenta del pasado siglo ya cumplió, o está por cumplir, cincuenta años. Estas largas cinco décadas han definido circunstancias muy diferentes a las del resto del planeta, sobre todo para aquellos que conservan un diploma que los acredita como técnicos calificados o profesionales universitarios.

Los cincuentones de hoy se espantan al mirar atrás y recordar con que promesas comenzaron sus vidas. Y los que aún siguen en Cuba experimentan un inexplicable terror al comprobar lo que esperaron tener con lo que realmente tienen. Diríase que ha sido medio siglo en los cuales la opción individual de muchos de ellos se ha convertido en una demencial carrera hacia ninguna parte, azuzados por himnos y consignas cada vez más cascados y obsoletos. Una especie de salto al vacío.

Desde la infancia, cuando vestían los almidonados uniformes de pionero y aprendían a jurar que serían como el Che – ¿será por eso que el asma tiene tan notable incidencia en los cincuentones de hoy? – a todos los convencieron de que el futuro sería indefectiblemente luminoso. Muchos, tal vez siguiendo los pasos de Ernesto Guevara, fueron a dar a Bolivia donde hoy esperan no los maten y mucho menos que sus restos aparezcan treinta años después.

Las estrecheces de los hogares eran compensadas con la fe en ese mejor futuro. No interesaban los apagones, las movilizaciones cañeras y cafetaleras, los zapatos plásticos, las botas rusas, el gofio como sustento infantil, la inminencia de una hecatombe nuclear procedente del «norte revuelto y brutal». Nada importaba si el país era una inmensa obra donde a toda hora repiqueteaban las concreteras y los martillos. Un país que se llenaba de escuelas, hospitales y viviendas hechas en serie, como maquetas, pero que anticipaban el ansiado bienestar del futuro.

No importaba que rusos, búlgaros, checos y rumanos se inmiscuyeran en todo y modificaran en un santiamén las más criollas tradiciones si a cambio inundaban el archipiélago de petróleo y tractores, pomitos de compotas y películas de guerra, dibujos animados y chicharos, maquinaria pesada y un extraño e inédito tufo para el fino olfato de los cubanos.

Luego, y a pesar de la «hostilidad del imperialismo», casi todos los cincuentones de hoy fueron llevados por sus padres a aquellas famosas “Vueltas a Cuba”, a hospedarse en los mejores hoteles, mientras los más afortunados daban la vuelta aún más lejos en las «Giras por los Países Socialistas», donde el fututo parecía brillar en cada esquina

La inocencia de los cincuentones de hoy se fue desdibujando en las becas, donde se libraban sórdidas batallas nocturnas y los profesores disponían de odaliscas particulares. Era el momento de otro sacrificio: inventar un pantalón corte campana con tela de saco de harina, esconderse para oír la música de los Beatles en emisoras enemigas, sobrevivir con la asquerosa pitanza servida en bandejas de aluminio, la lucha por conservar unos centímetros más de pelo y la primera afeitada con una Gillette que le mandaron a alguien pegada en una postal desde Hialeah.

Detrás de las cuchillas, como por arte de magia, un día llegó «la comunidad». Y tuvieron que sonreírles a señoras teñidas de rubio,  sonrosadas y olorosas a buenas esencias que mascaban chicles y usaban espejuelos ahumados, que se asombraban «de lo grande que están los muchachos» y regalaban cosas de la satanizada sociedad de consumo donde aparentemente nadie tenía que sacrificarse tanto para alcanzar un luminoso futuro.

Pero lo más acertado era no dejarse invadir por pensamientos metafísicos. Había llegado el momento de escoger con qué carrera cada adolescente iba a construir su propio futuro: sonaba la hora de estudiar en la universidad. Muchos de los cincuentones de hoy de pronto se vieron instalados en Moscú, Novosibirsk, Bakú, Leningrado, Tashkent o Tiblisi estudiando especialidades con nombres insospechados en la pequeña isla caribeña.

Predominaban por entonces las carreras técnicas, pues todos querían ser ingenieros o científicos para hacer que el futuro llegara más rápido. Mientras, los cincuentones de hoy que se quedaron, invadían frenéticamente las escuelas de ingeniería y solamente unos pocos soñadores, desafiando la obsesión tecnicista, se decidieron por unos tímidos estudios sociales. Otros entraban empujados por la ola que los arrastraba hacia la carrera de medicina.

El que no iba a ser médico o ingeniero, tenía el sagrado deber de enrolarse en el Destacamento Pedagógico, con vocación o sin ella. ¿No era, acaso, lo que demandaba la Patria? Las nuevas generaciones hervían de entusiasmo, pues con una juventud casi masivamente profesional no habría país que compitiera con Cuba.

Pero cuando los cincuentones de hoy terminaron los estudios, se encontraron que no había donde utilizarlos. La mayoría de sus especialidades resultaron completamente inútiles en Cuba. No por gusto se les vio operando ascensores o despalillando tabacos. Otros, los más privilegiados, alcanzaron una posición en el intrincado laberinto de la burocracia.

Los que venían de tierras lejanas regresaron con sus visiones particulares del socialismo – que extrañamente no concordaba mucho entre sí – pero compartían un status de aristócratas muy chic: ¡habían estudiado en los países socialistas! Y regresaban cargados con los símbolos del futuro que hicieron sonreír a quienes conocieron el «otro futuro» ya pasado: muebles, ventiladores, grabadoras e incluso exóticas y rollizas mujeres con las axilas y las piernas sin depilar.

No obstante, la riqueza soñada nunca pareció más real que cuando los cincuentones de hoy empezaron a trabajar en el desatinado sistema empresarial cubano. Muy pocos lograron avanzar en su especialidad. La mayoría era necesaria para dirigir con nuevos bríos y estrategias aquellas entidades donde el socialismo ya había materializado su ineficacia empresarial.

La «Política de Cuadros» y el gobernante partido comunista acogieron con los brazos abiertos a la nueva hornada de profesionales. La ineficacia, obviamente, apuntaba hacia aquel ejército de jefes veteranos dormidos en las almohadas de sus glorias, con el pecho cargado de medallas y el cerebro vacío de ideas innovadoras, quienes no daban pie con bola con la economía política, los indicadores macroeconómicos, la productividad y el desconcertante mundo de los planes quinquenales. Lo de ellos era poner bombas, matar soldados, asaltar cuarteles, descarrilar trenes.

Siguiendo el ejemplo de la Unión Soviética, la nueva «Madre Patria», resultaba inaplazable emprender la «rectificación de errores» y transitar por «el camino correcto». Lo que nadie podía predecir era el vuelco total de la historia que se iniciaría con la Perestroika y la Glasnost. Ni lo que le seguiría: la estrepitosa caída del Muro de Berlín, arrastrando consigo el Bloque del Este. Y tampoco nadie imaginó la onda expansiva que haría tambalearse al país caribeño en ese abismo profundo y oscuro llamado Periodo Especial.

Muchos cincuentones de hoy, más o menos bien situados en las esferas del poder político, militar o tecnológico, emigraron en balsas dejando atrás sus Ladas, sus diplomas colgados en las paredes y sus credenciales del partido. El resto se quedó vegetando y se convirtió en aquella masa frenética que se lanzaba al campo a cambiar ropa por plátanos y zapatos por cerdos. Para entonces ya sus hijos ocupaban el indiscutible primer puesto en el orden de prioridades de la supervivencia.

Por primera vez la fe del cincuentón de hoy se estremeció profundamente. Las promesas en las que siempre creyó ameritaban una reconsideración. Del enternecedor optimismo que lo alimentaba hasta entonces, cayó en el desconcierto, la incertidumbre y el miedo. Para colmo, la apertura de tiendas recaudadoras de divisas lo condenó a una competencia desgarradora con sus contemporáneos por descubrir y explotar algún medio de ingresos en dólares, para lo cual los estudios especializados no le servían de nada.

Así, cientos de ingenieros, arquitectos y médicos fueron a servir cocteles y limpiar habitaciones en instalaciones turísticas, por cierto, muy distintas de aquellas cuando dichosos y confiados en el brillante porvenir emprendían la «Vuelta a Cuba» con sus progenitores y donde ahora sus propios hijos no podían entrar.

Esa época fue más oscura aun por la muerte de las ilusiones que por la muerte de la economía. El cubano se hundió en la degradación total, aun cuando la crisis se suavizaba lentamente y el picadillo de soya podía adquirirse una vez al mes. Los valores éticos fueron puestos al revés, como un abrigo viejo. No es de extrañar, entonces, que la voluntad de la nación se aplanara – salvo muy honrosas excepciones – a un nivel casi zoológico, de manipulación absoluta por parte del régimen y sus apologistas del apocalipsis.

Y helos aquí, a los cincuentones de hoy, quienes todavía llevan dentro al pionero de la pañoleta roja que creía en el luminoso futuro, sin saber que decir a sus hijos adolescentes, quienes odian la idea de estudiar en la universidad, reclaman jeans de treinta dólares y sueñan con ser camareros o cruzar la frontera entre Ciudad Juárez y El Paso.

La vida se ha convertido para ellos en un círculo vicioso de trabajo inútil, colas interminables y malabares sórdidos. Los que permanecen en Cuba se deslizan hacia los sesenta sin que ninguno de sus sueños se haga realidad y se le ponen los dientes largos y la boca circular cuando se enteran del éxito del colega contemporáneo que logró instalarse «afuera» y hoy gana en una hora lo que él en seis meses.

Muchos, atormentados por el insomnio, se preguntan por qué no tuvieron el suficiente valor para largarse en una balsa y dejar a un lado los paquetes de promesas que les enseñaron a digerir, de qué sirvió tanto sacrificio, tanta renuncia, tanta juventud malgastada. Y les parece mentira que ya llegaron al futuro, aquel que imaginaban tan diferente. Y les resulta difícil admitir que su cuota personal de futuro se agotó para siempre.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

Help

WordPress theme: Kippis 1.15