LOS CUIDADOS DE ESTEBAN Y ANA MARÍA.

En la foto: Los padres de Estebita: Ana María y Esteban

por Esteban Fernández

El consejo inicial de mi padre, desde que tuve uso de razón, y que volvería locos a todos los psicólogos y psiquiatras actuales era: “Si un muchacho más grande que tú trata de abusar de ti, pártele un palo en la cabeza. Y esto culminaba con la amenaza: “Si no te fajas con él te tienes que fajar conmigo…”

Nunca entendí bien cuál era la gigantesca preocupación de mi madre de que siempre yo tuviera mis calzoncillos limpios. ¡Y hasta me los planchaba!

No sé de dónde sacó mi madre la conclusión de que, si yo me caía de la bicicleta, me partía un brazo y llegaba de emergencia a una de las clínicas que había en mi pueblo, o a la Casa de Socorros, el doctor de turno me iba a decir: “¡Oye, muchacho, aquí con ese calzoncillo empercudido no te podemos atender!”

Parece que mi mamá creía que los médicos al hacer el juramento HIPOCRÁTICO de estar obligados a atender a todos los pacientes -aunque sean enemigos de guerra- con la única excepción de rechazar a un niño que se les presente con la ropa interior cagada.

Mi padre tenía muchísimos amigos negros, nunca le vi un solo gesto racista, sin embargo, cuando yo le pedía permiso para ir a bañarme al río Mayabeque,  me decía: “Está bien, pero no vayas a una zona apartada del río donde veas a un montón de muchachones negros bañándose”.  Invariablemente yo lo hacía reír cuando le contestaba: “Viejo ¿si son un grupo de zangandongos jodedores BLANCOS puedo ponerme a retozar con ellos?”

Casi todas las tardes yo iba a la tanda del teatro Campoamor, y sin fallar mis padres me despedían con las mismas palabras: “Si hay un fuego en el cine no vayas a correr”. Yo les contestaba: “Sí, ya sé, ustedes prefieren que yo muera achicharrado mejor que aplastado por la multitud”.

El Instituto de Güines tuvo una excursión al Zoológico de La Habana. Nunca olvidaré que no había llegado ni al Bar Residencial -que quedaba frente a mi casa- cuando mi madre me gritó desde el portal: “Esteban de Jesús, no vayas a meter la mano en la jaula de los leones”

Un día escuché a mi madre quejándose con su hermana Yota Gómez: “Odio que Estebita y Carlos Enrique vayan a ver películas de Tarzán, tú no sabes el trabajo que me dan después queriendo bajarlos de la mata de aguacate del patio encaramados como si fueran unos monos”.

Nada me hacía más reír que salir rumbo al parque y que me dijeran: “Oye, muchacho, si cae un aguacero no te acerques al pararrayo de la Iglesia no te vaya a caer un rayo en la cabeza”.  

Y desde el 10 de Marzo golpe de estado de Batista, hasta el 12 de agosto de 1962 día en que salí de Cuba, escuché unas cinco mil veces el consejo: “¡Usted no se meta en nada!”

Y al salir mi padre me despidió con la más optimistas de las frases: “Allá ni abras las maletas que tú regresarás para Cuba libre antes de un mes”

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