LOS HIJOS DE LA DEMOCRACIA: ¡CRÍA CUERVOS QUE TE DESTRUIRÁN, ESPAÑA!

Por Laureano Benítez Grande-Caballero.

Ante la ominosa decadencia de nuestra Patria a partir de la Transición, se hace difícil encontrar palabras para describir tanta tragedia, pero quizá pueda servir la tremenda frase que suelta Harry Limes -Orson Welles- en la película “El tercer hombre”, cuando explica por qué no hay que tener compasión de la gente -que se veía ahí abajo de su cabina de noria como simples puntitos negros-: “En Suiza tuvimos 500 años de democracia, y qué tenemos?: El reloj de cuco”.

Sí, qué tenemos en España después de 40 años de democracia?: La generación de los hijos de la Transición, hijos de la democracia, hijos de un dios menor que juega con sus rebaños juveniles en los azufrados patios maravillosos de Monte Pelado, en cuyos subterráneos danzan, beben y fornican como malditos, guiados por los íncubos y súcubos del NOM.

Generación compuesta al alimón por panzerdivisionen donde ninis y niñatos progres marchan prietas las filas, puño en alto, comandadas por coletudos, rufianes y metralleros de toda calaña, tocados con boinas cheguevarianas y barretinas, o con esperpentos de plumas, porque ahí desfilan también las drags, por supuesto, como imposibles marjorettes.

Su patria es la Sodoma roja, la Gomorra bolivariana, la Catalonia de Neverland, territorios a orillas de Españamuerta, allí donde nuestros jóvenes valerosos de antaño acabaron convertidos en muñecos de sal por maldición de una Circe con nombre de Constitución.

Ya lo dice el refrán: “Cría monstruos, que te destruirán España”. Monstruos cuya descripción más exacta se debe a la pluma de Dámaso Alonso, en su rompedor poemario «Hijos de la ira» (1944): «Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres (según las últimas estadísticas) […] Oh Dios, no me atormentes más. Dime qué significan estos espantos que me rodean. Cercado estoy de monstruos […] Bajo la penumbra de las estrellas y bajo la terrible tiniebla de la luz solar, me acechan ojos enemigos, formas grotescas me vigilan, colores hirientes lazos me están tendiendo: ¡son monstruos, estoy cercado de monstruos!».

Efectivamente, estamos ante los hijos de la ira, ante los cachorros de la venganza, que ha engendrado y amamantado a estos joveznos antisistema en las hediondas escombreras de la Patria traicionada.

De qué quieren vengarse estos hijos de la gran democracia? Pues justamente del sistema que les ha criado como cuervos sacaojos, Leviatán que, como un monstruoso Saturno goyesco, devora con toda crudeza gore a sus propios vástagos. Niños mimados, reyezuelos consentidos y regalados por un sistema que quieren destruir, presos de un espectacular síndrome freudiano, casi edipico, con el que quieren matar a su propio padre.

La clave para comprender a esta generación antisistema es partir del hecho de que –después de Lucifer, claro—el primer antisistema conocido fue el Sansón bíblico. Ciego, esclavizado y maltratado por sus enemigos filisteos, se vengó de ellos echando abajo las dos columnas que sostenían un templo, utilizando la hercúlea fuerza que le daba milagrosamente su cabello, aunque también él murió aplastado por el tremendo derribo, cosa que el héroe ya suponía cuando gritó: «¡Muera yo con los filisteos!».
Esta historia bíblica tiene como exquisita conclusión la moraleja de que todo antisistema esconde un suicida potencial, pues sabe que, si derriba las columnas del sistema que tanto odia, también ellos morderán el polvo, cosa que les parece un baladí efecto colateral, pues, como nuevos Nerones, podrán cantar su internacional a pleno pulmón acompañándose de sus perroflautas, mientras contemplan extasiados como arde el Sistema, en medio de la apocalíptica polvareda y el estrépito que ocasiona al caer destrozado, con toda su cacharrería por los suelos.

Este paranoico afán destructivo solo cabe explicarlo desde el trágico fenómeno de que hay que ser muy infeliz para tener como ideal de vida la voladura de una sociedad, a la que pertenecen estos destripadores niniprogres.

Y es que la venganza es fría, y avinagra los rostros de los tuneladores de sistemas.

Según un reciente Informe Mundial de felicidad, España aparece en el puesto 38 entre 150 países. Pero lo más trágico es que somos el sexto país mundial que pierde más felicidad. El porcentaje de población feliz en nuestro país es del 55%, lejos de los que se dan en otros países europeos.

Un conocido periodista contaba el otro día en un artículo que estuvo viajando por España un fin de semana, y durante su transcurso no encontró a ningún español feliz, ya que todos se quejaban amargamente de todo. A este respecto, no se me ocurre una mejor explicación para la catarsis radical que vivimos en España que la frase que escribió en un cartel un restaurante de Madrid, en el cual, en vez de menús, se anunciaba apocalípticamente esta tremenda sentencia: «Somos demasiado jóvenes para ser tan infelices».

Altercados durante la concentración «Rodea el Congreso» el 25-S

Esta pavorosa infelicidad se origina en una de las más relevantes lacras de nuestro pueblo, consistente en la enorme dificultad que tenemos para asumir la culpa de nuestras frustraciones y fracasos, cuya responsabilidad traspasamos con mucha frecuencia al “sistema”, cuando no al Gobierno de turno. Los culpables de nuestros problemas son los otros, los demás, perversa idea cuyo mensaje es el que expresa la cómica frase: «No somos antisistema: el sistema es antinosotros».

Este vicio de echar la culpa a los demás o al sistema tiene su semilla en nuestro pecado capital más insigne: la envidia. Según Vicente Verdú, que ha escrito algunos libros de sociología, «hay dos factores importantes alrededor de la felicidad. Uno es la autoestima: estar bien consigo mismo, tener trabajo, la relación con los demás, sentirse valorado. Y la desigualdad. Lo que hace más infelices a las personas es ver a gente alrededor que disfruta de un estatus superior. La desigualdad lleva a la tristeza y a la criminalidad».

Y a la envidia, un rasgo esencial de nuestra idiosincrasia, perteneciente por derecho propio a la «marca España», como el jamón de bellota y la paella. Y de la envidia al odio no hay más que un pequeño paso, pues éste encuentra su motivación más profunda en la hiel que amarga la vida del envidioso al ver que hay gente que triunfa, que tiene éxito donde él ha fracasado, que tiene más talentos y capacidades que él… que es feliz, en una palabra.

Los antisistema tienen aquí su perfecto caldo de cultivo, pues de este odio nace el rencor contra los que tienen y son más, y desde aquí acaban en todos los «antis» habidos y por haber. En primer lugar, en el anticapitalismo, que expresa una verdad palmaria: el odio hacia todo aquello que los antisistema quieren tener y ser, pero que no poseen y difícilmente poseerán. En una encuesta realizada por IPSOS entre 24 países, se reflejó que el español es el europeo que da más importancia al dinero para la consecución de la felicidad. Es decir, que lo que más envidiamos es el dinero.

Según la psicología, proyectamos sobre los demás lo que no queremos ver en nosotros, con lo cual pasan a ser nuestros enemigos, «nuestros antinosotros». Quien odia el sistema demuestra que su deseo más profundo es formar parte de él. Los anticapitalistas son precisamente aquellos que más adoran el capital.

Pero, en el fondo, estos hijos de la democracia tiene sus razones para sentir un irascible deseo de venganza contra el sistema, pues la sociedad española que surgió a partir de la Transición les regaló toda clase de privilegios y mimos, pero no les transmitió los valores que dan sentido a la vida, que enaltecen a los individuos, que proporcionan la felicidad de tener un ideal por el que luchar que extirpe la ponzoña y la náusea de una vida sometida al absurdo y al sinsentido.

Faltos de valores y principios, ahí los tenemos, cojoneros, inmersos en kales borrokas, organizando sus montoneras en el tuiterio, de mogollón en mogollón, soñando con sus barrikadas, con organizar el Armageddon final un día de estos, durante el cual puedan decir de una vez adiós a este mundo cruel, ahítos de la adrenalina a la que son tan adictos, empujados a las barranqueras del Tártaro por el Coletudo mayor y sus secuaces.

Pero hay más, ya que en estos hijos de la ira late también un extremo afán de venganza contra la España que derrotó avasalladoramente a sus abuelos rojos, derrota cuyo amargo sabor ha pasado como una maligna herencia de padres a hijos, como un estigma, como una llaga putrefacta que quieren cerrar con sus leyes de memoria histórica.

Toda su ira acumulada va dirigida en el fondo contra el sistema que nos legó la prodigiosa España de antes de la Transición, con su maravilloso legado, que hoy estos hijos de la democracia quieren destruir: la familia tradicional, el amor a la Patria, la religión católica, la moral de siempre, nuestra gloriosa historia, nuestras tradiciones ancestrales, nuestras costumbres como pueblo…

Porque nuestros enemigos de hoy no nos asaltan con sus morismas, ni con sus mamelucos, ni siquiera con sus milicianos luciferinos… no, hoy vienen con sus hijos, los hijos de Troya, la generación del cuco.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

Help

WordPress theme: Kippis 1.15