LOS NEGOCIOS INTERVENIDOS Y LA MADRE APOLÍTICA

por Esteban Fernández

Mis amigos de esa etapa inicial castrista– sobre todo Jesús Y. Hernández- me dan crédito por no haber entrado nunca en los negocios y empresas locales después de robo a sus legítimos dueños. El propietario del teatro Campoamor, Ricardo Ortiz me llamó cuando llegué aquí para felicitarme y darme las gracias por no haber puesto ni un solo pie en el cine incautado.

Como ser humano me encanta que otros otorguen méritos, pero tengo que aclararles a los cuatro o cinco amigos que me los dan, y a ustedes, que en realidad los dos únicos sacrificios fueron precisamente Campoamor y Ayala, y para mi padre su sagrada Viña Aragonesa.

Por lo demás la heroína fue mi madre quien gracias a su consuetudinario desdén por la política (que tanto los tres hombres de la casa le criticábamos) campeaba por sus respetos en la bodega, en la tienda, en las carnicerías.

Nosotros podíamos darnos el lujo de ser patriotas y reacios a entrar en las empresas incautadas simplemente porque Ana María Gómez, mi estoica madre, resolvía.

Llegaba pollo a la carnicería intervenida y yo decía con cierta sorna: “Que vaya mami a buscarlo que ella no la interesa la política ni cuando su sobrino favorito -Jaime- era Alcalde…”

Regresaba con cuatro pedazos de pollo y todavía contenta y risueña decía: “Allá me encontré con Aris y Tania Caso, esa muchacha es encantadora”. Fue la primera persona que me dijo que Tania Bermúdez de Caso era súper buena gente. Después todos en California nos enteramos de que era un ángel.

Todavía yo tenía el valor (el descaro) de increparla: “Mami, ¿cómo tú puedes ir a esa bodega que le robaron a Joseíto Márquez?” y ella se sonreía y me decía: “Bueno, y bien que te comiste las papas que les traje de allí”.

Invariablemente me leía la cartilla: “Hoy viene un pariente mío a visitarme que es fidelista, no quiero que formes líos ni hables de política”. Yo le contestaba: “Bueno, si él no dice nada yo tampoco, pero adviértele que vestido de miliciano no puede entrar a esta casa”. Se encogía de hombros.

Ella jamás dejó de hablarle a nadie ni por ser revolucionario ni contrarrevolucionario. Ese tema ella no lo tocaba, y gracias a eso pudimos, a duras pena, comer y subsistir.

Y cuando “la caña se puso a tres trozos”, cuando ella no pudo resolver más, se fue a la casa de sus sobrinos Julita Quintero y su esposo “El Chileno” y les dijo: “Todos los días a las 6 de la tarde les envío a Estebita y Carlos Enrique para acá para que coman”. Y ellos dijeron: “Esta bien tía, lo que tú digas”.

Así es que, si yo no pisé una sola propiedad intervenida, no me aplaudan, aplaudan a Ana M. Gómez.

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