LOS PREMEXICANOS Y EL TRIUNFO DE LÓPEZ OBRADOR

Imagen ilustrativa: Gobierno de México.

Por Jorge Santa Cruz (*)-Sin Compromisos. La otra Historia

En octubre de 1964, el periodista e historiador mexicano Salvador Borrego E. publicaba la primera edición de su historia de México, titulada América peligra.

Borrego identificaba —hace 55 años— que México contaba con una minoría dotada de conciencia de nacionalidad (el mexicano); con otra minoría consciente pero negativa (el antimexicano), y con una mayoría sin esa conciencia de nacionalidad (el premexicano).

Con eso cálculo matemático que lo caracterizó siempre, anticipó incluso que el futuro de México sería definido por la mayoría de premexicanos.

«Los dos grupos minoritarios —explicaba— son los activos y los que de tiempo en tiempo chocan mutuamente y arrastran consigo contingentes más o menos numerosos de la masa premexicana, atraída por destellos de verdades o por el falso brillo del engaño.

»El mexicano se distingue por el rasgo propio de aquilatar el bien de México como un factor importante de su acción, en tanto que el antimexicano persigue el bien personal como meta y justificación de todas sus acciones, Pese a los fracasos sufridos, el mexicano es idealista y no ha perdido la llama de la fe; distingue causas justas e injustas y está presto a luchar por las primeras. El mexicano es de fría desilusión y no busca lo justo o lo injusto, sino la conveniencia a su egoísmo, al cual disfraza y justifica como sentido práctico.

»Para el mexicano cuenta más el ideal y para el antimexicano el Poder; de ahí que éste no se incline a ninguna causa que no ofrezca seguridades de victoria inmediata, en tanto que aquél sacrifica los logros materiales en aras de los valores morales.

»En el torbellino de la confluencia de las sangres indias e ibéricas, el mexicano representa la síntesis que no naufragó en la borrasca y que emergió con sentido armónico; que no conservó en su espíritu el recuerdo angustioso de la derrota india ni el rasgo rapaz del vencedor. Y el antimexicano es el fracaso de esa unión, es el fruto inarmónico que perdió la fe en lo nacional y se refugió en el cinismo del bienestar puramente material. Grupo de rapiña que no siente obligaciones y que cuando se acerca a las masas es para usarlas de ariete o fortín». (1)

¿Y dónde queda la gran masa premexicana? ¿Y qué papel le corresponderá jugar en la historia. Borrego contestó así en 1964:

«Entre estos dos polos, hermanos por la sangre y rivales por el espíritu, vegeta la masa del premexicano, población inerte heredera de un torbellino de influencias raciales que aún no cristalizan en conciencia nacional. En este grupo yacen energías formidables que al rezumarse a través de las generaciones buscan su propio equilibrio e integración». (2)

Borrego veía —hace once lustros— que esa masa premexicana no se hallaba exteriormente en acción y que no se dirigía a ningún punto. Sin embargo, advertía lo siguiente:

«La existencia casi vegetal del premexicano ha sido factor preponderante en las desgracias de nuestra historia. Pero aún no termina la lucha y está por decidirse si esa fuerza neutra, aparentemente petrificada, se volverá positiva aliada del mexicano o se tornará cautiva y dañina en poder del antimexicano». (3)

López Obrador y la masa premexicana

En octubre de 1964, cuando América peligra vio su primera edición, el PRI gobernaba de manera absoluta. El sexenio de Adolfo López Mateos (1958-1964) tocaba a su fin y se aprestaba Gustavo Díaz Ordaz a tomar las riendas del poder.

El país había encontrado la estabilidad, aunque era lastimado de manera cotidiana por los abusos de los caciques priistas y por los alzamientos guerrilleros de marxistas, leninistas, trotskistas y maoístas.

La propaganda oficial giraba en torno a las traidoras figuras de Juárez, Calles, Obregón y Cárdenas. El ritual revolucionario se deshacía en elogios para Madero, Carranza, Villa, Zapata…

Los libros de texto gratuito acusaban de todo y por todo a la Iglesia católica y lastimaban la fe de la inmensa mayoría de la población. El premexicano vivía entonces en la indolencia.

La traición del alto clero al Movimiento Cristero (25 de junio de 1929) era la causa directa de tal comportamiento. Y es que cuando el Movimiento Cristero —verdadero intérprete de la religiosidad popular— fue paralizado desde los más altos cargos eclesiásticos, el interés por la situación nacional se convirtió en dolida resignación para gran parte de la población.

Es importante aclarar que toda generalización es peligrosa. Por supuesto que entre los 30 millones de votantes que tuvo AMLO figura gente informada; se debe reconocer, sin embargo, que también hubo votos de personas que acudieron a las urnas más por emoción que por convicción. Hablamos de compatriotas que se dejaron mover por las oleadas de propaganda y que depositaron su sufragio con toda la buena fe.

Para 1964, el nacionalismo mexicano —fomentado desde Estados Unidos para oponerlo al poderío nacional-socialista de Alemania— comenzaba a estorbar y era necesario terminar con él. Hitler ya no existía pero México era el interlocutor natural de América Latina con Washington. Tal circunstancia molestaba al poder blanco, anglo-sajón y puritano.

Las matanzas del 2 de octubre de 1968 y del 10 de junio de 1971, que vinculan innegablemente a Luis Echeverría Álvarez, dieron pauta para iniciar la campaña de desprestigio contra las fuerzas armadas mexicanas.

La familia mexicana fue puesta bajo ataque. Las recurrentes crisis económicas y el control de la natalidad se vieron reforzadas por una incesante difusión de pornografía y por movimientos guerrilleros organizados desde las universidades mexicanas.

Los abusos y excesos de los gobiernos socialistoides de Luis Echeverría Álvarez (1970-1976) y de José López Portillo (1976-1982) facilitaron la imposición del neoliberalismo depredador. Se pasó entonces de la psicosis colectivista al más descarnado egoísmo.

Miguel de la Madrid (1982-1988), Carlos Salinas de Gortari (1988-1994), Ernesto Zedillo Ponce de León (1994-2000), Vicente Fox Quesada (2000-2006), Felipe Calderón Hinojosa (2006-2012) y Enrique Peña Nieto (2012-2018) impusieron la dictadura del «cuánto tienes, cuánto vales». Y así, prepararon el camino para el consumador de la desgracia nacional absoluta: Andrés Manuel López Obrador.

A la par, los medios de comunicación y los empresarios del «entretenimiento», se dedicaron a fomentar el consumismo y el mal gusto. El sistema se cuidó de crear un andamiaje jurídico con el que se protege ahora de las críticas, a las que califica de «intolerancia, discriminación y campañas de odio».

Los ritmos tribales africanos y los rituales esotéricos del vudú entraron en los hogares mexicanos como cuchillo en mantequilla. Hoy, conviven con los narcocorridos y el «perreo».

Esta eficaz ofensiva dio sus frutos el 1 de julio de 2018, con la elección de Andrés Manuel López Obrador como Presidente de la República.

El nuevo mandatario se dispone a cumplir el sueño de Valentín Gómez Farías, «precursor de la reforma juarista» de convertir a México en un apéndice protestante de Estados Unidos. (Echeverría Álvarez y sucesores hicieron de México una simple gerencia de Estados Unidos).

Pero López Obrador quiere más:

  1. Acabar con la familia mexicana. Para ello, tiene en Gobernación a la abortista Olga Sánchez Cordero que comenzará a operar pronto la «democratización familiar».
    2. Desdibujar la cultura mexicana mediante la migración indiscriminada.
    3. Controlar a niños, jóvenes y adultos mediante becas de miseria.
    4. Legalizar el consumo de drogas.
    5. Liquidar al Ejército, Fuerza Aérea y Marina para poner fin al patriotismo mexicano y copiar el modelo de Nicolás Maduro en Venezuela.

López Obrador tiene a una importante masa de premexicanos de su lado. Los ha cautivado con su discurso falso pero meloso y con su postura mesiánica. Todo parece indicar que el sórdido pero eficiente trabajo de los antimexicanos está por redituar los frutos finales.

La minoría mexicana, ajena al capitalismo globalista y al comunismo, tiene la palabra: ¿bajará los brazos o gritará de nuevo «¡Viva Cristo Rey!».

No falta mucho para que lo sepamos.

Bibliografía

  1. Salvador Borrego E. América peligra. (México: edición del autor, 1998), 20.
  2. Ibid.
  3. Ibid.

(*) Periodista mexicano

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

Help

WordPress theme: Kippis 1.15