LOS QUE SE FUERON Y LOS QUE SE QUEDARON

Por, Vicente P. Escobal-Especial para Nuevo Acción 

¿Hacia dónde marcha Cuba? ¿Qué puede esperarles a los cubanos de la isla luego del sarcástico cambio de mando – más cosmético que real – y la aprobación de una constitución plagada de ambigüedades jurídicas y un sinnúmero de arbitrariedades que sólo servirán para echar fuego en la hoguera de ingenuos, hipócritas y farsantes? ¿Tiene realmente el sistema implantado a los cubanos a golpe de porrazo la capacidad y la habilidad de satisfacer todos – absolutamente todos – los anhelos de los nacidos en la isla, especialmente la libertad?

Próximamente la dictadura cubana celebrará sus sesenta aniversarios de anarquía, catástrofe y muerte. Más de medio de siglo donde la impotencia del régimen para enfrentarse con los grandes desafíos nacionales, la ausencia de instituciones sólidas con compromisos reales con la sociedad y el fracaso de un proyecto irresponsable y aventurero, conforman un escenario donde el fracaso está garantizado.

¿Es inocente, acaso, el pueblo de Cuba?  ¿Hasta dónde llega el nivel de su responsabilidad? ¿Han sido consecuentes con la historia las últimas generaciones de cubanos? Los cubanos del exilio – “los que se fueron” – reciben toda suerte de epítetos ofensivos y degradantes, acusándolos de no haber enfrentado la dictadura, de haber huido, de no ofrecer la más mínima resistencia.  ¿Y qué han hecho los que se quedaron?

Los que se quedaron – dicho en otros términos para no ser injusto – la mayoría de los que se quedaron, lo único que han hecho es fortalecer a la dictadura, brindarle su apoyo, aplaudir como animalitos amaestrados y apoyar cualquier barbaridad que incluso comprometiera sus más legítimos intereses. No conozco un pueblo en la región que haya soportado más humillaciones, más escarnio y más iniquidades que el cubano. Un pueblo que pidió paredón para sus compatriotas inocentes, un pueblo que se ha resignado a alimentarse de migajas, un pueblo convertido en parásito cuya existencia depende de las remesas que paradójicamente le envían los que se fueron. Un pueblo que ha aceptado como legítimo que sus hijas se prostituyan por bagatelas. Un pueblo al que le robaron sus propiedades y comprometieron su dignidad.

Los que se quedaron tantas veces oyeron decir que el socialismo es sinónimo de democracia que lo creyeron sin percatarse que aquel sistema controla el poder político y económico, la cultura y hasta las costumbres, proclama las leyes y las aplica a su antojo y cuando se producen pálidos atisbos de presiones sociales y el aparato “legal” no es suficiente para entrar por el aro a los protestantes, entonces aparecen el palo y el garrote. Lo imperdonable es que – aunque duela reconocerlo – son las masas fanatizadas las encargadas de perpetuar y reforzar el sistema, rindiéndose ante él.

Dice un viejo refrán que “el esclavo hace al amo”, y lamentablemente la mayoría de los cubanos de la isla han otorgado una trágica realidad a esa sentencia.  No se trata, bueno es subrayarlo, de un pueblo sin historia, sin cultura, sin hombres y mujeres que lo dieron todo, incluso la vida, por resguardar la libertad y la decencia.

Y un vistazo retrospectivo a los últimos sesenta años impone una conclusión sobrecogedora: Cuba ha vivido estas seis décadas bajo una colosal tragedia de principios, de dignidad, de ética y de valores. Suele decirse que el hambre no genera estallidos sociales y que las masas hambrientas solamente aspiran a saciar su apetito o a huir.

¿Se ha verificado en Cuba esta vergonzosa realidad?

Sea cual sea la justificación o el grado de implicación del pueblo en el desastre al que se ha dejado arrastrar, fue justamente ese pueblo el que aceptó dócilmente los paredones de fusilamiento, el racionamiento de los alimentos, las prisiones políticas, la violación de sus derechos más elementales, la expropiación forzosa de sus propiedades y la represión.

A Fidel Castro y sus cómplices se les acusa con absoluta justicia de haber impuesto sobre la nación cubana el terror como forma de gobierno. Pero muy pocos se han detenido a meditar que un grupo de desalmados no puede gobernar si no cuenta con el apoyo mayoritario de sus súbditos.

Con mucha frecuencia se intenta justificar la inercia del cubano y su irracional comportamiento producto del terror desatado por el régimen, a la presencia de un policía en lo más profundo de la conciencia ciudadana, a ese miedo inexplicable que corroe el alma y paraliza al más valiente.

Siendo así habría que preguntarles a los balseros si le temen más a un policía que a un tiburón. Si no sienten miedo cuando asaltan a un turista o cuando por sustraer un poco de comida de su centro de trabajo pueden recibir una larga condena.  Según los especialistas en temas relacionados con el comportamiento humano, el miedo tiene un componente irracional, cuanto más conocimiento tienes, menos incertidumbre te generan las situaciones que debe enfrentar el ser humano. Y nos tienen hartos con la cantaleta de que el cubano es un pueblo desbordado de conocimientos.

Los mambises que a puro machete enfrentaban los fusiles del colonialismo seguramente sintieron miedo, los estudiantes universitarios que desafiaban en la década de 1950 los chorros de agua y las balas, no hay duda de que sintieron miedo, Hatuey debió sentir un miedo atroz cuando las llamas de la hoguera comenzaron a calcinar su piel, José Martí probablemente sintió miedo cuando subió a un caballo y enfrentó la muerte. Nuestros prisioneros políticos en algún momento debieron sentir el miedo rondando en sus celdas. Nuestros fusilados seguramente fueron presa del miedo cuando presagiaban que en unos pocos segundos iban a enfrentar el criminal disparo. Y hasta el domador de leones es invadido por el miedo cuando entra a la jaula para plantar cara la muerte. ¿Que ha de sentir el torero?

He leído una interesante tesis  donde se plantea que alrededor del noventa y cinco por ciento de aquello a lo que le tememos carece de sustentación. El resto son cosas simples con las que debemos acostumbrarnos a vivir. Muchos de nuestros miedos no están basados en hechos sino en sentimientos. Pareciese que muchos de nuestros miedos se sustentan en falsas expectativas.

Harry Truman dijo: “El peor peligro que enfrentamos es el peligro de ser paralizados por la duda y el temor”¿Cuáles serían los sentimientos del presidente Truman cuando ordenó lanzar bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki?

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