LOS SOCIALISTAS ESPAÑOLES, SIN CABEZA Y SIN DECORO

Por, Sertorio– El Manifiesto

Hay que ser vil para proclamar como gran éxito de un gobierno la profanación de la tumba de un hombre muerto hace casi medio siglo y que, ya en el momento de su fallecimiento, era considerado historia por buena parte de los que lo vivieron, que tenían edad suficiente como para ser sus nietos. Hasta que a un oportunista sin cerebro ni principios se le ocurrió la idea de violar la sepultura de Franco, España había evitado con bastante buen sentido espectáculos tan denigrantes como el que hemos podido contemplar, retransmitido a todo el mundo. Es como si el gobierno italiano festejara todos los años el asesinato de Mussolini y el escarnio de su cadáver en la Piazza Loreto de Milán. Estos son los “triunfos” de nuestra izquierda, la que nunca pudo con Franco vivo y necesitó de más de cuarenta años para atreverse con Franco muerto y enterrado. Ejemplar valentía, la de un PSOE incapaz de tomar el control de las calles de Cataluña y de frenar la ofensiva del separatismo en un frente cada vez más amplio, que va de Vizcaya a Mallorca, y del que los propios socialistas son cómplices. ¿Cómo va a poder este partido de mindundis e irresponsables controlar las fuerzas centrífugas que él mismo está desatando?

La huesa de Franco es una pieza mucho más fácil de cobrar, sin duda. Con esta rufianesca lanzada a moro muerto, digna de la cobardía, la incapacidad y la idiotez del “doctor” Sánchez y de la caterva de logreros, charlatanes e incompetentes que llamamos “Gobierno”, la España actual queda retratada como el pozo de infamia y de inmundicia moral en que se ha convertido tras treinta años de consenso socialdemócrata. La valentía de Sánchez consiste en violar una basílica, cuyo interior es territorio vaticano, y ocuparla por un destacamento armado hasta los dientes frente a la “terrible” amenaza de una apacible comunidad de benedictinos. Fuerza pública que, creemos, habría sido de mayor utilidad en Barcelona que en Cuelgamuros.

No sólo actúan los socialistas con su vileza acostumbrada. También se regodean en el despropósito: para evitar el “culto” a la figura del Caudillo, trasladan su cuerpo del lejano Valle de los Caídos a sesenta kilómetros de Madrid, a Mingorrubio, en las afueras de la capital, en un entorno lleno de merenderos y naturaleza que invita a la excursión dominguera. También se mencionaba que el Estado no podía mantener a un dictador en un “mausoleo” que paga el contribuyente. Bueno, pues es el propio Estado el que ha comprado la tumba de Franco en El Pardo y le está pagando un mausoleo particular. Además, los gastos de la profanación legal del sepulcro del Generalísimo suman un monto tal de dinero que, con esa cantidad, se podría haber mantenido la tumba de Franco en el Valle durante siglos. El Gobierno no sólo pisotea la reconciliación entre los españoles, no sólo humilla sin motivo a una familia a la que ha privado de los derechos más elementales, no solo infringe los concordatos, los códigos y los principios mínimos del respeto a las cosas sagradas, no sólo infama a la España nacional, no sólo ofende la memoria de los que lucharon contra el gobierno criminal, ilegítimo y genocida del Frente Popular, sino que también insulta a nuestra inteligencia. No hay charco ni barrizal en el que no hayan hozado estos botarates.

Quien estas líneas escribe conoce y ama a Rusia, país cuya historia y cultura le interesan vivamente. Allí, de manera natural, conviven los monumentos al genocida Lenin y las estatuas del almirante Kolchak o del general Wrangel. Incluso los cosacos del Don han levantado un monumento al atamán Krasnov, lo que no impide el merecido culto en los memoriales de Stalingrado. Cuando algún progre (por suerte, allí no abunda el imbécil académico de estilo anglosajón) se burla de la manera que aquí es tan habitual de personajes tan diferentes como Stalin o Nicolás II, no le van a dejar de llover los pescozones por parte de todos los rusos, tanto rojos como blancos. Y, desde luego, a nadie se le ocurre remover las cenizas y los monumentos que ya son historia. Stalin reposa en el cementerio del Kremlin, Nicolás II en la iglesia de Pedro y Pablo de San Petersburgo, el general Kappel fue enterrado con todos los honores en Donskoi y las enormes fosas comunes del estalinismo siguen sin abrirse. Sólo en Moscú hay miles de cadáveres soterrados a la vera de las antiguas “explanadas de fusilamiento” bolcheviques. La Lubianka, en pleno centro de Moscú, permanece en pie, monumento ejemplar de lo que significa el poder absoluto de la izquierda. Se reconstruyó todo lo que la bestialidad comunista destrozó, pero (salvo pocas e inevitables excepciones) no se tiraron ni los símbolos ni los monumentos de la ideología más criminal de la historia, la que en España se ensalza día sí y día también por profesores y artistas. Los rusos saben que todo eso es historia, que sus lecciones deben ser aprendidas a la libre manera de cada uno y de que debe dejarse a los muertos la tarea de enterrar a los muertos. Y nunca, nunca, nunca se le falta el respeto a la propia historia ni se usan los cadáveres para humillar al adversario y dividir al país.

Pero Rusia es un Fénix que surge con vigor renovado después del infierno rojo. España es una casa cuyos cimientos conmueven sus propios inquilinos, una familia vuelta contra sí misma, una nación envilecida, prostituida, arrastrada y humillada por quienes hoy presumen de tan mezquina “victoria”. España es una sociedad degradada que tolera semejantes espectáculos y en buena medida los aplaude. Y las fuerzas que deberían llamar al orden, a la decencia y al respeto más elemental por la historia, esas fuerzas callan, como un acobardado y miserable tropel de eunucos. Monarquía, obispos, jueces, ejército, por no hablar de la presunta derecha política… Son ellos mucho peores que esa izquierda zarrapastrosa, corrupta, zafia y cínica que les atemoriza. Si el mal prevalece, es porque los buenos dimiten y se esconden. Y su cobardía los hace peores que los malos.

La España actual es un perro que vuelve a su propio vómito, al horror del 36 y de la penosa República del 31, ese aborto político que sólo produjo desastres, ruina y matanzas, esa máquina de odiar que tanto ignorante descerebrado reivindica.

Y Sánchez, sin duda, obtendrá los miles de votos que la mala ralea de este país siempre está dispuesta a otorgar a quien le promete revancha y alimenta su resentimiento. Y más si es con tan poco riesgo. Sánchez ya ha perpetrado su “hazaña”, la única de la que se puede permitir el dudoso gusto de alardear. Lo que le espera, el legado que nos va a dejar este zoquete audaz pero sin luces, no le va a colocar en un buen lugar en la historia: crisis económica, ruptura de la unidad de la patria y disolución de las estructuras esenciales de la sociedad, de las bases de nuestra cultura, del ser mismo de España. Resulta difícil de asumir, pero sólo puede ser tan nefasto y tan malvado alguien absolutamente imbécil.

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