LUCHA EN EL CUADRILÁTERO

Por Carmelo Diaz Fernández-Especial para Nuevo Acción

El verbo “luchar” ha cambiado su significado en Cuba. Luchar puede ser, según el caso, robar una bicicleta, perseguir a los turistas para venderles cualquier objeto, ejercer la prostitución o “jinetear”, recoger apuestas para la “bolita” o lotería ilegal, en fin, delinquir de cualquier manera para ganarse el sustento diario. Puede considerarse una forma de lucha.

José García, alias Malanga, natural de La Habana, y administrador de un puesto de viandas. Y Edelmiro Duvergel, oriundo de Santiago de Cuba, quien reside en la capital del país sin domicilio reconocido, desempleado, y a quien todos llaman “La Calle”, decidieron luchar a su manera enrolándose en el boxeo.

El destino los enfrentó en el cuadrilátero. Ambos confiaban en el triunfo. Tanto Kid Malanga como Kid La Calle se habían entrenado a fondo. Comenzó la pelea y Malanga fue el primero en impactar a su oponente con un Jab a la cara y a partir de ese momento no dejó de lanzarlo una y otra vez porque le habían asegurado que La Calle era rápido de manos pues cartereaba a cualquiera tanto en la guagua, en las marchas del pueblo combatiente como en las colas del pan.

La Calle también tenía información técnica de su rival, por lo que esquivaba el intercambio de golpes, pues Malanga era excepcional en esos lances: lo mismo intercambiaba viandas y frutas por pescado con el carnicero del barrio que por carne de dieta o algún pedazo de jamonada, sin descontar los trueques de arroz y frijoles con el bodeguero. Además, Malanga posee una gran esquiva porque siempre evade a los inspectores y se comenta que hasta los soborna.

El árbitro se percató de que ambos púgiles se temían y los requirió. Les dijo que había que luchar. Por cierto, el árbitro también tiene su historia: se dedicaba al “garrote” es decir, prestar dinero con altos intereses.

Finalmente, Malanga y La Calle decidieron luchar lanzándose realmente al combate. Malanga atacó tirando derechazos a la cabeza de La Calle y ganchos a su estómago porque le dijeron que éste no comía ni dormía bien, de ahí el sobrenombre.

Pero, grave error, Malanga cayó en el cuerpo-a-cuerpo con La Calle porque olvidó, aparentemente, la rapidez de manos del santiaguero quien comenzó a marcar golpes abajo y arriba con tremenda velocidad: probablemente recordaba como extraía carteras de los bolsillos de las camisas y los pantalones, lucha en la cual hasta ese momento había estado invicto.

Por su parte, Malanga miraba desesperadamente hacia la esquina pidiendo orientación a sus entrenadores. Desde el público dos paisanos, ambos empleados del puesto de viandas, le gritaban a toda voz: «¡Arriba, Malanga! ¡Métele un viandazo por la cabeza! ¡Acaba con el maldito santiaguero! ¡Recuérdale que está en La Habana robando y buscando lios! ¡Mándalo pa’Santiago de Cuba!»

Pero Malanga calculó mal la lucha y la carne, la jamonada, el pescado, las viandas y el arroz con frijoles se les fueron para los pies y solo atinaba a correr por el cuadrilátero huyéndole a La Calle.

Sin embargo, desde la esquina llegó la sabia indicación de los entrenadores de Malanga. El habanero obedeció las instrucciones y acercándose a La Calle le susurró al oído «Tírate, tírate, pa’la lona, déjate caer, que te voy a pagar bien, ¡que va a decir la gente si pierdo la lucha contigo!». La respuesta de La Calle no se hizo esperar: «No, Malanga, yo no soy el inspector que tu sobornas, estoy “luchando” aquí en La Habana hace mucho tiempo y esta es mi oportunidad porque yo también quiero ser administrador para robar bastante».

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