MAS SOBRE FRANCIS PARKER YOCKEY Y SU LIBRO “IMPERIUM”-V

Por Willis A. Carto

Yockey (foto de arriba) rechaza esta hipótesis y, como cabal spengleriano, prevé el final de Occidente. Pero puede argüirse que la introducción del concepto orgánico en la filosofía y teoría históricas, añadido al dominio sin precedentes sobre la Naturaleza que Occidente ha logrado y las infinitas posibilidades de ésto ante el futuro permiten sostener la suposición de que el organismo occidental no debe sufrir necesariamente el mismo Destino que otras culturas que le precedieron y que no poseían su conocimiento. En otras palabras, ahora disponemos del concepto adecuado, gracias a Spengler, por primera vez en la Historia, hemos identificado la patología de la Cultura, gracias a Yockey. Y, además, la técnica Occidental ha creado unos medios físicos singulares para ser aplicados al problema.

Profundizando algo más en este examen, podemos decir que la Cultura Occidental supera a todas las demás que aparecieron en la Historia, en los siguientes aspectos:

(1) La obsesión por los hechos de la Historia.(2) El desarrollo del concepto orgánico de Cultura, y el reconocimiento de su patología.(3) El desarrollo de la ciencia y la alta técnica. Dominio del microcosmos y del tiempo, del macrocosmos y del espacio.
Ocupémonos ahora de la ‑hasta ahora‑ última y, según Spengler, “inevitable” fase de una Cultura: la imperialista. En primer lugar, es en esta área donde la teoría spengleriana aplicada a “la aventura de predecir la historia”, parece vacilar, pues Occidente está atrasado en su itinerario. Yockey cuenta ésto y lo atribuye a la influencia retardaria del Dinero. Es probablemente cierto. La cuestión es, si el Dinero puede perturbar el ciclo, ¿no pueden hacerlo otras cosas también?

Aquí debe hacerse hincapié en otro factor sin par relativo a la situación occidental. El caso de la sobreproducción es un hecho de la vida diaria que casi todos los sectores de la opinión política están poco dispuestos a reconocer. No obstante, esta es una opción fundamental para la Humanidad, con implicaciones difusas. Hasta ahora, la esclavitud era necesaria para mantener un nivel de vida elevado. (Y, naturalmente, la esclavitud ha sido siempre justificada por la religión y la ley cuando se ha revelado económicamente deseable). Así llegaron las conquistas extranjeras cuya finalidad era la explotación. Este ya no es el caso. El principal problema económico para Occidente es disponer de su exceso de producción, y no alimentar y abrigar a sus masas. (Esta elemental verdad es conocida por todo sedicente “trabajador” pero ha escapado a la observación de teorizantes y economistas tanto de la Derecha como de la Izquierda). La superproducción y la técnica, entonces, parecen haber suprimido el imperativo económico del imperialismo. Finalmente, la bomba atómica y sus todavía más terribles descendientes han disminuido infinitamente el uso de la guerra como instrumento de la política nacional. Desde estos puntos de vista, el imperialismo como política de lucro está tan muerto como la trata de esclavos y el acorazado. Y si el imperialismo no debe llevarse a cabo como una deliberada política de lucro, ¿desde qué punto de vista debe realizarse? ¿Fervor religioso? ¿Entusiasmo popular por el Capitalismo? No, la época de las Cruzadas ha pasado también para Occidente. Ya no veremos a Occidente marchar a la conquista del mundo de ningún otro modo que el de Wall Street y el Cuerpo de la Paz… a menos que la necesidad de colocar nuestros productos pueda ser resuelta solamente en “la guerra, la solución del cobarde para los problemas de la paz .

Ahora, si se debiera objetar que las anteriores consideraciones tienen sabor al aspecto causal de la historia ‑contra el que Yockey prorrumpe en invectivas‑ y afirmar que la última fase de nuestra Cultura está sujeta a fenómenos puramente espirituales, yo me atrevería a sugerir la posibilidad de un error de cálculo de Spengler derivado de una falsa interpretación de sus propios datos y teorías que, observados desde un punto de vista ligeramente diferente, no solamente aclaran el significado de la teoría a la luz de los hechos presentes, sino que la confirman completamente. El espacio nos permite aquí un ligerísimo esbozo, a riesgo de que sólo nos comprendan los que estén iniciados en los misterios del spenglerismo.

El método de Spengler (foto) consistió en mostrar la correlación de todos los aspectos de la historia de un organismo cultural. Como ya sugiere el citado texto de Friedell, Spengler extrajo analogías de elementos aparentemente diversos de una Cultura, a cada uno de los cuales le da forma y significado el “zeitgeist” (espíritu de la época) que es la creación del alma cultural en su Destino particular. De ahí que, en su búsqueda del pasado, él viera como etapa culminante la que se expresara a sí misma espiritualmente como universalismo. En el terreno de la religión, deviene una “segunda religiosidad” empezando como un conglomerado de sectas y cultos que nadie toma en serio pero con el que todos se sienten identificados. (Esto es lo que tenemos hoy en día. Se le llama “evangelio social” y se manifiesta de mil maneras, tanto profanas como sagradas. No es verdadera religión, sino cultismo.) Finalmente esta anarquía se estabiliza en la forma de una religión generalmente aceptada y genuina… y nos encontramos a unos 200 años de distancia de ésto. En el terreno de lo económico está el “big business” y el creciente poder del Dinero, que, en todo caso, es finalmente doblegado por la fuerza de la política. En Arte, el “zeitgeist” se expresa con la importación de formas exóticas de arte y en absurdas tentativas carentes de significado alguno, excepto la de una degeneración natural de las formas nativas. Finalmente, en la perspectiva exterior, existe el imperialismo, la expansión militar.

Podemos ver claramente que todo esto se está cumpliendo exceptuando la última etapa. ¿Por qué? Simplemente porque la sujeción de la técnica al servicio de Occidente y el dominio de la economía en Occidente ha sublimado esta etapa de universalismo espiritual de imperialismo militarista en otras formas de expansión. Realmente, nunca ha habido antes un ejército tan agresivo de expansionistas sin armas y de imperialistas pacifistas. Los fanáticos del gobierno mundial pululan en todo Occidente. Esta gente, y otros, abogan firmemente por las Naciones Unidas ‑un anacronismo que no puede ser eficaz en relación a los propósitos que dice propugnar‑ y no obstante, el apoyo a este peligroso fósil es una cuestión de moralidad personal para millones de personas. El Zeitgeist se refleja siempre en definiciones, y así es el máximo insulto que se puede hacer hoy día a un hombre blanco es ser llamado “aislacionista” o  “nacionalista”. Los blancos deben ser todos partidarios del “comercio libre”, “internacionalistas” y “cosmopolitas”, y, ¡cómo admiramos al ciudadano del mundo!, sea ésto lo que fuere. Nuestra vista está intensamente enfocada lejos de nuestras fronteras; es mucho más fácil, según hemos descubierto, resolver los problemas de los extraños que los nuestros. Los pueblos no‑occidentales no tienen tantas luces como nosotros, y lo excusamos vehemente, utilizando un recientemente descubierto doble‑patrón cristiano que constituye una marca de moderna superioridad moral, como pertenecer al Club de los Libros Clásicos o contribuir a la Colecta Pro‑Colegio Negros.

¿Qué ha causado más sufrimientos ‑pregunta Nietzsche‑ que las locuras de los compasivos? Es bueno para los pueblos de color ser nacionalistas; de hecho, nosotros les animamos a serlo y tomamos los Bonos de Israel con un cálido sentimiento de hacer una buena acción. Estamos contentos cuando los pueblos de color y los judíos exhiben su “orgullo racial”, el pecado mortal y el tabú de nuestro puritano ambiente. (Incidentalmente, ¿por qué en nuestra luminosa época se pueden discutir todos los temas, menos uno? El Ateísmo es, ahora, un sujeto aburrido. El Marxismo es más aburrido todavía, después de cien años de popularidad. Un nuevo paso nos ha llevado del simple sexo al sadismo y la perversión; incluso el Marqués de Sade está perdiendo colorido. ¿Qué chispeante tópico de conversación ha quedado por discutir desde que los igualitarios han traído las bendiciones de la democracia? Solamente un tema no puede ser discutido en una reunión educada: la raza).

Los héroes de Wall Street obtienen la mejor cosecha de esta clase de “imperialismo”, y hoy, pequeños y grandes inversores se interesan en inversiones extranjeras que reciben ventajas fiscales con relación a las inversiones domésticas (Favoritismo Fiscal: el criterio definitivo de nuestra democracia) ‑o abogan por la “ayuda al extranjero” no olvidándose de estipular, naturalmente, que una parte de este truco de disponer de nuestro exceso de producción sea asignada a sus propios productos. La ultimante expresión de este imperialismo militante de pistola de juguete es el hilarante aunque profundamente simbólico “Cuerpo de la Paz” (3), la verdadera expresión del zeitgeist. He aquí el verdadero símbolo de hoy: una creación típicamente americana de abismal estupidez con buenas intenciones y la incapacidad de aquilatar los sentimientos de los demás juntamente con una ilustrada codicia.

No; no necesitamos imperialismo mientras dispongamos de líderes como Mennen Williams y Adlai Stevenson; sabios como Eleanor Roosevelt y Arnold Toynbee y altruistas como Herbert Lehman James Warburg y Douglas Dillon para resolver nuestros problemas.

Para proseguir esta encuesta sobre la viabilidad de Spengler hoy día es importante suscitar una cuestión de la que no se oye hablar con frecuencia, gracias a los proveedores de la libertad y la democracia. Los neo‑spenglerianos que están al corriente del aspecto racial de la historia (llamémosles “racistas” para llamarles algo) mantienen que la fase “final” de una Cultura ‑la etapa imperialista‑ es la última solamente porque el organismo cultural destruye su cuerpo y mata su alma a través de este proceso.

Evidentemente, si debemos extraer analogías entre culturas y organismos debemos admitir que el alma del organismo muere solamente porque se produce la muerte del cuerpo. El alma puede enfermar ‑el alma occidental está ahora enferma, tal vez mortalmente‑ pero no quede morir a menos que el mismo organismo muera. Y ésto, apuntan los racistas, es precisamente lo que ha sucedido a todas la culturas precedentes; la muerte del organismo es el resultado natural del suicida proceso del imperialismo. (Continuará)

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