MAS SOBRE FRANCIS PARKER YOCKEY Y SU LIBRO “IMPERIUM”-VII Y FINAL


Por Willis A. Carto

He aquí la razón real que trae la “inevitable” decadencia y destrucción de un organismo cultural. Es porque, en un cierto momento, una Cultura desarrolla un “mal caso” de universalismo. Hablando patológicamente, a menos que este se sublime hacia canales sin peligro mediante un tratamiento adecuado, causará inevitablemente la muerte del organismo a través de la absorción de microbios extraños.

Por lo tanto, es el producto resultante natural del universalismo quien mata al organismo; ¡la muerte del organismo, por sí mismo, no es natural ni necesaria! A esta conclusión se llega mediante una síntesis de los enfoques spenglerianos y racistas. El uno atempera al otro; juntos, pueden desarrollar una comprensiva y esperanzadora teoría de la historia que tienen un hondo significado para los occidentales de hoy. A toda costa, la fase imperialista de nuestro desarrollo debe ser evitada, y debemos tomar nuestras medidas contra la digestión de cuerpos extraños que hemos ya parcialmente absorbido. Occidente no debe necesariamente morir si aprende a sublimizar la presente etapa “universal” de Occidente en algo más constructivo que no solamente satisfaga el “inevitable” anhelo que ahora despliega Occidente hacia la expansión y el universalismo sino que, al mismo tiempo, le provea de una base para continuar su desarrollo. ¿Qué puede ser?

Brillando débilmente sobre el naufragio de siete Culturas, podemos ahora detectar un tenue rayo de esperanza que nos da a nosotros, hombres de Occidente, razón para creer que el Destino de nuestra Cultura puede realizarse a través de un sendero enteramente nuevo. Este rayo de esperanza brilla desde las mismas realizaciones que han llevado a Occidente a su posición de incuestionable superioridad sobre cualquier otra Cultura. Pues Occidente se ha embarcado en la más grande aventura de toda la Historia: ¡La tentativa de conquistar el Espacio! ¡El intento de poner al Universo bajo control de la Raza! Este imperativo no necesita más justificación que la que dio Sr. Edmund Hillary(foto de la derecha) cuando se le preguntó por qué quería escalar el Monte Everest: “Porque está ahí.” Esta es la prístina realidad del alma fáustica de Occidente que está más allá de la lógica de los racionalistas.

¿Puede un objetivo ser a la vez tan totalmente desafiador, insolente e imposible como éste, y a la vez tan metafísicamente necesario a las necesidades espirituales de nuestra Cultura? Y aún más ¿podría un objetivo adaptarse tan perfectamente a la situación física en que nos encontramos?

Los hados han provisto a Occidente con todos los medios de supervivencia. En este punto de la Historia, nuestra técnica, superproducción industrial y la “explosión demográfica” han alcanzado su máxima importancia, pues nos damos cuenta de que finalmente Occidente tiene los medios para llevar el imperativo poético del impulso fáustico por el Infinito hasta la realidad; de hecho, la inexcusable necesidad de hacerlo.

Porque es cierto que, sin ocuparnos de todos los argumentos en sentido contrario, el hombre occidental debe conquistar el Espacio o morir en el intento. El impulso hacia el Infinito y el gran espacio ya no está limitado por fronteras terrestres. Ahora, de hecho, tenemos al Infinito al alcance de nuestras manos.

Lo que estoy sugiriendo es que al fin el hombre blanco ha roto los lazos con la Tierra. Estoy afirmando el simple hecho de que, excluyendo las calamidades causadas por la destrucción universal, física o biológica, nos dirigimos ahora a las estrellas y ningún poder en el cielo o en la tierra podrá detenernos. Los días futuros verán como esta carrera hacia el Espacio se amplifica mil veces… un millón de veces. Todos los límites a la posibilidad de expansión han desaparecido. La expansión geográfica en la Tierra no tiene sentido y ‑peor que ello – es suicida. La Frontera ha vuelto (6)… una Frontera que nunca podrá desaparecer. Y con esa Frontera llegan oportunidades literalmente ilimitadas no sólo para la expansión física, sino para la explotación económica… y para que el Alma del Hombre Fáustico encuentre su verdadera expresión.
Naturalmente, el hombre no puede conquistar los cielos. No puede modificar el sistema solar, cambiar los planetas de órbita, agregar billones de millas cuadradas de suciedad a la superficie de la Tierra, acercar a otros planetas al Sol vital para adaptarlos para su colonización, reanimar al Sol cuando empiece a apagarse y, tampoco puede lograr la más noble imposibilidad: elevar la especie humana mediante una deliberada mecánica biológica (7); pues, en la intentona de conquistar a la Naturaleza, debemos fracasar; esta es la eterna tragedia del Alma Fáustica, dice Spengler en “El Hombre y la Técnica”. Pero ‑y esto es lo importante ‑ podemos intentarlo. Y lo haremos. El último fin no importa; el tiempo no tiene fin; sólo el objetivo importa.

Al mismo tiempo existe el grave peligro de que, con nuestra atención fijada en las estrellas sucumbamos a los sutiles apremios del Falseador de la Cultura e ignoremos nuestros problemas domésticos.

El Desafío del Infinito es indeciblemente excitante, pero el problema mundano de la calidad de la vida de los hombres y su medio ambiente es de mayor importancia. Nuestra aventura hacia el Infinito será muy corta si regresamos a una Tierra poblada con especies humanas en acelerado proceso degenerativo; a noches que se arrastran con los merodeos de salvajes depravados y sin raza, con sólo unas puertas cerradas entre la jungla y el laboratorio hasta que amanece; a una tiranía sobre nuestro Gobierno, ejercida por minorías predatorias y organizadas; a absurdos sistemas de impuestos ideados para mantener esquemas de “Bienestar” cuyo objetivo deliberado consiste en hacer proliferar a los inferiores a expensas de los hombres productivos y creativos; a una organizada inmundicia que se llama a sí misma literatura; a la sífilis ética de Hollywood; a las mentiras sistemáticas que se presentan como erudición; a la propaganda oficial y periodística cuya única finalidad es la perpetuación de la decadencia cultural; a la servidumbre a un sistema económico destinado a extirpar el mérito individual y la responsabilidad personal; a una filosofía liberal y una religión enferma ‑perfecta para esclavos‑ que ferozmente combate todos los esfuerzos creadores de las almas nobles, revelando que su más alta aspiración es la implantación de un subconsciente deseo de muerte en nuestro pueblo; a una cobarde hipocresía que imposibilita hablar de problemas reales… y todo ésto para el afianzamiento de la total supremacía del Falseador de la Cultura, que se alimenta y engorda en esas condiciones.

Oswald Spengler (foto), pues, no debe ser considerado como el profeta de la inevitable caída, sino como un desafiador, un vidente que ‑como todos los creadores‑ fue incapaz de ver las consecuencias finales de su creación. Por lo tanto, la importancia de Spengler llega a ser la medida del futuro ‑y todos los hombres que no se hallan bajo la garra del destructor deben aceptar esta enseñanza histórica como un imperativo categórico. Lo que hagamos con dicho imperativo ‑tengamos o no el coraje de construir en la estructura que él ideó depende sólo de nosotros. Debemos esperar que otros hombres como Yockey vendrán para añadir algo más al concepto que él creó, pues el desarrollo del organismo cultural occidental no está llegando a su fin, sino sólo empezando su vida.

¿Cuál es el significado de “Imperium”? Simplemente éste. Que ahora, por primera vez, los soldados enrolados en el servicio de Occidente poseen una teoría profunda para inspirarles y guiarles. “Imperium”, después de superar todos los intentos de sus enemigos para suprimirlo y destruirlo ‑como ha sucedido siempre en todos los progresos constructivos en la historia del hombre‑ resulta ser el único fundamento que puede usarse para la expulsión de los enemigos internos, la reconquista del Alma de Occidente y la preparación del camino del futuro.

A pesar de las encontradas opiniones que “Imperium” promoverá, una cosa es cierta: he aquí un libro que es básicamente diferente de los demás, precisamente como el autor afirma en la primera página. Que marque o no un jalón en la Historia, como afirma el autor, contiene una vasta cantidad de pensamiento fecundo y de nuevos conceptos que cualquier persona intelectualmente libre agradecerá. Rompe la camisa de fuerza del actual estéril intelectualismo que nos afronta desde mil fútiles torres de “alto academicismo” y suministra al lector ideas que no sólo le enriquecerán a él, sino a nuestra Cultura. Se realicen o no las apocalípticas profecías, se imponga o no una más constructiva alternativa en la historia, llegue Occidente a su final, no con estrépito sino lentamente, sólo nos lo descubrirá el transcurrir del tiempo; pero ningún hombre inteligente ignorará “Imperium”.

En un aspecto, “Imperium” es semejante a “Das Kapital”, pues Karl Marx dio al conspirativo Falseador de la Cultura la imprescindible máscara ideológica para disimular su misión de destrucción despiadada y total. Creó una fe e inválida teoría del hombre, embozada en putrefacta igualdad, lacrimógena hipocresía, achaques de indiscriminado altruismo y la “ciencia” económica. De este modo, hizo estremecerse a los racionalistas con una verdad totalmente especiosa, plausible, algo que sus almas canijas y culpables necesitaban desesperadamente después de haber matado a Dios.

Francis Parker Yockey (foto de la izquierda) ha hecho un trabajo similar para los que están dotados de mentes constructivas y tienen el coraje intelectual y moral preciso para enfrentarse con la realidad y buscar la verdad y expresarla. He aquí porque, aunque los planes que Yockey tiene para Occidente no sean tal vez tan perfectos, contienen fuerza atómica. Si sólo uno de los lectores de este libro es influenciado para tomar el mando, y otros pueden ver el mundo un poco más claramente de lo que lo ven ahora – y si, en consecuencia, logran distinguir entre sus verdaderos amigos y sus enemigos reales y reconocer la necesidad del liderazgo y de la acción coordinada ‑ entonces la vida de sufrimientos y persecuciones de Yockey y su monumental realización no habrá transcurrido en vano, a pesar de todo.

Y sea cual fuere el curso que el Destino tome desde hoy en adelante, siempre estaré intrigado por dos interrogantes.

En primer lugar: ¿Es la reedición de este libro, en sí misma, una prueba concreta de que su profecía se está llevando a cabo?

Y finalmente ‑y ahora debéis aceptar mi palabra y no hacerme más preguntas‑ me parece de lo más extraño que dos hombres, ninguno de los cuales puede suponerse que es un creyente en el “Destino” o en la “Justicia Eterna”, que esos dos paganos y amargos realistas, esos dos racionalistas, si queréis, fueran los únicos que tuvieran bastante fe para encargarse de que “Imperium” no cayera en el olvido y pudiera llegar a vuestras manos, queridos lectores.(FIN)

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