MEDIA HORA CON LA “C.I.A.”

ESTEBITAESTAESAHORALABUENACARAJOPor Esteban Fernández 

Les conté del hostigamiento y la persecución de las autoridades de este país a los combatientes cubanos que vino después. Les mencioné las incautaciones de equipos, de embarcaciones y de armas etc. Ya ustedes saben que cuando ellos sorpresivamente dijeron: “¡Hasta aquí llegamos!” por todos los medios intentaron -y casi lograron- que hasta ahí llegáramos nosotros. Ellos abandonaron la lucha  a rajatabla y  nos quisieron obligar a hacer lo mismo. Y quiero decirles que por lo menos en un 85 por ciento consiguieron ese objetivo.

A los que consideraron incorregibles, a los más aguerridos anticomunistas los incorporaron a la lucha antiguerrillera en decenas de inhóspitos parajes. Combatientes como Luis Posada Carriles, René García y Félix Rodríguez Mendigutía  recorrieron medio mundo fajándose donde quiera que los rojos sacaran las sangrientas garras.

Pero hoy les voy a hablar de otro método mucho más persuasivo. Una forma más agradable, dulce, simpática y afectuosa fue utilizaba por la C.I.A. (Agencia Central de Inteligencia) para neutralizarnos. La táctica fue “pescarnos con anzuelos de plata”. Es decir, comprarnos.

Nos tentaban ofreciéndonos  sueldos ¿Para hacer qué? Muy sencillo: Para hacer absolutamente nada. Y lo que era peor: para que dejáramos de hacer las gestiones que intentábamos realizar.

Este es un pequeño ejemplo: Recuerdo que estando viviendo en la casa de Carlos Zárraga en Miami junto a Vicente Méndez, Edel Montiel y varios de los campesinos que habían estado alzados en El Escambray un día llegaron un par de hombres trajeados y tocaron a la puerta. Olga Cabarrocas, la esposa de Carlos, les abrió la puerta. Se presentaron diciendo que “trabajaban para los americanos”. Esa era la forma discreta para decir que eran operativos de la Agencia Central de Inteligencia. Llegaron realizando una labor de proselitismo.

Preguntaron en “perfecto spanglish” por  Alberto, por Oscar y por mí que éramos los tres telegrafistas del grupo.  Me acerqué y les dije: “Yo soy Esteban ¿en qué puedo servirles?” Los invité a sentarse en unos sillones destartalados que había en el portal y lo primero que me preguntaron fue: “¿Dónde están los otros telegrafistas?” y les dije: “No sé, ya no viven aquí”. Les mentí y ellos sabían que les estaba mintiendo. Uno de ellos sarcásticamente me preguntó: “¿Puedo encender un cigarrillo sin temor a que esta casa reviente con todo el C4, la dinamita y demás explosivos que ustedes tienen aquí?”

Y ahí me hicieron un montón de tentadoras ofertas de dinero y de un sueldo fijo mensual y todo desembocaba en el objetivo de que abandonara  las maniobras bélicas que intentábamos hacer.

Me sonreí y les dije algo que les molestó extraordinariamente: “Ahorita viene el capitán Vicente Méndez, él es mi jefe y mi amigo,  y si él acepta la propuesta de ustedes yo también la acepto”.

Incómodos se levantaron como un resorte, ellos sabían- y desde luego, yo también- que el glorioso Vicente Méndez los sacaría de allí a cajas destempladas si les hacían esta indecorosa y antipatriótica oferta.

Al despedirse me dijeron algo que me dejó sorprendido y que no le encontré ni ton ni son: “¿No te gustaría irte mejor para los campamentos que tiene Manuel Artime en Centroamérica?” No entendí esa pregunta pero de todos modos les respondí: “Les digo lo mismo: “Si logran que el guajiro Vicente vaya para allá yo voy con él”…

Posdata: Y yo inocentemente les pregunto: ¿Ustedes no creen que están utilizando actualmente el mismo “tumbao” con los disidentes?

WordPress theme: Kippis 1.15