MEDITACIONES

Por, Vicente P. Escobal- Especial para Nuevo Acción

Soy padre de varias hijas y abuelo de cuatro nietos quienes constituyen una complicada amalgama de sexos, criterios y predilecciones. Sustituiré “sexo” por “género” para evitar la crítica de los liberales.

Algunos de mis herederos se niegan a entender la gran diferencia gustativa entre “esas semillas de color negros” a la que yo llamo frijoles y una enorme hamburguesa salida de las grasientas cocinas de McDonald’s. Como tampoco acaban de adaptarse a celebrar el 20 de mayo en vez del 4 de julio.

Entre Tablets, IPhones, Facebook y no sé cuántas otras anestesias tecnológicas transcurre el tiempo de estos chicos y chicas que tienen el privilegio de haber nacido en libertad. Yo suelo decirles “ustedes nacieron sin Patria, pero sin amo” y los más avezados me responden “a diferencia de ti, abuelo, que naciste con Patria y luego te impusieron un amo”.

Entre ellos hablan inglés. Conmigo lo hacen en spanglish, esa mezcla que no es una cosa ni la otra sino todo lo contrario. Para ellos la política se reduce a cosas bien simples: cuándo se proclamó la constitución, quién fue el primer presidente, cuántos jueces integran la Corte Suprema, quién es el actual gobernador del Estado y de qué colores deben ser los fuegos artificiales que se lanzan al espacio el Día de la Independencia. Ellos no han conocido – y espero que no conozcan nunca – los rigores de una dictadura. Al policía lo llaman oficial y al bombero rescatista. La Coca-Cola es una soda y jamás han probado un delicioso guarapo. Al alcalde le dicen Mayor. Y los números que aprenden desde el primer día de escuela son el 9-1-1.

Pero son felices. No conocen los rigores del exilio ni esa espina que cada auténtico exiliado lleva atravesada en la garganta. Y son felices porque son auténticos, hacen y dicen lo que les viene en gana y pueden comer lo que se les antoje. Y lo son, además, porque no les interesa quien gobierna, quien dirige, que partido es mayoría en el congreso ni quién ganará las elecciones de medio tiempo y mucho menos las primarias.

Cuánto quisiera poder ser como ellos y no vivir pendiente de lo que dijo o hizo el presidente, tal o más cual congresista y sentir unos incontrolables deseos de vomitar cuando me intoxico con algunas de esas noticias provenientes de Cuba donde se ensalza – amañadamente – a la dictadura y se describen “los encantos de la apertura”.

Estos chicos y chicas del exilio la única libreta que conocen es la que llevan a la escuela. “Grandpa está crazy: dice que en Cuba tienen que usar una notebook para poder comer”. A mí me llaman Grandpa y a la abuela Granma y cuando eso sucede mi atribulada esposa se muerde la lengua y cuenta hasta cien.

Recuerdo el lejano día en que mi padre compró en Cuba nuestro primer televisor. Mi padre subió a la azotea de nuestra casa, instaló la sencilla antena, luego acopló el equipo a la corriente y se hizo el milagro. ¡Ya teníamos televisión! El otro día una de mis hijas le regaló a uno de mis nietos un televisor de 65 pulgadas que con gran esfuerzo logró entrar a la casa. El valor del equipo superó con creces lo que yo tuve que pagar por mi primer transportation. Mi hija telefoneó a una “compañía de cable” y a la mañana siguiente se apareció un individuo con casco y botas de combate conduciendo un camión atestado de objetos de todo tipo y tamaños, ascendió a un poste del tendido eléctrico, realizó incontables maniobras y al cabo de media hora le dijo a mi hija que la tele estaba lista.

Cuando ella encendió el aparato me imaginé en una sala de control de la NASA, frente a una súper computadora. Primero seleccionó el idioma de preferencia, luego de una serie de pasos logró conectar una interminable lista de canales. ¡¡¡Mil canales!!! Y, además, la posibilidad de grabar, adelantar o retroceder programas, cambiar de idioma y seccionar la pantalla entre otras maravillas. Mil canales. Si, señor… de los cuales apenas miran cinco o seis.  Y al final de mes, cuando llega el Bill, deben pagar más de cien dólares. Y son felices. Yo no lo soy. Yo llevo una montaña de años esperando que la libertad llegue a Cuba, escuchando encendidos discursos prometiendo “acciones concretas contra la dictadura”.

Pero me estoy cansando, estoy perdiendo la paciencia y la fe. Quiero seguir creyendo que la clase política estadounidense tiene un compromiso real y serio con mi causa, nuestra causa. Quiero imaginar que una mañana despertaré con la noticia de que los principales cabecillas de la dictadura son conducidos a territorio estadounidense en dos helicópteros de los Marines para ser presentados ante los tribunales bajo cargos de crímenes lesa humanidad y que los centros del poder castrista fueron bombardeados por una oleada de F-16 y no que una comisión intergubernamental Cuba-EE.UU. se reunió en La Habana para analizar asuntos migratorios o establecer acuerdos de colaboración en la lucha contra el narcotráfico y el terrorismo algo que desde mi punto de vista constituye una canallada.

Me estoy cansando de los disidentes, de los opositores, de los encuestadores, de los coreógrafos de la libertad y la democracia. Me estoy decepcionando de los demagogos, de los analistas de pacotilla. Estoy luchando contra mi mismo. Me paro frente al espejo y me llamo a capitulo. “Oye, tu – me digo – no olvides que los políticos sólo tienen intereses”.  Estoy hasta la coronilla de ver como gobernantes electos democráticamente extienden la mano a tiranos y tiranuelos.

Y he llegado a la conclusión de que las prioridades del ejecutivo estadounidense no coinciden con las mías. Ellos envían tropas a miles de kilómetros de distancia, pero los conflictos en el traspatio les importan un rábano. Su lógica se reduce a una simple ecuación: “si ustedes lo pusieron, ustedes lo quitan”.

¿Fuimos realmente nosotros quienes lo pusimos? ¿Quiénes firmaron aquel pacto de no agresión que cercenó nuestras acciones contra la dictadura? ¿Fuimos nosotros los que conspiramos para que las sombras del comunismo nublaran el cielo de la libertad? ¿Qué papel jugó Estados Unidos en el derrocamiento del gobierno de Fulgencio Batista cuyo resultado fue abrirle las puertas a Castro y su alboroto guerrillero? ¿Cuántos conciliábulos, pactos secretos, negociaciones, alianzas, conspiraciones y triquiñuelas se han producido a lo largo de estos agotadores sesenta años? ¿Cuánta información han compartido los esbirros de La Habana con la inteligencia norteamericana?

A despecho de todo me gusta este país, estoy agradecido de vivir con mi familia en esta democracia, al menos aquí no encarcelan ni torturan ni secuestran ni censuran ni aporrean a la gente como en Cuba. Aquí la libertad puede tocarse. Aquí eres libre porque lo sientes y no porque te dicen que lo eres. Y esos razonamientos me mantienen, me sostienen, me animan y me reconfortan en mis frecuentes episodios de desencanto.

Siempre que viajo a Cayo Hueso miro hacia el sur y recorro a una velocidad supersónica esas azules noventa millas. Y cuento los días de mi destierro, de mi partida, de mis tribulaciones, pero también de mis esperanzas. Y no cuento los días para el regreso porque sé que no voy a regresar.  Y observo el rostro refrescante, alegre y esperanzador de mis hijas y mis nietos. Y siento una cierta admiración por los Tablets, los IPhone y hasta por Facebook. Y me resulta muy simpático Santa, recorriendo el universo en un trineo, sin embargo, continúo admirando a Melchor, Gaspar y Baltazar sobre sus vetustos camellos. Pero se me enfría el alma al reconocer que la dictadura ha durado sesenta años.

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