MEMORIAS DE UN MUCHACHO “AVISPADO”

por Esteban Fernández

Vamos al Parque Martí a jugar a la Viola: un niño se doblaba, los demás íbamos brincando por encima de él y cada cual decía: “A la una mi mula, a las dos mi reloj, a las tres mi café, a las cuatro mi gato” y así sucesivamente. Si uno tropezaba, o no podía brincar al amiguito, entonces le tocaba su turno para doblarse y servir.

En realidad no era “avispado” simplemente padecía -como Guicho Crónico” de “precocidad retardada”.

Y como yo siempre he tenido la suerte -o la desgracia- de levantarme más temprano que el resto de la humanidad, entonces los fines de semana tenía que tocar de puerta en puerta tratando de despertar a todos los dormilones para irnos a jugar a la pelota a un solar yermo.

Detestaba tres cosas de los muchachos malos: que le pusieran una cuchilla a la cola de los papalotes para cortar a los demás papalotes en el aire. Que hicieran “arrebatos” inesperados de los bolas o canicas, y que afilaran las puntas de los trompos para partirnos los nuestros.

Pero participé en la “gracia pesada” de tocar en las puertas de los vecinos y salir corriendo a escondernos.

Jugar a “la gallinita ciega”, nadar en contra de la corriente en el río Mayabeque, saltar de un banco del parque hacia un árbol después de ver una película de Tarzán, escondernos en el segundo piso del Instituto para ver a las muchachitas haciendo calistenia en shorts.

Tirar serpentinas en los carnavales, “Gaby Fofó y Milike”, y el viejito Chi Chí en la televisión, libros de muñequitos de Superman, El Pato Donald, El Pájaro Loco y La pequeña Lulú.

Películas americanas en Campoamor con Rock Hudson y Doris Day, mexicanas con Miguel Aceves Mejías, Pedro Infante, Jorge Negrete, Cantinflas y Tin-tan en el cine Ayala.

La chivichana, los yaquis, las damas, el monopolio, la quimbumba, pelotas de cajetillas de cigarros, la bicicleta, los patines, ponerle el rabo al burro, los Yoyos, el juego de las sillas,  la carrera de sacos, la suiza, el cacumbambé, el Tío Vivo.

Y se acabaron los meses de vacaciones de verano, una muchachita del barrio me cantó: “♪♪A la rueda rueda de pan y canela, dame un besito y vete para la escuela♪♪” y entré por la gloriosa puerta del Colegio Presbiteriano (Kate Plummer Bryan Memorial) de Güines.

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