MI HERMANO ESTEBITA FERNÁNDEZ

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Hugo Byrne con sus dos hijas pequeñas

Por, Hugo J. Byrne

Cuando llegué a California en noviembre de 1963 yo   era un hombre taciturno, agresivo y poco sociable. Resentía entonces haber perdido seis meses de mi vida sirviendo en las fuerzas armadas de los Estados Unidos, además de estar totalmente deprimido tras la pérdida tempranísima de mi primera esposa. Me dedicaba a mantener a mis dos hijas y en el tiempo libre ayudar con efectividad a la causa de Cuba. Lo segundo  fracasó estrepitosamente y me puso a un milímetro de ser acusado de violar las leyes de neutralidad de los Estados Unidos.

Precisamente fue en medio de esas actividades que conocí a Esteban Fernández y no me acordaba de las cómicas circunstancias que nos pusieron en contacto hasta hace unos 20 años, cuando el propio Estebita me refrescó la memoria en medio de un discurso.

GUILLERMONOVOESTEBANFDEZYALDOROSADOMi hermano Esteban (en la foto con Guillermo Novo, y Aldo Rosado-Tuero) es un auténtico patriota, quien ha dedicado su vida entera a la causa de Cuba libre. Esteban se encaraba con los esbirros de Castro en su nativo Güines desde la edad de 14 años. Salvarlo de que lo asesinaran, forzó a sus padres a enviarlo a un temprano y azaroso exilio en Norteamérica. El joven nunca más volvería a ver a sus progenitores.

Cambiar de localidad no varió en un ápice las nobles aspiraciones patrióticas de Estebita. A los 18 años ingresó al ejército norteamericano en las mismas unidades de infantería en las que serví, totalmente compuestas por exiliados cubanos. Esteban estuvo destacado en Fort Knox y Fort Jackson, aunque nunca nos conocimos allí por servir en distintas compañías. Igual que el mío, su servicio duraría unos seis meses.

Aproximadamente un año después, Estebita se enroló como telegrafista en la motonave “Venus”, embarcada en una expedición a Cuba y destinada a infiltrar un objetivo en la zona oriental de la Isla. El jefe de ese intento patriótico era (“el guajiro”) Vicente Méndez, quien había lidereado una guerrilla anteriormente en el Escambray y quien más tarde moriría luchando como un león en los alrededores de Baracoa, al mando de un puñado de patriotas y enfrentando a centenares de los soldados de Castro.

Méndez era jefe de valor probado pero de temperamento autoritario y se aseguraba siempre que sus órdenes se cumplieran al pie de la letra, sin parar mientes en consecuencias. Su orden a Esteban era permanecer a bordo como telegrafista, durante el desembarco. Estebita le dijo que prefería que lo tiraran al mar allí mismo, porque no habían órdenes en el Universo que lo obligaran a permanecer a bordo y no lanzarse al suelo de Cuba, en aras de su libertad.

El debate eventualmente perdió toda importancia, pues quienes tuvieron la última palabra en él fueron los militares dominicanos. Estos interceptaron la motonave y la confiscaron, enviando a prisión a todos sus tripulantes.

Después de un encarcelamiento humillante en Isla Beata, aliviado sólo por los consejos de Méndez (quien había desarrollado considerable respeto por el ex telegrafista), todos los expedicionarios fueron devueltos a los Estados Unidos. Estebita se radicó definitivamente en Los Ángeles, California.

Soy unos diez años mayor que Esteban y por eso, erróneamente, al principio lo veía quizás como alguien quien pudiera aprender de mí. Al final, ha sido mucho más lo que he aprendido de él.

En los años sesenta muchos jóvenes cubanos del área enseñaban a otros cómo operar armas de fuego en combate. Había lugares muy conocidos por su uso para entrenar individuos y hasta unidades. Un lugar que bien recuerdo era conocido como “Texas Canyon”.

Prestar armas para entrenamiento era práctica usual. Aunque el llamado “statute of limitations” descarta acusaciones criminales por actividades que sucedieron hace más de 46 años, no deseo involucrar a nadie.

De acuerdo a Esteban, digamos que otro amigo me dijo que un tercero necesitaba que le prestaran por una semana una carabina M-1 para entrenar a otros y me preguntó si yo conocía donde encontrarla. Sin pensarlo dos veces le presté una de mi propiedad.

Siguiendo lo narrado por Esteban, al cumplirse la semana llamé al amigo, quien me dijo que no se la habían devuelto, dándome el nombre y la dirección del doloso. El nombre era Esteban Fernández.

De acuerdo a Estebita en su discurso, encontró una nota mía que había dejado en su puerta cuando nadie respondiera al timbre. Esa nota era comedida y correcta. Pero pasó otra semana y Esteban, quien por razones válidas dice no haber podido comunicarse conmigo, encontró en su puerta otra nota más áspera.

Ocurre que de acuerdo a Esteban, a la tercera semana de no tener noticias de la carabina, ni respuesta al timbre de su puerta, le dejé una nota que era casi un desafío insultante. Dijo Estebita que, conociendo las reacciones irracionales de algunos cubanos y para quitarse de arriba al “orate”, se las agenció para devolverme prontamente la carabina.

Les juro a los amables lectores que aún hoy no recuerdo ni jota de todo eso, pero Estebita asegura que fue así como nos conocimos y él no dice mentiras. Irónicamente sí recuerdo haber tenido una carabina M-1 que me fue robada por un norteamericano, quien estafó a mucha gente al irse del estado con propiedad ajena.

Esteban Fernández y Gómez fue, junto a muchos jovenes de su generación, fundador de La Juventud Cubana de Los Ángeles. Durante esa época (empezando en la década de los sesenta) se enfrentó resueltamente, no sólo a los comunistas y sus cobardes aliados de estos lares, con los puños y con la hombría de bien, sino también a un intrigante de esos quienes buscando egoísta notoriedad y falsa lideratura, dividen y distraen la verdadera lucha por la recuperación de la libertad en Cuba.

¿Cuánto tiempo hace que se publica su muy leída columna?. Por lo menos hace más de 50 años. Primero en el desaparecido “La Prensa de Los Ángeles” y más tarde en el venerable “20 de Mayo”, semanario cubano que era muy leído en el sur de California, después en el excelente “Libre” de Miami y en muchos sitios de la red como Nuevo Acción, Baracutey y Adri Bosch  fuera de Estados Unidos.

Su contribución literaria abarca con gran acierto tanto los temas políticos cómo el costumbrismo. La columna de Esteban es una de las más leídas por el exilio cubano y por muchos simpatizantes de nuestra causa en América y Europa.

Por lo tanto, declaro que Esteban Fernández y Gómez no es sólo un amigo a quien admiro, sino realmente, mi hermano. Desde el fallecimiento de Mario Byrne, genéticamente mi único hermano e intelectualmente mi único maestro en el Exilio, tengo que reconocer que aún me queda la fraternidad de un grupo quizás pequeño en números pero infinito en calidad humana, entre quienes se cuenta y en lugar muy prominente, mi hermano Estebita.

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