MIS ANÉCDOTAS

por Esteban Fernández

La semana pasada recibí una crítica que al analizarla se convirtió en uno de los mejores halagos que he recibido en mi vida. Un lector me dice por el Chat privado de Facebook: “Yo no creo en usted porque considero que usted inventa todas esas anécdotas”.

Muy bien.  Obviamente el hombre estaba intentando echarme con el rayo, sin embargo, su mensaje lleno de envidia no dio el resultado esperado, fue completamente contraproducente.

Les explico: Si mis ocurrencias fueran creadas o imaginadas por mí -como dice el crítico- entonces yo fuera un genio. En lugar de estar escribiendo gratis para periódicos cubanos, blog, revistas, Facebook, debiera estar redactando libretos para la televisión, radio y cine.

Pero lo que estoy haciendo es contando cosas que me han pasado a mí a través de toda mi vida. Y eso en realidad no tiene mérito en lo absoluto. Cualquiera de nosotros (Y mientras más viejos más historietas poseen) tiene cientos de momentos memorables en sus vidas.

La diferencia es -y quizás sea el único valor que tiene esto de mi parte- es que Dios me ha dado un poder descriptivo desde que tengo 10 años y me encomendaron escribiera una composición en el Colegio Americano sobre determinado tema.

Fíjense si es así que mis hijas me cuentan algo muy interesante que les pasó y de pronto llegan varias amistades a la casa y yo las exhorto a que le hagan el cuento a la visita y ellas responden: “Papi, has tú el cuento que tú lo haces mejor”. Y yo les digo “Contra, pero yo no estaba allí” y ellas insisten: “No importa, dad, suena mejor cuando tú lo cuentas”.

Y encima de eso -vamos a estar muy claros en una cosa- si yo inventara lo que me pasó hace 40 años en lugar de contar la verdad literalmente, yo daría riendas sueltas a mi ego y me presentaría como “el bueno de la película”, el inteligente, valiente, generoso y victorioso. Y eso, desde luego, le caería como una patada en la rabadilla al lector.

Por lo tanto, yo les ruego que no le hagan caso al come catibía que me escribió y manténganse firmes creyendo en mis humildes anécdotas hasta el día en que les cuente -con lujos de detalles- la historia de cuando Neil Armstrong y yo caminamos juntos por primera vez en la Luna.

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