NO HAY MAS TIEMPO DE ESPERA

Por Vicente P. Escobal

Uno de los métodos más utilizados por los servicios de inteligencia es la infiltración de sus agentes con el intento de obtener información de primera mano sobre las actividades de un objetivo concreto, aparte de otras técnicas relacionadas con la tecnología.

Existe un mito sobre la eficacia de los servicios de inteligencia de la dictadura cubana y a manera de ejemplo se mencionan sus labores de infiltración en varias agencias estatales de Estados Unidos y otros países occidentales.

Esa sobredimensionada eficacia proviene de una realidad irrefutable. Los agentes cubanos no se detienen ante nada ni ante nadie, no aplican la más mínima norma ética a sus acciones. Para ellos “ese asunto de los derechos humanos” es algo desechable, una pedantería de la sociedad burguesa. Si la misión es eliminar físicamente a un adversario emplean cualquier procedimiento para conseguirlo. No es infrecuente entre las rutinas de las agencias de inteligencia liquidar a alguien que constituya una amenaza para la seguridad de algún país, incluso del mundo. Recientemente fuerzas especiales de Estados Unidos ultimaron a connotados líderes de sectas terroristas cuyas organizaciones seguramente fueron previamente penetradas por informantes de los servicios de inteligencia.

Retomando el caso de Cuba es conveniente recordar que el espionaje cubano posiblemente sea el que más informantes cubiertos y encubiertos posee. Dentro de la isla un ejército de soplones realiza sus abominables funciones marginando todo vestigio de honorabilidad y sentido de la ética, e incluso de solidaridad con sus compatriotas. No se trata de brindar protección a la sociedad, sino de acosarla, vigilarla, mantenerla en la angustia de saber que en cualquier momento cualquier ciudadano puede ser delatado y enviado a la cárcel.

La inteligencia cubana pone en los primerísimos primeros planos de su modo de operar el chantaje y la coacción. Cuando ideológicamente no logran concretar una captación entonces echan mano a la violencia y la amenaza. Mucha gente en Cuba ha sucumbido ante los ardides del espionaje por otras razones, entre las que destacan la errónea creencia de la impunidad, la preservación de una prebenda, o una forma de dañar a alguien estimulado por la envidia o la antipatía. Y cuando el reclutamiento apunta hacia el exterior la variedad de candidatos es inmensa: “antimperialistas” de escenografía, nostálgicos del Gulag, deudores de favores, sementales sorprendidos in fraganti, meretrices de discoteca, comediantes de quincallería, “cubanólogos” amancebados, alcohólicos redimidos, catedráticos con agujeros en el hipotálamo, y un extensísimo catálogo de oportunistas, bribonzuelos y papanatas.

La estrategia de los servicios de espionaje de la dictadura cuando deciden penetrar un movimiento de activistas prodemocracia consiste únicamente en sembrar la discordia y la animadversión entre ellos, cuyo objetivo no es otro que fragmentarlos y ponerlos a pelear entre sí. Los analistas de la DGI saben perfectamente que esos ciudadanos   poseen una vocación pacifista, que sus armas son la Declaración Universal de los Derechos Humanos y sus propios proyectos, generalmente estimulados por los valores del decoro, el patriotismo y la libertad.  Y no se ocultan para promoverlos.

Cuando la dictadura desató una ola represiva que culminó con el arresto y posterior enjuiciamiento de 75 activistas prodemocracia, ¿Quiénes fueron los “testigos estrella” de la fiscalía? Nada y más y nada menos que “encumbrados” espurios líderes de la oposición que en un acto de pusilanimidad y procacidad sin límites se prestaron para denunciar a quienes hasta hacia poco le habían abierto las puertas de sus corazones y sus hogares. ¿Cuáles fueron las “pruebas” para instruirlos de cargos y posteriormente dejar caer sobre ellos todo el peso del odio y la arbitrariedad? Argumentos absurdos repletos de un rencor sin fronteras.

A unos les imputaron la insostenible figura delictiva de difundir los derechos recogidos en una de la más universal de las declaraciones. A otros de escribir poemas o enviar información a medios basados en el exterior, y llegaron a la desvergüenza de señalarlos como agentes de una potencia extranjera. ¿Agentes de una potencia extranjera? Por favor… si la mayoría de ellos no tenían – como se dice en buen criollo – ni donde caerse muertos. Habían sido expulsados de sus empleos, pasaban hambre, eran perseguidos y vigilados incesantemente, conocían los horrores de las celdas, de los maltratos físicos y de la crueldad.

Ahí radica la “eficacia” de los servicios cubanos, ese es el escenario donde operan. En cada comunidad cubana los ciudadanos son inscriptos en un Registro de Direcciones – otro de los instrumentos de la represión – dónde se asientan sus movimientos migratorios, sus ideas políticas, sus relaciones sociales, dónde trabajan, nivel de militancia, etc. Ese es el pedestal primario de la represión. Su columna vertebral.  ¿Qué otro servicio de espionaje cuenta con semejante “maravilla”?

¿Quién amaestró al “aparato” cubano? ¿Quiénes fueron sus primeros guías e inspiradores? El KGB soviético y la Stassi alemana. ¡Vaya par de “aparatos”!  Al KGB le corresponde el ominoso papel de haber enviado a los campos de exterminio a centenares de miles de ciudadanos rusos, acusados de “delitos” endebles y prefabricados. Y la Stassi tiene un prontuario de crímenes que superan los cometidos por la SS y la Gestapo. Tanto el KGB como la Stassi merecen se le construya un monumento al horror. Y junto a él un espacio a la DGI cubana.

En Cuba, donde las víctimas del castrismo pueden calcularse en decenas de miles, el camino desde donde se debe transitar hacia la liquidación de la dictadura se encuentra tristemente empedrado. La pregunta será si los cubanos, al igual que los soviéticos y los alemanes del Este, tendrán el valor para mirarse en el reflejo oscuro del horror de su propia guerra contra el crimen y la maldad.

Una pregunta cuya respuesta ya no da más tiempo de espera porque la lucha por la emancipación nacional está en marcha.

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