OTRA DE MI PADRE: EL GRAN REGAÑO

por Esteban Fernández

Comienzo por decirles que el primer hijo de mi padre llamado Manolín -producto de su matrimonio con Maria Ortega Castellanos- quedó gravemente enfermo debido a una fiebre muy alta que le afectó el cerebro. Creo que eso se llama Meningitis.

Ese drama traumatizó a mi padre de por vida y compensaba esa desgracia considerando que mi hermano y yo éramos un regalo que le había dado la naturaleza. Hasta que yo lograra sacar “un pobre aprobado” en mi examen para entrar al Instituto era como si hubiera sido una fiesta nacional en mi casa.

Ayudaba mucho que yo era extremadamente guataca con mis padres. Nunca olvidaré una tarde que fui a La Viña Aragonesa -donde mi padre estaba jugando al cubilete con unos amigos- para pedirle permiso para ir a bañarme al río Mayabeque. Inmediatamente mi viejo se negó y ahí yo comencé a suplicarle, a abrazarlo y casi hasta ponerme de rodillas.

Un amigo de mi padre llamado Carlos Pernía le dijo: “Contra, Esteban, déjalo ir, con la tremenda coba que te ha dado merece bañarse en el río”. Papi se sonrió, miró fijamente a los ojos de su amigo y le dijo: “Oye, Carlitos, lo voy a dejar ir, pero si mi muchacho se ahoga mejor que te pierdas de Güines y no regreses jamás”.

La mejor forma que yo tenía de saber cómo se sentía mi padre con mi proceder era a través de mi ni nombre. Si me decía: “Estebita” la cosa estaba perfecta. Si me llamaba: “¡Esteban de Jesús ven acá!” la cosa andaba mal, pero cuando me decía simplemente “Esteban” me quedaba completamente confundido.

También yo podía distinguir su estado de ánimo con respecto a mí en la forma de dirigirse a mi persona: Utilizaba el “tú” un 99% de las veces, un sorpresivo “usted” me preocupaba.

La historia de 17 años se puede simplificar en “un millón de besos y ni un solo golpe”. Pero mucho peor que un golpe era decirme: “Eso que has hecho me decepciona por completo”.

Solamente una vez en mi vida lo vi completamente bravo conmigo. Más que molesto, estaba súper enojado. Echaba chispas.

Llegué de la calle como a las ocho de la noche. Él estaba sentado en el sillón del portal, y me recibió con la acostumbrada alegría. Yo comencé a reírme y le dije: “Viejo, tengo que contarte lo que hice”. Yo creía que era una gracia. Contento me dijo: “Cuéntame, chico, cuéntame”.

Le comenté: “Estaba yo en la tanda del cine Campoamor con un grupo de socios míos, todo estaba oscuro, en eso entró tu amigo Panchito con su esposa y sus dos hijas chiquitas, como yo sé su apodo le grité a todo pecho ¡PANCHITO CARA DE CEMENTO! Todo el mundo en el teatro se rió a carcajadas”

Pa’qué fue aquello. Mi padre se levantó violentamente de su asiento, su cara descompuesta, sus labios le temblaban al decirme: “¿Qué tu dice? ¡Tú estás loco, tú debes estar bromeando conmigo!” Y en el colmo de las bravezas -porque parece que eso era lo que más le molestaba- me gritaba: “¡Delante de su mujer y de sus hijas! Lo que tú has hecho es la mayor falta de respeto que un hombre puede cometer, una infamia”.

Se fue para su cuarto no sin antes decirme: “¡Me has defraudado, y no me dirijas más la palabra hasta que no sea para decirme que fuiste a la casa de mi amigo Francisco Fernández y le pediste perdón!”  Y, desde luego, así lo hice.

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