PACIFIC BELL 1974

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ESTEBITAOTRACONOPor, Esteban Fernández

Al  comprender a cabalidad que me habían dado el empleo en la Pacific Bell me sentía sorprendido, agradecido y deslumbrado. Hasta ese momento los trabajos que había tenido eran de poca monta, nunca había ganado más de siete dólares la hora y la compañía de teléfonos me ofrecía 10.

¿Estaba contento con los 10 dólares la hora? Súper alegre, sin embargo, me dijeron que comenzaría a trabajar dentro de dos semanas -el primero de octubre de 1974- e increíblemente en el trayecto de esos 14 días ¡me dieron DOS AUMENTOS de sueldo antes de comenzar a trabajar!

Carmen Olguín (la misma señora que ya en una ocasión les dije que me había dado el trabajo) me llamó y me dijo: “Cometí un error y al ofrecerle 10 dólares la hora  olvidé que por hablar un segundo idioma, el español, le tenemos que pagar 12”.

De pronto me asustó ver por la televisión que la Compañía de Teléfonos se había ido a la huelga. Pero a los cinco días un representante de la Unión me llamó para decirme que habían ganado la huelga y que comenzaría ganando 13 dólares la hora. Brincos de alegría daba.

El comienzo no fue muy bueno porque mi entusiasmo era tanto que les aseguro que durante mis primeros dos meses de laborar ahí trabajé más que el resto de los 17 años que pasé en la empresa.

Habían como 20 empleados en el local de la calle San Pedro en Los Ángeles y yo estaba haciendo (mientras ellos estaban sentados con los pies encima de sus escritorios) el trabajo de los 20. Y, encima de eso, barría todo el local hasta que el janitor (que no era empleado de la compañía) vino y bravo me dijo que le estaba quitando su trabajo. Le pedí disculpas y no barrí más.

Mi embullo era tan desmesurado que mi supervisor llamado Hugo Cazares me pidió que llevara unos teléfonos a San Pedro. Si ustedes saben la distancia que hay entre L.A. y San Pedro pondrían la misma cara que puso Hugo cuando regresé antes de una hora. Obviamente había manejado por el Freeway a unas 90 millas por hora.

Al mes nos fuimos para Culver City y la nueva supervisora llamada Farrah Middione me dijo que mi trabajo sería llevar cajas de cables y equipos a 400 Hindry en El Segundo. La primera metedura de patas fue creer que me dijeron El Segundo porque yo era latino y que con seguridad se trataba de un pueblo llamado The Second, el cual desde luego no encontraba en el mapa porque no existía.

Alguien (supongo que para burlarse de mí) me indicó que la mejor forma de llegar a 400 Hindry era cogiendo el Santa Mónica Freeway, empatarme con el Hollywood Freeway y para terminar coger el Harbor Freeway, salir en El Segundo Blvd. doblar a la derecha y manejar unas 5 millas hasta llegar a la calle Hindry. Con el tráfico de las mañanas -y completamente perdido-ese viaje me llevaba cerca de dos horas, y lo estuve haciendo por dos semanas.

Hasta que un día una compañera de trabajo, llamada Belinda Burnet,  me dijo: “Fernández ¿usted va para 400 Hindry? Bueno, yo también voy para allá, así es que lo llevo”. Monté todos los cables que debía llevar ese día en el camioncito de Belinda, me subí y ella salió disparada, estábamos en la calle Rodeo Rd. ella dobló a la derecha en La Ciénaga, manejó por unos 10 minutos y dobló a la derecha en Hindry y ya estábamos allí. Todo el recorrido duró unos 15 minutos en un trayecto que a mí me llevaba casi dos horas.

De ahí nos trasladaron a 936 Formosa en Los Ángeles. La supervisora me dijo “Esteban  tu trabajo será llevar los teléfonos a la Wilshire Blvd., pero como ya todos sabemos que eres muy despistado, el primer día te voy a seguir en mi carro para estar segura que  llegas bien a nuestro local”.

Y así lo hicimos, ya yo sabía perfectamente donde estaba la calle Wilshire, salí para allá, con la supervisora siguiéndome. Al llegar a la Wilshire doblé a la derecha, después de cinco cuadras noté que Farrah ya no me estaba siguiendo. No encontraba el local de la Pacific Bell pero yo seguía echando pa’lante. Menos mal que la Wilshire se acabó y lo que tenía al frente era la Playa Santa Mónica. Si no hubiera sido así creo que hubiera llegado a otro Estado.

Varias cosas me salvaron y pude trabajar ahí por 17 años: una, que poco a poco me fui acoplando al trabajo y llegué a hacerlo bastante bien, llegó un supervisor cubano llamado Rodrigo Castillo que era súper chévere conmigo, mi sentido del humor que lograba suavizar mis errores iniciales, un sindicato que protegía vehementemente a los empleados, y lo principal: que los compañeros de trabajo eran tan vagos que me hacían lucir como tremendo trabajador.

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