PONCHARON AL COMANDANTE

Por Vicente P. Escobal- Especial para Nuevo Acción

El ascenso al poder de Fidel Castro contribuyó a destruir un número considerable de conquistas alcanzadas durante los primeros años de creada la República de Cuba, entre los que se destaca la eliminación de la liga profesional de béisbol, bajo el cuestionable argumento de que los peloteros profesionales son esclavos de los grandes intereses que se mueven detrás de cada equipo.

A pesar de que Cuba dejó de enviar a sus estrellas a Estados Unidos, un grupo de jugadores permaneció en el país. Muchos ya destacaban y otros sobresalieron en las décadas de los 60, 70 y 80. Entre ellos se puede mencionar primero a Edmundo “Sandy” Amorós, Julio Bécquer, Orlando “El Guajiro” Peña, Mike Cuéllar, Orestes “Minnie” Miñoso, Tony Taylor, Camilo Pascual, y después a Luis Tyant, Dagoberto Campaneris, Tony Oliva, Tany Pérez, Rafael Palmeiro y José Canseco, entre otros.

La historia del beisbol cubano recoge un hecho incuestionable: 186 jugadores cubanos han engrosado las nóminas de las llamadas Grandes Ligas y si la dictadura no hubiese suspendido el profesionalismo, esa lista sería mucho mayor. Durante los pasados años, la presencia de jugadores cubanos en ligas profesionales creció significativamente.

Peloteros cubanos de un excelente desempeño profesional no se atrevían a ingresar a las Grandes Ligas por el justificado temor de que los señalaran como traidores a la patria, mercenarios del imperialismo e incluso les impidieran visitar la isla y, lo que es más bochornoso y cruel, estar junto a un ser querido cuando éste viviera al borde de la muerte. Pero a partir de que dos destacados veteranos lanzadores como Orlando “El Duque” Hernández y su medio hermano Liván alcanzaron fama y se consagraran como campeones de la Serie Mundial en la década de 1990, comenzó a crecer notablemente el número de cubanos que resplandecen en la mejor pelota del mundo.

La firma de millonarios contratos como el del jardinero Yasiel Puig con los Dodgers de Los Angeles o las del “toletero” José Abreu con los Medias Blancas de Chicago los han lanzado al estrellato y a la popularidad.

Hace apenas unas horas, una noticia ha conmocionado incluso a quienes no profesan simpatía por el deporte de los guantes y los bates: «Cuba y Grandes Ligas alcanzan acuerdo para permitir flujo legal de peloteros».

¿Qué pensarán de esta componenda los peloteros cubanos ya retirados para quienes el sueño de insertarse en la mejor pelota del mundo se vio frustrado por la soberbia del hombre cuyos restos se hallan en una especie de horno en el cementerio Santa Efigenia en la oriental provincia de Santiago de Cuba, el hombre que maldijo una y mil veces el profesionalismo, acusando de esclavos a los jugadores profesionales?

Se dice que la “normalización” – detestable palabreja – de las relaciones Cuba-Estados Unidos en el ámbito beisbolero tendrá un impacto positivo. ¿Positivo para quién? Seguramente para los rollizos generalotes de las FAR o el MININT el jugoso 25% del bono de firma de los contratos servirá para construir más hoteles, restituir el viejo parque de carros patrulleros donde se reprime y acosa, llevar a su mesa sofisticadas delicadezas gastronómicas, costosísimos perfumes para sus desdichadas amantes y reírse a mandíbula llena de los viejos epítetos de su fallecido jefe.

Sería sensato que la administración del presidente Trump se pronuncie enérgicamente contra este inadmisible acuerdo que viola principios del embargo económico y que aporta un soplo de oxígeno a la infame dictadura. 

Parece que el lucrativo negocito de los médicos-esclavos está llegando a su fin y les ha llegado el turno a los peloteros. Poncharon al comandante. Y el ponche se lo propinó su propio hermano.

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