¿POR QUÉ NO HAY TODAVÍA UNA GRAN PELÍCULA SOBRE EL 9-11?

Las torres gemelas del World Trade Center tras los impactos de los aviones secuestrados el 11 de septiembre de 2001.

Fuente: revistavanityfair

Decenas de directores se acordaron de películas al ver los atentados, pero Hollywood sigue sin ofrecer un gran relato de lo ocurrido 16 años después.

Que la realidad siempre supera a la ficción es una mentira que repetimos cada vez que nuestro bagaje cultural se queda corto. Lo cierto es que desde que Moisés separó las aguas del Nilo, la vida real tiene la factura de las películas de serie B. Incluso en éstas hemos visto espectáculos mayores que los que puede ofrecernos cualquier periódico o telediario: quien más, quien menos ha dado una vuelta por el espacio a bordo de una fastuosa nave, y cualquier hijo de vecino sabe que para matar a un zombie hay que dispararle a la cabeza. La realidad solo parece algo nuevo allí donde escasea nuestra biblioteca o se agota nuestro catálogo de películas.

No fue necesario haber visto muchas para que los atentados del 11 de septiembre nos produjesen una sensación de déjà vu: las Torres Gemelas explotaron igual que la Casa Blanca en Independence Day, los neoyorquinos huían despavoridos como si algún monstruo japonés los acosara, y una nube de polvo y humo tapaba la isla de Manhattan igual que la niebla encubre la huída de los asesinos en las novelas de terror. Puede que la realidad nunca logre superar en originalidad a la ficción, pero es muy buena haciendo remakes.

“¡Parece una película!”, sentenció en directo una testigo de los atentados segundos después de que el segundo avión se estrellara contra el World Trade Center, y la misma sensación tuvimos todos mientras veíamos una y otra vez las imágenes de las dos torres desplomándose. Los titulares que aparecieron en los periódicos al día siguiente de la tragedia evocaban la filmografía de Arnold Schwarzenegger o Bruce Willis: “Attack on America”, “Darkest Day”, “Day of Hell”, “A Day of Infamy”. “¡Parece una película!”, decíamos hace dieciséis años. “¡Parece El Coloso en Llamas!”

La propia industria de Hollywood se acordó ese día de sus producciones. El director Robert Altman declaró al Hollywood Reporter que las películas establecieron el patrón y que los terroristas las habían copiado. “Nadie hubiese pensado en cometer una atrocidad como esta a menos que la hubiese visto en una película. ¿Cómo podemos seguir atreviéndonos a enseñar ese tipo de matanzas en el cine? Sencillamente creo que fuimos nosotros quienes creamos esta atmósfera y les enseñamos cómo hacerlo.”

Jonathan Hensleigh, el guionista de Armageddon, al ver los informativos el 11 de septiembre se acordó inmediatamente de las escenas apocalípticas que tan bien conocía. Steve de Souza, el director de La Jungla de Cristal, apuntó que “la imagen de los atentados parecía el poster de una película; de una de mis películas, de hecho”. Y Quentin Tarantino, que los atentados no le habían impresionado demasiado porque acababa de ver una película hongkonesa, Purple Storm, en la que un rascacielos gigantesco saltaba por los aires.

El World Trade Center parecía una película, y al igual que nuestros antepasados pintaban bisontes en las paredes de las cuevas con la esperanza de que sucumbieran a sus lanzas al día siguiente, enseguida Hollywood empezó a borrar cualquier escena que evocara el 11-S para que la realidad no volviera a empeñarse en superar a la ficción. Ideas como la de Robert Altman antes citada sentaron los pilares de la censura que aún hoy padecemos. Película que recordaba a los atentados, película que era editada, archivada o abandonada en producción con el mismo miedo y cautela con que hoy se rueda una escena de abusos sexuales.

La lista es interminable: en películas como Zoolander, Serendipity, Stuart Little 2 o Men in Black el World Trade Center fue eliminado digitalmente del skyline neoyorquino; en Spy Game los niveles de humo en una escena en la que explotaba una bomba fueron reducidos para que al público no le viniera a la memoria la humareda del WTC; el estreno de Daño Colateral se retrasó varios meses porque incluía un atentado terrorista en Los Angeles; la escena de Solo en casa 2 en la que aparecen las Torres Gemelas fue editada en varios canales de televisión; el final original de Lilo y Stitch, en el que este último se paseaba con un Boeing 747 alrededor de unos edificios, fue eliminado y sustituido por uno menos perturbador.

Hubo que esperar hasta 2006 para que se estrenara la primera película sobre los atentados del 11-S: United 93, sobre los pasajeros del vuelo 93 de United Airlines que se enfrentaron a los terroristas que planeaban estrellarlo contra el Capitolio. La película ganó varios premios e incluso recibió dos nominaciones a los Oscar, pero no era una película sobre las Torres Gemelas: el avión cayó sobre un campo de Pensilvania. También en 2006, Oliver Stone estrenó World Trade Center, una película tan ambiciosa como fallida sobre los policías que quedaron atrapados bajo los escombros de las torres.

Después vendrían Recuérdame, donde los atentados sirven de vuelta de tuerca en una historia romántica, y la impostada Tan fuerte, tan cerca, más barbirútico que cine. La película estrenada hace unos días con Charlie Sheen y Whoopi Goldberg como protagonistas parece servir al único propósito de probar que el 11-S como subgénero cinematográfico está condenado al fracaso: la crítica americana la ha vapuleado.

Casi veinte años después, la gran película de Hollywood sobre el 11 de septiembre no existe. Se debe a que lo que vimos aquel día en el telediario se parecía demasiado a una.

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