PRODUCTO DE LAS DIARREAS DE RAJOY, LA ESPAÑA SIN ESPAÑA: EXAMEN DE LOS DELITOS A LA PATRIA

En la gráfica: Puigdemont y sus cómplices

Por Laureano Benítez Grande-Caballero

En artículos anteriores, he tenido ocasión de descubrir algunos de los mecanismos de los que se vale el mundialismo para inocular su ponzoña en las sociedades occidentales, cuyo denominador común es su naturaleza sibilina, subliminal, tramposa, clandestina y luciferina. Y así, hemos hablado de matriuskas, de camaleones, de cuadros ocultos…

Todas estas estrategias se fundamentan en la ocultación de sus venenosas ideas, disfrazándolas en juegos de apariencia donde nada es lo que parece, constituyendo lo que podríamos llamar trampantojos, técnica que, como su nombre indica tan expresivamente, consiste en engañar a la vista combinando unos determinados efectos ópticos, cuyo resultado final es la creación de una realidad paralela, virtual, que sustituye a la verdadera. Un trampantojo es, por consiguiente, un juego de ilusiones y apariencias, donde nada es lo que parece.

Conejillos de indias como actualmente somos los españoles en las feroces garras del NOM, víctimas de sus Mengeles y Orwells, España es hoy día un trampantojo cósmico, de una insospechada magnitud, tan pasmosa, que un día de estos vamos a hacer saltar la banca de los récords Guinness: somos el paraíso de las mentiras, el Caribe de los piratas Morgans, la patria predilecta de la picaresca globalista, el circo de los Tonetti, la diana perfecta de los «Tocomochos», el escenario ideal de los magos sacaconejos.

Para explicar más propiamente lo que es un trampantojo, me serviré de una anécdota de mi infancia, relatando una antológica conversación entre mi padre y el responsable de la residencia de un Banco en el puerto de Navacerrada, diálogo que pasó a los anales familiares envuelto en una aureola legendaria.

El tema de aquella charla era la comparación que hacía mi padre entre la Sierra de Guadarrama ―en la que nos encontrábamos―, y la Sierra de Aracena, norte de Huelva, enclavada en las últimas estribaciones de Sierra Morena, de donde mi madre era originaria.

―Pues sí ―comentaba mi padre―, aquella Sierra ―refiriéndose a la de Aracena― es como ésta, pero no tiene este aire fresco, estos bosques tan espesos, estos árboles tan altos, estas montañas tan elevadas…

―O sea, vamos, que es como la Sierra, pero sin Sierra ―respondió Santiago, que tal era el nombre del guardián de la residencia.

Absolutamente genial aquella frase, aparentemente inocua e intrascendente, pero que poseía la aureola filosófica de un refrán de nuevo cuño, de una deslumbrante greguería, pues encerraba en su aparente contradicción una sabiduría destilada cachazudamente en el crisol de la sencillez pueblerina: «Es como la Sierra, pero sin Sierra». Ahí tenemos perfectamente definido lo que es un trampantojo. Chapeau.

Y es tal su profundidad cósmica, que el genial esquema que consiste en decir de algo que «es como esto, pero sin esto» puede utilizarse como la piedra filosofal que explique los misterios de nuestra atribulada Patria, como metáfora que ilustre los recónditos arcanos del momento sombrío que atraviesa España.

La clave de todo trampantojo ―y de la ideología NOM― está en la palabra «sin», que viene a ser un travestismo de prefijos que también indican negación, como «anti», «des», «ex», «in», etc. En efecto, la palabra «sin» ha pasado a ser el mantra del pensamiento políticamente correcto que nos ha impuesto el giliprogrerío amamantado por el globalismo, pues no en vano éste tiene como horizonte conseguir un mundo sin Estados, sin sexos, sin religiones, sin libertades, sin culturas, sin identidades, sin familias, etc. Incluso sin corbata y, a poco que nos descuidemos, sin calzoncillos, en su afán por acapararlo todo.

En España, falansterio predilecto de la magia luciferina, tenemos muchísimos más «sin» que en ninguna otra parte del mundo mundial, aunque algunos todavía estén en proyecto: sin-taurinos, sin-monarquía, sin-pijos, sin-ricos, sin-banqueros, sin-católicos, sin-fiestas-de -la-hispanidad, sin-derechones, sin-Constitución, sin-Cataluña… sin-España, en suma. Es decir, que estamos en vías de patentar el trampantojo más monstruoso de la historia: la «España, pero sin España».

Por ejemplo, acabamos de inventar «el 155, pero sin el 155», un trampantojo pestilente que consiste en hacer como que se aplica el artículo 155 para suspender la autonomía catalana, pero que será tan limitado, tan cobarde y prudente, que no se intervendrá la TV3, alevosa lavadora de cerebros en clave separatista, ni se recuperará la competencia de la educación para evitar la deformación de las juventudes catalanas, ni se entrullará a los principales sediciosos…

Y es que nuestro Gobierno es otro esperpéntico trampantojo, porque es una pura fantasmagoría, una desdichada apariencia incapaz de hacer cumplir las leyes, un «Gobierno, pero sin gobierno», igual que Rajoy es «un político, pero sin político».

El descafeinamiento que hace absolutamente «light» nuestra «democracia, pero sin democracia» se puede extender prácticamente a todos los campos: así, tenemos «jueces, pero sin jueces», que absuelven a asaltacapillas y terroristas tuiteros y titiriteros, a blasfemos impresentables, a corruptos de toda calaña, a conspiradores y golpistas; también tenemos un «ejército, pero sin ejército» ya que, si constitucionalmente está para defender la unidad, la integridad y la soberanía de España, lo que tenemos actualmente es una ONG cipaya experta en misiones humanitarias, a las órdenes de intereses otánicos que nos importan un bledo.

También tenemos un «Congreso, pero sin Congreso», en el que un tercio de sus componentes apoyan la revuelta catalana, en vez de defender a España, de la cual reciben sueldazos de 100.000 €; y, por supuesto, también disponemos en España de una «Iglesia, pero sin Iglesia», incapaz de llamar a la sedición catalana por su nombre, de dar la cara por la Patria, de condenar el golpismo de la Iglesia catalana, siempre llenándose la boca de la palabra «diálogo».

Otra de nuestras conquistas es la de tener un «himno, pero sin letra», y, hasta hace poco, teníamos «un pueblo, pero sin banderas»: y, ¿qué me dicen del inusitado trampantojo de disfrutar en nuestro país de una «derecha, pero sin derecha», ya que, a lo más que llegamos, es a un centro liberal reformista, que ha asumido lacayunamente el programa luciferino del globalismo?

En fin, que este mayestático trampantojo nos está llevando a una situación «como la del 36, pero sin el 36», jaleada por un Turrión que es «como el Ché, pero sin el Ché», líder de un movimiento trampantójico que es «como la gente, pero sin gente», o «como demócratas, pero sin demócratas».

¿Sánchez? ¡Ah, Sánchez!, líder de un partido que se dice obrero y español, descarado trampantojo de alevosía sin igual, pues es «obrero, pero sin obreros», y «español, pero sin español», y si no, dígame en qué mitin socialista han visto ondear alguna bandera patria. Si el Sánchez apoya ―con la boca pequeña, eso sí― el 155, no es por amor a la Patria, sino porque, de no hacerlo así, perdería muchísimos votos, hasta llegar prácticamente a la extinción del partido.

La conjunción pasmosa de todas estas trampas, apariencias y trampantojos ―sabiamente orquestada por la élite globalista que experimenta con nuestra Patria―, nos ha llevado a ser un país que sus supuestos representantes quieren destruir, para servírselo en bandeja de plata al Señor de las Moscas, llegando al trampantojo de «una España, pero sin Cataluña». Porque, ¿qué son, en el fondo, las autonomías, sino un maligno conjunto de efectos ópticos con los cuales se pretende disimular la destrucción de nuestra Patria?

Esta España desolada ―como se dice en el libro «Examen de los delitos de infidelidad a la Patria, de Félix J. Reinoso― «¿Fue, por ventura, un obsequio prestado al conquistador […] ¡Ah, si la Patria hablase por sí misma; si su voz ingenua e inmaculada se pudiera oír sin la grita destemplada y confusa de las pasiones, con que la ahogan declamadores enfurecidos que voluntariamente se constituyen en intérpretes de sus votos…».

Subiendo un peldaño más, llegamos a la cúspide, al clímax final. El diálogo de mi progenitor con el tal Santiago se revestiría entonces de una enjundia estupefaciente:

―Pues sí ―diría mi padre―, esta España de ahora es como la de antes, pero no tiene aquel respeto, aquella educación, aquella ley y aquel orden, aquel espíritu familiar, aquel patriotismo, aquel fervor religioso, aquella unidad sólida entre todos sus territorios, aquellos valores ciudadanos…

―Sí, vamos, o sea ―respondería Santiago―: que «es como España, pero sin España».

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

Help

WordPress theme: Kippis 1.15