PROFECÍA DEL RESURGIR RESTAURADOR DE LA PATRIA

Por Aldo Rosado-Tuero

La Patria andaba al garete. Sus hijos pensaban más en sus problemas personales y en los placeres mundanos, que en las desgracias de la madre patria. Gruesas lágrimas de dolor e impotencia  corrían por los rostros curtidos de los viejos robles, a los que la edad  y los achaques inherentes a ella, les impedían volver a hacer lo que fuera “el pan nuestro de cada día”, en sus años mozos. Ya no podían subirse a un barco, los que estaban en el exterior, para realizar un ataque relámpago que destruyera algún baluarte de los verdugos, o para llevar pertrechos a los que en el interior,  habían tomado las armas y encendían los campos cubanos, con su tea y con su ejemplo.

El sol de la libertad parecía haberse eclipsado para siempre en la tierra de los patriotas, que aún no rendían las banderas, “porque solo se está vencido cuando se desiste de pelear”. Una ola de “hombres nuevos”, afirmaban con desfachatez, que el heroísmo había muerto, e insultaban con el fango de este siglo incrédulo y hedonista, a los que aún conservaban la fe impoluta y la voluntad inquebrantable y trataban, contra viento y marea, que las generaciones nuevas (que un visionario había bautizado como “los pinos nuevos”) imitaran y repitieran el ejemplo de los viejos robles indoblegables.

La moda era “pachanguear y gozar”. El orgullo nacional parecía degradado hasta el más vergonzoso de los niveles de ignominia y apatía. Quien hablara de sacrificios por la patria era tildado de iluso, loco o aprovechado. En fin, todo apuntaba a que la libertad no volvería nunca a desarrollarse en la patria esclavizada. La Conciencia Nacional brillaba por su ausencia.

Pero los conformistas, los pusilánimes, los cobardes y los aprovechados pescadores en río revuelto, gracias a los cuales los verdugos no son retados, ignoraban que en la historia de los pueblos, siempre ha surgido, en la hora más negra, la luz que alumbra el porvenir luminoso que espera a los pueblos en cuyos destinos siempre hay quienes conservan la fe, aunque sea una pequeña e irreductible minoría inasequible al desaliento, un salvador que levante la fe de esos pueblos.

Las fuerzas telúricas, en el silencio impenetrable de las entrañas de la patria irredenta y al garete, en ignotas conjunciones, iban creando las condiciones para el surgimiento del núcleo de jóvenes puros, que un día,  se manifestarían, como la reserva inesperada, que vendría a recoger las banderas ultrajadas y arrastradas por los suelos, por la decidia y la cobardía de las mayorías castradas que nunca han sido capaces en toda la historia de realizar algo grande; para levantarlas y hacerlas ondear al viento, anunciando la nueva aurora que esperaba  ese pueblo, hasta entonces indefenso y maniatado, y que lo sacudirían de la apatía, para implantar en esa tierra—que  parecía ya esteril e incapaz de concebir más héroes—la nueva fe del renacimiento que los guiaría a la conquista de la libertad y al castigo justo, pero necesario y aleccionador, de los liberticidas.

Y una mañana cualquiera, cuando menos se esperaba, cuando la esperanza parecía abatida, alumbró en el horizonte el sol restaurador de la patria renacida, una luz radiante, una estrella que habría de guiar a los ungidos, al lugar donde acababa de alumbrar del parto telúrico de las entrañas  de la Mayor de las Antillas, el joven, el puro, que se había profetizado por los irreductibles viejos robles, que siempre tuvieron fe en su pueblo, que aparecería para guiarlo en la lucha por la libertad.

Y ¡oh milagros de la vida y de la fe!, ya el osado guerrero, maduro y listo para las primeras escaramuzas y las batallas iniciales, estaba rodeado de otros como él, que se habían conjuntado para hacer realidad el viejo sueño de los que nunca fueron “sietemesinos” y siempre tuvieron fe en su patria.

Y el pueblo irredento, pronto comenzará a conocer de las  falanges restauradoras de la patria, que traen la nueva fe, la esperanza y la seguridad de que Cuba renacerá cual Ave Fénix caribeña, de sus cenizas, gracias al esfuerzo conjunto de sus mejores hijos, de los de las islas y los cayos de nuestro Archipiélago, así como los de allende los mares.

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