PUNTO Y. APARTE: DEDICADO A MI ABUELO MATERNO

Por: El Director

Mientras más vivo, más me convenzo que la filosofía de los guajiros cubanos, por sencilla y directa, era profunda y sabia.

Por ejemplo recuerdo como, siendo yo un mozalbete que luchaba contra la dicta blanda de Batista, para mi mortificación, mi abuelo materno, Manuel Tuero, “Manín”, siempre se refería a los entonces opositores a Batista y guerrilleros alzados en la Sierra Maestra como: “Fidel el Castrao”, “Che Güevera apestosa” y “Juan el Mierda”.

El tiempo se encargó de demostrarme que aquel guajiro mambí, sabía más que yo de política y de hombres, pues sin necesidad de haber cursado estudios superiores, como sus nietos, supo ver mucho más allá de sus narices y siempre tuvo razón en sus discusiones amigables con este idiota enfatuado, que con 20 años de vida, pretendía darle lecciones a un hombre, cuya palabra valía más que todos los papeles firmados,  que había luchado en la manigua contra el poderío español y luego había criado una gran familia, basado en la premisa de que lo que engrandece al hombre, es su honradez, el trabajo constante,  el amor a la patria y la fidelidad a la tierra.

“Manín” Tuero tuvo la fortuna de que la vida se le acabara un poco antes de la llegada de los que él llamaba “sucios comunistas Mau Mau” y no sufrió la debacle en que devino el triunfo de las huestes de Fidel “El Castrao”, Che “Güevera apestosa” y Juan “El Mierda” y por ende no llegó a sufrir la ignominia de ver la destrucción de la patria libre que él, con su esfuerzo, su sangre y su sacrificio, ayudó a forjar.

Por un lado, su muerte antes de que El Diablo se apoderara de Cuba, me confortó un poco, pero por el otro, ello impidió que él conociera que el nieto rebelde y discutidor, solo había necesitado dos meses, para darse cuenta de cuanta verdad había en las palabras de su abuelo, cuando se enfrascaban en sus largas discusiones políticas; y que le pidiera perdón, por haber dudado de su palabra y de su sabiduría guajira.

Algún día regresaré a Cambao, y allí,  frente al bohío al lado del río en que nací, rodilla en tierra, debajo de la casi centenaria mata de Carolinas, que aún sobrevive en esa tierra arrasada que hoy es la que fuera su finca, vertiré una lágrima y pediré perdón in situs, como si estuviese vivo, al viejo mambí, que me enseñó a amar a Cuba y a la libertad, más que a la propia vida y para, en una plegaria llena de arrepentimiento, decirle: “Abuelo, que razón tú tenías, cuando me  decías que yo no era más que un “vejigo echao pa alante” con el cerebro comido por doctrinas ajenas a la idiosincrasia del cubano; hoy te pido perdón y me conforto pensando que desde algún lugar, has sentido la satisfacción de ver que tu nieto descubrió bien pronto la verdad y no se quedó cruzado de brazos.

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