RETAZOS DE LITERATURA: UN KILO PARA “MILLO”

ALDOTROFEOFOTOCHICAPor Aldo Rosado-Tuero

Antes que todo hay que explicar que en Cuba, kilo no es una medida de peso, sino el equivalente a una  centésima parte de un peso. Un centavo. Extraña costumbre que ha traído algunos problemas a los cubanos, cuando empezaron a desperdigarse por el mundo, después de la implantación de la férrea tiranía de Fidel Castro. Unos obligados por las circunstancias, otros huyendo para salvar sus vidas, una minoría con la esperanza de regresar luchando por devolverle a La Perla de Las Antillas las libertades conculcadas y últimamente una gran parte en busca de mejorar económicamente sus vidas. Sobre esto, me contaron una anécdota de una familia cubana que se asiló en España y fueron a dar a una pequeña aldea castellana. Una mañana la madre decidió cocinar unos buenos garbanzos y entregó a su hijo (un chamaco de unos 13 años) un real (diez centavos) para que  fuera a la tienda más cercana a buscar un pedazito de tocino para añadirlo al potaje. El muchacho llegó al mostrador y muy campante le pidió al dependiente: “dame diez kilos de tocino”. El dependiente lo miró extrañado: “Crio, ¿estás seguro que quieres diez kilos de tocino?” y ante la afirmativa del muchacho empezó a poner pencas y más pencas de tocino sobre la báscula. Cuando iba por la séptima penca, el cubanito con los ojos desorbitados exclamó asombrado: “¡Coñooo, que barato está el tocino en España!”.

Pero esta crónica  no tiene nada que ver con garbanzos, ni tocinos y sí mucho con la libertad y la disposición de nuestro pueblo de conseguirla. Corría la década de los cincuenta del siglo pasado. Fulgencio Batista se había adueñado del poder mediante un  golpe de estado efectuado 80 días antes de unas elecciones en que se dabía haber elegido al sustituto del Presidente Carlos Prio Socarrás. Batista quería conservar el poder ilegítimamente adquirido, pero al mismo tiempo aspiraba a crearse una imagen de demócrata, lo que lo llevó a implantar lo que los cubanos dimos en llamar una dictablanda. Apretaba con una mano y aflojaba con la otra. Los opositores iban a la cárcel por breves días y con condenas mínimas y algunas hasta ridículas, si las comparamos con las severas e inhumanas de la tiranía que lo siguió.

EMILIOMILLOOCHOACuba es tierra de políticos. Y como es natural ha dado muchos políticos corruptos. Pero también cuenta con una pléyade de políticos honestos, que son ejemplo para el Continente y para las generaciones futuras. Aves que cruzaron el pantano sin manchar su plumaje. Entre éstos sobresale la figura de Emilio “Millo” Ochoa (en la foto, ya en su vejez en el exilio). Un hombre, honrado, honesto y sencillo hasta lo increíble. Combatiente contra todas las dictaduras. Crítico a todos los excesos. Opositor incansable de los malversadores. Consecuente con lo que siempre predicó. Fundador del Partido Revolucionario Cubano (Auténtico), desdeñó las sinecuras del poder, cuando sus viejos compañeros de partido llegaron al gobierno y él consideró que se habían tergiversado los ideales por los que había luchado su partido. Fundó “La Ortodoxia Auténtica”, una corriente de la que nacería  El Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo)  y desinteresadamente entregaría la jefatura del Partido a Eduardo R. Chibás. Muerto Chibás, por méritos le correpondía la nominación a la candidatura presidencial ortodoxa, pero la declina a favor de la del Dr. Roberto Agramonte.

Producido el 10 de Marzo, Millo está en la primera línea de la resistencia. Los tribunales de Urgencia, creados por el Gobierno, comienzan a disparar condenas con la intención de amedentrar a los opositores, y como es de esperar a Millo lo condenan y lo mandan a la cárcel. Por una nimiedad. Algo que ni siquiera recuerdo claramente. Cuba entera se estremece. La acusación es tan tonta que sólo se atreven a condenarlo a unos días de reclusión que puede evitar con el pago de una multa. Millo se niega terminantemente a abonar el dinero.  Es cuestión de principios, no de plata.  Prefiere  la cárcel antes que admitir que los tribunales del gobierno tengan razón.

Pero los simpatizantes de la Ortodoxia, los opositores al gobierno y hasta los independientes y los inevitables “ni fú ni fá” (los que no está con nadie y nos les interesan los  avatares de la política) esta vez se unen en un unánime clamor popular: ¡Libertad para Millo! A alguien- no he podido encontrar a nadie que pueda  recordar con  seguridad al autor de la iniciativa- lanza la idea de iniciar una campaña a escala nacional para que sea el pueblo quien pague la multa de Millo, y para que no haya duda, se acuerda de que no se acepten donaciones mayores de un centavo (un kilo).  Yo era un chamaco, pero seguía con mucha atención los acontecimientos políticos de mi patria y simpatizaba con  los ortodoxos. Como es natural el entusiasmo me ganó y enseguida decidí convertirme en un recaudador de kilos para  la fianza del lider orotodoxo. Salí, casa por casa. Primero de mi cuadra, después me fui extendiendo en el territorio y para mi sorpresa, todo el mundo, sin una excepción me daba su kilo prieto. Al llegar a la carnicería (casilla se les llamaba en Cuba en aquella época) de  Jorge Barrios, ya no tenía donde echar mas kilos prietos. Tenía los bolsilos abultados y dos cartuchos que me había regalado Antonio Diaz, en su bodega Pueblo Nuevo, estaban ya al reventar. En la carnicería todos los clientes me echaban sus kilos. Tremendo dilema el que se me presentaba. No tenía donde echar ni un kilo prieto más y además ¿como carajo iba yo a llevar aquella montaña de centavos a las oficinas locales del Partido del Pueblo cubano “Ortodoxos”?

Dubitativo salí  a la acera de la carnicería a refrescar “el coco”, en busca de una idea o de encontrar ayuda. Miré hacia la casa de “Chichonera” el chofer de alquiler, pero su carro no estaba allí. ¿ Cómo demonios iba a cargar yo con todos esos pedacitos de cobre, amén de que en mis planes estaba el seguir recogiendo a lo largo de la calle Jiménez, en el camino de las oficinas de las huestes ortodoxas? El bombillo se me encendió cuando me di cuenta de que en la acera de enfrente, en la casa de Manolito “el pájaro”, nombrete con que todo el mundo conocía en el barrio al buenazo y servicial Manolito Arriola, se estaban haciendo unas reparaciones y había una carretilla de ruedas de goma de las llamadas “vagones”, de las que se usan para cargar concreto. Ni corto ni perezoso, abordé  a Manolito para que me prestara la carretilla por unas horas. El  servicial Manolito, me la prestó con la condición de que se la devolviera antes de que llegara en la tarde el “viejo Perera”, su “buga” que trabajaba en los muelles.

Tomé la carretilla, volví con ella a la carnicería, eché todos los kilos que tenía en ese momento y arranqué por la calle Quinta hacía Jiménez, haciendo paradas para tocar a las puertas. Pero alguien había corrido la bola y ya la gente me estaba esperando a las puertas de sus casas con un puñado de monedas de a centavo en sus manos. Al llegar a la calle Luz Caballero, ya me acompañaba una legión de chiquillos del barrio, que divertidos y bulliciosamente se encargaban de recoger las donaciones y traerlas hasta la carretilla. Tuve que ponerme duro al pasar frente a la tienda de Virula, pues algunos de los mataperros que me seguían como un enjambre, quisieron apoderarse de unos kilos para comprar  durofrios de chocolate de los que hacía Virula (los más ricos que me he comido nunca en mi vida, superiores hasta a los helados italianos o gelatos que me como actualmente y que cuestan 4 dólares la barquilla) que se vendían precisamente a un kilo cada uno.

Aquel recorrido fue de “ampanga”. Cada vez la carretilla pesaba más y cada vez me acompañaban mas “mataperros”. Al llegar a la oficina municipal del Partido, el que estaba partido por la cintura era yo.

Gonzalo Barroso, recibió “la ofrenda” a nombre del ejecutivo municipal del PPC. Me dio un  abrazo y me espetó el lema del Partido “Vergüenza Contra Dinero”.

Nunca supe el monto de lo que logré recaudar, pero sí me enteré que Millo salió libre a los dos días.

Y hoy, que mi tierra vive aherrojada por una siniestra tiranía que ya dura 50 años—¡coño, medio siglo!—yo me pregunto: ¿Que le pasaría a un  “vejigo” que en su pequeño pueblo natal, se dedicara a recaudar dinero públicamente para rescatar de las cárceles castristas a un preso político? (Del libro en preparación “Crónicas del Archipiélago”)

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