¡SENSACIONAL! EL CORAJE DE UN OBISPO QUE PIDE LA RENUNCIA DEL PAPA FRANCISCO. TESTIMONIO: MONS. CARLO MARÍA VIGANÓ, ARZOBISPO TITULAR DE ULPIANA- TERCERA PARTE Y FINAL

En la foto: Cardenal Donald Wuerl

En una extraordinaria declaración por escrito, el ex-Nuncio Apostólico en los Estados Unidos Carlo Maria Viganó (en la foto de la izquierda) levanta el velo sobre la situación de trágica inmoralidad en la Iglesia y denuncia la responsabilidad del Papa Francisco a quien pide su renuncia.

No satisfecho con la trampa que me había tendido el 23 de junio de 2013 al preguntarme sobre McCarrick, unos meses después, en la audiencia que me concedió el 10 de octubre de 2013, el Papa Francisco me tendió una segunda, esta vez respecto a otro protegido suyo, el cardenal Donald Wuerl (foto que encabeza este artículo). Me preguntó: “¿El cardenal Wuerl cómo es, bueno o malo?”. “Santo Padre –le respondí–, no le diré si es bueno o malo, pero le contaré dos hechos”. Y le conté los dos hechos que he mencionado anteriormente, relacionados con la indiferencia pastoral de Wuerl ante las desviaciones aberrantes en la Universidad de Georgetown, y la invitación que hizo la archidiócesis de Washington a jóvenes aspirante al sacerdocio a un encuentro con McCarrick. También en esta ocasión el Papa no tuvo ninguna reacción.

Era evidente que a partir de la elección del Papa Francisco, McCarrick, liberado de cualquier obligación, se sentía libre de viajar continuamente, dar conferencias y entrevistas. En un juego de equipo con el cardenal Rodriguez Maradiaga, se había convertido en el kingmaker [hacedor de reyes] de los nombramientos en la Curia y en los Estados Unidos, y en el consejero más escuchado en el Vaticano para las relaciones con la administración Obama. Se explica así que, como miembros de la Congregación para los Obispos, el Papa sustituyera al cardenal Burke con Wuerl y nombrara de inmediato a Cupich, al que también hizo cardenal. Con dichos nombramientos, la Nunciatura de Washington estaba fuera de juego en relación al nombramientos de los obispos. Además, nombró al brasileño Ilson de Jesus Montanari -gran amigo de su secretario privado argentino Fabian Pedacchio-, Secretario de la Congregación para los Obispos y Secretario del Colegio de Cardenales, promoviéndole, en un solo movimiento, de simple oficial de ese dicasterio a Arzobispo Secretario. ¡Nunca se había visto algo así para un cargo tan importante!

Los nombramientos de Blase Cupich en Chicago y de William Tobin en Newark fueron orquestados por McCarrick, Maradiaga y Wuerl, que están unidos por un pacto infame de abusos por parte del primero, y de encubrimiento de los abusos por parte de los otros dos. Sus nombres no figuraban entre los presentados por la Nunciatura para Chicago y Newark.

Respecto a Cupich, no pasa inobservada su clara arrogancia y desfachatez al negar lo que es evidente para todos: que el 80% de los abusos cometidos contra jóvenes adultos han sido cometidos por homosexuales en una relación de autoridad hacia sus víctimas.

En el discurso que hizo cuando tomó posesión de la sede de Chicago, en la que estuve presente como representante del Papa, Cupich dijo, como una salida chistosa, que ciertamente no se debería esperar del nuevo arzobispo que caminara sobre las aguas. Bastaría tal vez que fuera capaz de permanecer con los pies en la tierra y que, cegado por su ideología pro gay, no intentase cambiar la realidad, como ha afirmado en una entrevista reciente concedida a America. Ostentando su especial competencia en materia al haber sido Presidente del Committee on Protection of Children and Young People [Comité de Protección de la Infancia y de los Jóvenes] de la Conferencia Episcopal estadounidense, ha afirmado que el problema principal en la crisis de los abusos sexuales por parte del clero no es la homosexualidad, y que afirmar esto es sólo un modo de distraer la atención del verdadero problema: el clericalismo. Para sostener esta tesis, Cupich ha hecho “extrañamente” referencia a los resultados de una investigación llevada a cabo en el punto álgido de la crisis de los abusos sexuales contra menores de inicios de los años 2000, ignorando “cándidamente” que los resultados de dicha investigación fueron totalmente desmentidos por los sucesivos Informes independientes realizados por el John Jay College of Criminal Justice de 2004 y de 2011, en los que se concluía que, en los casos de abusos sexuales, el 81% de las víctimas eran varones. De hecho, el padre Hans Zollner, S.J., vicerrector de la Pontificia Universidad Gregoriana, presidente del Centre for Child Protection [Centro para la Protección de la Infancia] y miembro de la Pontificia Comisión para la Protección de Menores, ha declarado recientemente al periódico La Stampa, que “en la mayor parte de los casos se trata de abusos homosexuales”.

También el nombramiento de McElroy a la diócesis de San Diego fue orquestada desde arriba, con una orden perentoria cifrada y dirigida a mí como Nuncio por el cardenal Parolin: “Reserve la sede de San Diego para McElroy”. También McElroy era consciente de los abusos cometidos por McCarrick, como demuestra una carta que le dirigió Richard Sipe el 28 de julio de 2016.

A estos personajes están estrechamente vinculados individuos que pertenecen principalmente al ala desviada de la Compañía de Jesús, por desgracia hoy en día mayoritaria, y que ya había sido motivo de seria preocupación para Pablo VI y los pontífices sucesivos. Basta pensar en el padre Robert Drinan, S.J., elegido cuatro veces a la Cámara de Representantes, firme defensor del aborto, o en el padre Vincent O’Keefe, S.J., uno de los principales promotores del documento The Land O’ Lakes  Statement de 1967, que comprometió de manera muy grave la identidad católica de las Universidades de los Estados Unidos. Obsérvese que también McCarrick, estrechamente vinculado al ala desviada de los jesuitas y en esa época Presidente de la Universidad católica de Puerto Rico, participó en esa nefasta tarea, tan deletérea para la formación de las conciencias de la juventud americana.

El padre James Martin, S.J., ensalzado por los personajes antes mencionados, sobre todo por Cupich, Tobin, Farrell y McEnroy, nombrado Consultor del Dicasterio para las Comunicaciones, conocido activista que impulsa la agenda LGBT y elegido para corromper a los jóvenes que participarán próximamente en Dublín en el Encuentro Mundial de las Familias, es sólo el más reciente y triste ejemplo de esa ala desviada de la Compañía de Jesús.

El Papa Francisco ha pedido en numerosas ocasiones total transparencia en la Iglesia, y a los obispos y fieles que actúen con parresía. Los fieles de todo el mundo se la exigen también a él de manera ejemplar. Que diga desde cuándo tenía conocimiento de los crímenes cometidos por McCarrick abusando de su autoridad con seminaristas y sacerdotes. En cualquier caso, el Papa tuvo conocimiento de ellos por mí el 23 de junio de 2013 y siguió encubriendo a McCarrick, sin tener en cuenta las sanciones que le había impuesto el Papa Benedicto y haciendo de él su fiel consejero junto con Maradiaga.

Este, Maradiaga, se siente tan seguro de la protección del Papa que puede tachar de “cotilleos” los llamamientos insistentes de decenas de seminaristas suyos, que han tenido la valentía de escribirle una carta después de que uno de ellos intentara suicidarse debido a los abusos homosexuales que se cometen en el seminario.

Los fieles ya se han dado claramente cuenta de cuál es la estrategia de Maradiaga: insultar a las víctimas para salvarse a sí mismo, mentir a ultranza para encubrir la vorágine de abusos de poder, de mala gestión en la administración de los bienes de la Iglesia, de desastres financieros, también de amigos íntimos, como es el caso del embajador de Honduras, Alejandro Valladares, antiguo Decano del Cuerpo Diplomático ante la Santa Sede.

En el caso del obispo auxiliar Juan José Pineda, después del artículo aparecido el pasado mes de febrero en el semanal L’Espresso, Maradiaga había declarado al periódico Avvenire: «Fue mi obispo auxiliar Pineda el que pidió la visita, para así “limpiar” su nombre tras las calumnias de que había sido objeto». Ahora, de Pineda se ha publicado sólo que su dimisión ha sido sencillamente aceptada, haciendo desaparecer de este modo en la nada cualquier probable responsabilidad suya y de Maradiaga.

En nombre de la transparencia tan defendida por el Papa, hay que hacer público el informe que el Visitador Apostólico, el obispo argentino Alcides Casaretto, entregó al Papa, y sólo a él, hace más de un año.

Por último, también el reciente nombramiento como Sustituto del Arzobispo Edgar Peña Parra (foto encima de este párrafo) tiene una vinculación con Honduras, es decir, con Maradiaga. Peña Parra, de hecho, prestó servicio de 2003 al 2007 en la Nunciatura en Tegucigalpa como Consejero. Cuando yo era Delegado para las Representaciones Pontificias me habían llegado informaciones preocupantes sobre él.

En Honduras está a punto de repetirse un escándalo de dimensiones descomunales como el de Chile. El Papa defiende a ultranza a su hombre, el cardenal Rodriguez Maradiaga (foto de arriba), como había hecho en Chile con el obispo Juan de la Cruz Barros, que él mismo había nombrado obispo de Osorno, en contra de la opinión de los obispos chilenos. Primero insultó a las víctimas de los abusos; después, cuando se vio obligado debido al clamor de los medios de comunicación y a la revuelta de las víctimas y los fieles chilenos, reconoció su error y pidió perdón, aunque afirmando que había sido mal informado, provocando así una situación desastrosa en la Iglesia del país, pero protegiendo aún a dos cardenales chilenos, Errazuriz y Ezzati.

El comportamiento del Papa tampoco ha sido distinto en el triste caso de McCarrick. Sabía, por lo menos desde el 23 de junio de 2013, que McCarrick era un depredador en serie. Y aunque sabía que era un corrupto, lo ha encubierto a ultranza; es más, ha hecho suyos los consejos que McCarrick le daba, y que no estaban ciertamente inspirados por sanas intenciones y por su amor a la Iglesia. Sólo cuando se ha visto obligado por la denuncia de un menor, y siempre en función del aplauso de los medios de comunicación, ha tomado medidas para, así, salvaguardar su imagen mediática.

En los Estados Unidos se eleva ahora una única voz, procedente sobre todo de los fieles laicos, a los que últimamente se han unido algunos obispos y sacerdotes, que pide que todos los que han encubierto con su silencio el comportamiento criminal de McCarrick, o que se han servido de él para hacer carrera o promover sus intenciones, ambiciones o su poder en la Iglesia, tienen que presentar su dimisión.

Pero esto no basta para sanar la situación de los gravísimos comportamientos inmorales cometidos por parte del clero, obispos y sacerdotes. Es necesario proclamar un tiempo de conversión y penitencia. Es necesario que el clero y los seminarios recuperen la virtud de la castidad. Es necesario luchar contra la corrupción del uso impropio de los recursos de la Iglesia y de las ofertas de los fieles. Es necesario denunciar la gravedad de la conducta homosexual. Es necesario erradicar las redes de homosexuales existentes en la Iglesia, como ha escrito recientemente Janet Smith, profesora de Teología Moral en el Seminario Mayor Sagrado Corazón de Detroit. “El problema de los abusos del clero –ha escrito–, no podrá resolverse sólo con la dimisión de algunos obispos, ni tampoco con nuevas directrices burocráticas. El centro del problema son las redes homosexuales existentes en el clero, que tienen que ser erradicadas”. Estas redes homosexuales, difundidas ya en muchas diócesis, seminarios, órdenes religiosas, etc., actúan protegidas por el secreto y la mentira con la fuerza de los tentáculos de un pulpo, triturando a las víctimas inocentes, a las vocaciones sacerdotales y estrangulando a toda la Iglesia.

Imploro a todos, sobre todo a los obispos, para que rompan el silencio y, así, derrotar esta cultura de omertà tan difundida, denunciando a los medios de comunicación y a las autoridades civiles los casos de abuso de los que tengan conocimiento.

Escuchemos el mensaje más potente que nos ha dejado en herencia san Juan Pablo II: ¡No tengáis miedo! ¡No tengáis miedo!

El Papa Benedicto, en su homilía para la Festividad de la Epifanía de 2008, nos recordaba que el plan de salvación del Padre se ha revelado y realizado plenamente en el misterio de la muerte y resurrección de Cristo, pero tiene que ser escuchado por la historia humana, que es siempre historia de fidelidad por parte de Dios y, lamentablemente, también de infidelidad por parte de nosotros los hombres. La Iglesia, depositaria de la Nueva Alianza, sellada con la sangre del Cordero, es santa pero formada por pecadores, como escribió san Ambrosio: la Iglesia es “immaculata ex maculatis”, es santa y sin mancha aun estando formada en su recorrido terrenal por hombres manchados de pecado.

Quiero recordar esta verdad indefectible de la santidad de la Iglesia a todos aquellos que, ante el abominable y sacrílego comportamiento del antiguo arzobispo de Washington, Theodore McCarrick, y ante la grave, desconcertante y pecaminosa conducta del Papa Francisco y la omertà de muchos pastores, están tan profundamente escandalizados que sienten la tentación de abandonar la Iglesia, desfigurada por tantas ignominias.

El Papa Francisco, en el Angelus del domingo 12 de agosto de 2018 ha pronunciado estas palabras: “Cada uno es culpable del bien que podía hacer y no ha hecho… Si no nos oponemos al mal, lo alimentamos de manera tácita. Es necesario intervenir donde el mal se difunde; porque el mal se difunde donde faltan cristianos valientes que se opongan con el bien”. Si esta, justamente, hay que considerarla una grave responsabilidad moral para cada fiel, es aún más grave para el supremo pastor de la Iglesia que, en el caso de McCarrick, no sólo no se ha opuesto al mal, sino que se ha asociado para llevar a cabo el mal con quien sabía que estaba profundamente corrompido, ha seguido los consejos de quien sabía que era un perverso, multiplicando así de manera exponencial, con su autoridad suprema, el mal actuado por McCarrick. ¡Y a cuántos malos pastores Francisco sigue apoyando en su acción de destrucción de la Iglesia!

Francisco está abdicando del mandato que Cristo dio a Pedro de confirmar a sus hermanos. Es más, con acción los ha dividido, los induce en error, anima a los lobos a seguir destrozando a las ovejas del grey de Cristo.

En este momento extremamente dramático para la Iglesia universal tiene que reconocer sus errores y, en coherencia con el proclamado principio de tolerancia cero, el Papa Francisco tiene que ser el primero en dar ejemplo a los cardenales y obispos que han encubierto los abusos de McCarrick y tiene que dimitir con todos ellos. ¡Aun en el desconcierto y en la tristeza por la gravedad de todo lo que está sucediendo, no perdamos la esperanza! Sabemos bien que la gran mayoría de nuestros pastores viven con fidelidad y dedicación su vocación sacerdotal.

En los momentos de grandes pruebas es cuando la gracia del Señor se revela con sobreabundancia y pone su ilimitada misericordia a disposición de todos; pero esta es concedida sólo a quien esté verdaderamente arrepentido y se proponga sinceramente enmendarse. Este es el tiempo oportuno para que la Iglesia confiese sus pecados, se convierta y haga penitencia.

Recemos todos por la Iglesia y por el Papa, ¡recordemos cuántas veces nos ha pedido que recemos por él! Renovemos todos la fe en la Iglesia nuestra madre: “¡Creo en la Iglesia, una, santa, católica y apostólica!”.

¡Cristo no abandonará nunca a su Iglesia! ¡La ha generado con su sangre y la reanima continuamente con su Espíritu! María, Madre de la Iglesia, ¡reza por nosotros!

María Virgen Regina, Madre del Rey de la gloria, ¡reza por nosotros!

Roma, a 22 de agosto de 2018

Santísima María Virgen Reina

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