SIENDO POLÍTICAMENTE INCORRECTOS. LA OTRA CARA DE LA HISTORIA: PAUL RASSINIER Y SU OBRA “LA MENTIRA DE ULISES”-12-

INTERNADOSENCAMPODECONCENTRACIONPAULRASSINIERPor, Paul Rassinier

Todas las noches, después de pasar lista, se organiza una barahúnda en la entrada del bloque 16. Este comprende, además del aparato administrativo de la enfermería, una “Aussere Ambulanz” y una “Innere Ambulanz”. La primera presta los cuidados inmediatos a todos los enfermos o accidentados que no cumplan las condiciones requeridas para ser hospitalizados, la última decide, tras un examen, la hospitalización o no de los otros.

Salvo la gente de la H-Führung, todos los habitantes del campo están enfermos y, en el mundo normal, todos estarían hospitalizados sin excepción y sin dudas, aunque sólo fuese por debilidad general extrema. En el campo todo sucede de otra forma, la debilidad general no cuenta. Sólo se cuida lo que excede de lo común, y aun bajo ciertas condiciones extraterapéuticas, o bien cuando no hay medio de hacerlo de otro modo.

Cada preso es, pues, un cliente más o menos asiduo de la enfermería: ha sido preciso establecer un turno que vuelve de nuevo, por término medio, cada cuatro días.

En primer lugar están los furúnculos. Todo el campo supura, la furunculosis, consecuencia de la falta de carne y de legumbres frescas en la alimentación, hace estragos en estado endémico, tal como el edema común y la nefritis. Seguidamente, están las heridas en las manos, en los pies o en ambas extremidades a la vez. Los chanclos rozan, y frecuentemente es necesario hacer trabajos inesperados con las manos, cuya piel se desgarra con facilidad. Hay, finalmente, los dedos cortados, los brazos o piernas fracturados, etc. Todo esto constituye la clientela de la “Aussere Ambulanz”, y, a partir del 1 de junio de 1944, se releva al negro Johnny, cuya competencia como médico acabó por ser de tal modo discutida en la enfermería de Buchenwald, que a pesar de las garantías políticas que había dado (1) nos fue remitido en un transporte. Naturalmente como médico, pero acompañado por una nota en la que se precisaba que era más prudente emplearle como enfermero. Pröll pensó que el lugar indicado para él era la Aussere Ambulanz y le confió la responsabilidad de ella.

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Johnny tiene bajo sus órdenes toda una compañía de Pfleger alemanes, polacos, checos o rusos, que no conocen nada del trabajo que se les ha encargado y que hacen, deshacen y vuelven a hacer las curas a lo que salga. Furúnculos o heridas, sólo tienen un remedio: la pomada. Estos señores tienen ante ellos tarros de pomada de todos los colores: para el mismo caso, ponen seriamente un día la negra, otro la amarilla o la roja, sin que se pueda adivinar la razón interior que ha determinado su elección. ¡Y tenemos una suerte extraordinaria con que todas las pomadas sean antisépticas!

En la “Innere Ambulanz”, se presenta la gente que tiene la esperanza de ser hospitalizada. Todas las noches son quinientos o seiscientos, los unos tan enfermos como los otros. A veces hay diez o quince camas disponibles: póngase usted en lugar del médico que debe escoger los diez o quince elegidos… Los otros son despedidos con o sin Schonung; se vuelven a presentar al día siguiente y todos los días hasta que tengan la suerte de ser admitidos: sin contar los que mueren antes de que haya sido dictaminado sobre su caso en la medida de sus deseos.

Yo he conocido a presos que no se presentaban nunca en las duchas porque tenían miedo de verlas vomitar gas (2) en vez de agua. Un día, durante la visita semanal al bloque, los enfermeras les encontraban piojos… Entonces se les hacía sufrir tal tratamiento, a modo de desinfección, que morían a causa de él. De la misma manera, he conocido a quienes no se presentaban nunca en la enfermería: tenían miedo de ser tomados como cobayas o de ser inyectados. Ellos se resistían, se resistían, se resistían contra y respecto a todos los consejos, hasta que una noche el comando llevaba su cadáver a la plaza.

En Dora no había bloque de cobayas ni se practicaban inyecciones. Por otra parte, en general y para todos los campos, las inyecciones no se utilizaban contra la masa de detenidos sine por uno de los dos clanes de la H-Führung contra el otro: los verdes empleaban este medio para desembarazarse elegantemente de un rojo del que sentían subir su estrella al cielo de la S.S., o viceversa. [113]

Una feliz coincidencia de circunstancias hizo que yo lograse entrer en la enfermería el 8 de abril de 1944: desde hacía quince días arrastraba febrilmente por el campo un cuerpo que se hinchaba de modo visible.

La hinchazón había comenzado en los tobillos.

— Ich auch, blöder Hund! (3) – había manifestado mi Kapo.

Y no me quedó más remedio que continuar yendo a cargar las vagonetas del Strassenbau 52. Una mañana, tuve que presentarme en la plaza con el pantalón en el brazo, pues no había logrado ponérmelo.

— Blöder Hund – dijo mi Kapo -, du bist verrückt! Geh’ mal zum Revier! (4)

Y firmó esta orden con unos vigorosos puñetazos. Era el 3 de abril.

En la enfermería me encontré entre el griterío. Tras una hora de espera, me llegó el turno para pasar ante el médico.

— Sólo tienes 37,8 grados, es imposible hospitalizarte: tres días de Schonung. Permanece tumbado en el bloque con las piernas al aire, ya pasará. Si no pasa, vuelves.

En lo tocante al reposo, estuve empleado durante tres días por los despiadados Stubendienst en las faenas de limpieza del bloque. Al expirar el plazo, me volví a presentar en un estado sensiblemente agravado.

— Ciertamente, sería preciso hospitalizarte – me dijo el médico -, pero no hay más que tres plazas vacantes y sois por lo menos trescientos candidatos, entre los cuales hay quienes están en un estado peor que el tuyo. Todavía tres días de Schonung: luego vuelves…

Sentí entrar en mí la certidumbre del crematorio. Resignado, volví al bloque, donde me esperaba mi primer paquete gracias al cual pude obtener de los Stubendienst que me dejasen tendido en la cama en vez de emplearme en las faenas.

El 8 de abril, cuando me llegó el turnoe para volverme a presentar, un paquete de cigarrillos me clasificó entre los tres o cuatro elegidos. Lo peor en mi caso, es que no encontré anormal el hecho. Antes de alcanzar la cama que me fue concedida, tuve

[114] aún que depositar en la entrada mis ropas y las botas, que naturalmente fueron robadas durante mi estancia, y pasar bajo una ducha individual que un Kalfaktor polaco mantuvo tan fría como pudo.

La ducha era la última formalidad que había que cumplir. Estaba previsto que fuese caliente, pero cuando no se trataba de un checo, polaco o alemán, el Kalfaktor juraba por todos los dioses que el aparato estaba descompuesto. El número de hospitalizados por pulmonía o pleuresía que perecieron de esto es incalculable.

He permanecido seis veces en la enfermería: del 8 al 27 de abril, del 5 de mayo al 30 de agosto, del 7 de septiembre al 2 de octubre, del 10 de octubre al 3 de noviembre, del 6 de noviembre al 23 de diciembre y del 10 de marzo de 1945 hasta la liberación. Desde la primera, perdí de vista a Fernando, que fue enviado en un transporte a Ellrich, donde murió…

Yo estaba enfermo, este es evidente, incluso gravemente enfermo pues lo estoy todavía, pero…(Continuará)

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