SIENDO POLÍTICAMENTE INCORRECTOS. LA OTRA CARA DE LA HISTORIA: PAUL RASSINIER Y SU OBRA “LA MENTIRA DE ULISES”-46-

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Entrada del Campo de Struthof

PAULRASSINIERPor Paul Rassinier

En otro periódico, y también a propósito del proceso de Struthof, otro cronista de tribunales refiere: «Otros varios testigos se han presentado para dar a conocer la muerte de un joven polaco, que por haberse dormido no se incorporó lo bastante de prisa en la plaza. Conducido a fuerza de golpes por Hermanntraut, fue arrojado inmediatamente sobre la especie de mesa que servía para dar las palizas. De este modo recibió veinticinco garrotazos terribles que otros dos presos se vieron obligados a darle.»

En esta obra se encontrará la historia de Stadjeck, curiosa réplica en Dora del Fiorelini de Bergen-Belsen, y las de algunos otros cuyo comportamiento fue idéntico al de Jager o al de estos dos desdichados que fueron obligados – ¡o se ofrecieron! – a aplicar los 25 terribles garrotazos a uno de sus compañeros de infortunio: delincuentes comunes o políticos, situándose los segundos tras los primeros al frente de la propia administración penitenciaria, hubo en los campos millares y millares de Fiorelini, de Stadjeck, de Jager y de individuos dispuestos a ofrecerse para apalear. [305] Se sabe de algunos delincuentes comunes a los cuales se les pidieron cuentas.

A los políticos no se les exigieron cuentas y por eso no se conoce ninguna de ellos. Si se quiere saber todo, no era posible pedir cuentas a los políticos: aprovechándose de la confusión de las cosas y del desorden de aquellos tiempos, los políticos, que ya habían tenido la habilidad de suplantar a los delincuentes en los campos – con métodos que dependían de las leyes del medio y que consistían en inspirar confianza al mismo tiempo a la S.S., lo cual no es de escaso interés – tuvieron también, llegado el momento, la de transformarse en fiscales y en jueces a la vez, resultando así que fueron los únicos a los que se les dio el poder para exigir cuentas. En su pasión por ver culpables en todas partes, hubiesen fusilado a todo el mundo y ni siquiera advirtieron que al frente de los campos de concentración ellos no habían tenido otro papel – ¡sólo que en peor! – que el que, por ejemplo, ellos reprochaban a Pétain por haberse ofrecido a ponerse al frente de la Francia ocupada. Tales eran aquellos tiempos, que, de momento, nadie advirtió lo que ellos habían hecho.

La gente descubrió después que se había precipitado demasiado al reconocer al Partido comunista el papel de un partido gubernamental, que la mayoría de los fiscales y de los jueces eran comunistas, y que por cobardía, por inconsciencia o por cálculo aquellos que casualmente no lo eran hacían el juego al comunismo a pesar de todo. Por este medio indirecto de la necesidad política, se acabó por descubrir también una parte de la verdad sobre el comportamiento de los presos políticos en los campos de concentración. Pero esta necesidad política no es todavía evidente más que en el espíritu de cierta clase: la clase dirigente, que acerca del comunismo sólo guarda en la memoria lo que la amenaza de un modo directo y a ella exclusivamente. Es por lo que todavía no se sigue conociendo más que una parte de la verdad: sólo se la conocerá enteramente el día en que las otras clases sociales, y especialmente la clase obrera, se hayan fijado a su vez en los no menos oscuros designios del comunismo en lo que se refiere a ellas y en su verdadera naturaleza. Evidentemente esto tardará en llegar.

Sin embargo, ahora tenemos la suerte de ver multiplicarse en la literatura, las declaraciones del mismo género que ésta que Manés Sperber pone en boca de uno de sus personajes, ex deportado político: «En el terreno político, no hemos flaqueado, pero, en el aspecto humano, nos hemos encontrado del lado de nuestros guardianes. La obediencia, en nosotros, iba al encuentro de sus decisiones … » (Y el matorral se hizo cenizas.)

A la larga, estas confesiones saldrán a la luz, liberándose de la contradicción que consiste en pensar que se puede flaquear en el terreno humano sin ceder en el plano político, y no quedará más que: «Nos hemos encontrado del lado de nuestros guardianes.»[306] Sin duda habrán perdido entonces este carácter de excusa voluntaria que ellos mismos se querían dar, pero habrán ganado en el sentido de una sinceridad tan conmovedora que la disculpa absolutoria vendrá del público, lo cual será mucho mejor.

Otra cosa extraña: mientras que la literatura en su conjunto, y no sólo la relativa a los campos, no siempre busca esta explicación más que superándose ella misma en la descripción de las crueldades de todo tipo del enemigo, mientras que los historiadores, cronistas y sociólogos ceden a este fetichismo del horror que es el signo característico de nuestra época, el sentimiento popular, por el contrario, ya se manifiesta por reacciones de una inesperada circunspección, como atestigua este extracto de la carta de un lector, publicada por Le Monde el 17 de julio de 1954: «El que haya podido suceder todo esto no se explica solamente por la bestialidad de los hombres. La bestialidad está limitada, sin saberlo ella, por la moderación del instinto. La naturaleza es ley sin saberlo. El terror que nos ha sobrecogido nuevamente al leer las reseñas de Metz ha sido engendrado por nuestras paradojas de intelectuales, por nuestro aburrimiento de antes de la guerra, por nuestra pusilánime decepción ante la monotonía del mundo sin violencia, por nuestras curiosidades nietzscheanas, por nuestro hastiado semblante con respecto a las «abstracciones» de Montesquieu, de Voltaire, de Diderot. La exaltación del sacrificio por el sacrificio, de la fe por la fe, de la energía por la energía, de la fidelidad por la fidelidad, del ardor por la vehemencia que proporciona, la llamada al acto desinteresado, es decir, heroico: he aquí el origen permanente del hitlerismo.

»El romanticismo de la fidelidad por sí misma, de la abnegación por sí misma, unía a estos hombres que o verdaderamente – no sabían lo que hacían, a no importa quién y para cualquier tarea. La razón consiste precisamente en saber lo que se hace, en pensar un contenido. El principio de la sociedad militar en el que la disciplina suple al pensamiento, en el que nuestra conciencia está fuera de nosotros, pero que en un orden normal se subordina a un pensamiento político, es decir universal, y de él extrae su razón de ser y su nobleza, se encontraba solo – ante la desconfianza general con respecto al pensamiento razonable supuestamente ineficaz e impotente – para gobernar el mundo.

»Desde entonces pudo hacer todo del hombre. El proceso de Struthof nos trae a la memoria, frente a las metafísicas demasiado orgullosas, que la libertad del hombre sucumbe en el sufrimiento físico y en la mística. Con tal que aceptase su muerte, hace poco todo hombre podía pretender ser libre. Vemos por consiguiente que la tortura física, el hambre, el frío o la disciplina, más fuertes que [307] la muerte, rompen esta libertad. Incluso en sus últimas posiciones, allí donde se consuela de su impotencia de actuar, de permanecer como pensamiento libre, la voluntad ajena penetra en ella y la esclaviza. La libertad humana se reduce de este modo a la posibilidad de prever el peligro de su propia decadencia, y a defenderse contra ella. Hacer leyes, crear instituciones racionales que le ahorrarían las pruebas de la abdicación, ésta es la única oportunidad favorable del hombre. El romanticismo de lo heroico, la pureza de los estados de ánimo que se bastan a sí mismos, hay que sustituirlos nuevamente, colocando en su lugar – que es el primero – la contemplación de las ideas que hace posibles las repúblicas. Estas últimas se desmoronan cuando ya no se lucha más por algo sino por alguien.

Con esto está dicho todo: el principio de la sociedad militar en la que la disciplina suple al pensamiento que se encontraba solo para gobernar el mundo; la libertad del hombre que sucumbe en el sufrimiento físico y en la mística; la bestialidad limitada solamente por la moderación del instinto; las leyes y las instituciones racionales necesarias que son susceptibles de ahorrar al hombre las pruebas de la abdicación, leyes que no existían, que no existen y que son su única oportunidad favorable…

El razonamiento, ciertamente, sólo está hecho sobre el hombre que ha abdicado y se transforma en verdugo. Pero también vale para la víctima: «Respecto a la cuestión de saber si el sufrimiento prueba aIgo para el que lo padece – escribe aún Manés Sperber – me parece sumamente dificil. En cambio, me parece cierto que el sufrimiento no refuta a su autor, al menos en la historia.» (Y el matorral se hizo cenizas.)

Esto es tan cierto, que las víctimas de ayer son los verdugos de hoy y viceversa.

Ahora ya sólo me queda el agradecer indistintamente y en su conjunto a todos los que han hablado animosamente en favor de La mentira de Ulises.

Se me ha dicho que entre ellos habla fascistas y he sonreido ligeramente: al ser precisamente los que me lo echaban en cara, aquellos que reclamaban paralelamente el secuestro de la obra y pedían, en todos sus periódicos, que fuesen decretadas contra casi todo el mundo, prohibiciones de escribir, de hablar e incluso de desplazarse, ¿cómo no iba yo a pensar que eran ellos los que se comportaban como fascistas?[108]

También se me ha dicho que había colaboracionistas de la época de la ocupación, y me he consolado al comprobar qué más bien eran reputados como tales, y que en todo caso, tenían buenas relaciones con un impresionante número de resistentes auténticos!

Finalmente, he observado, sobre todo en el amplio campo de la opinión que va de la extrema derecha a la extrema izquierda, que muchas personas siguen pensando o vuelven a pensar en todos estos problemas, no con arreglo a las estrechas normas de las sectas, capillas y partidos, sino con referencia a los valores humanos. Y esto me parece que justifica todas las esperanzas.

Paul Rassinier.Mâcon, diciembre de 1954.

(Continuará)

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